En las primeras semanas de abril de 2026, mientras los ataques estadounidenses e israelíes siguen cayendo sobre instalaciones importantes iraníes, una pregunta incómoda debería aparecer en los despachos del Pentágono y en las reuniones del gabinete de Netanyahu, ¿por qué Irán, golpeado en su operación nuclear, en sus bases de misiles y hasta en la figura misma de su líder supremo, sigue resistiendo con una tenacidad, se niega a doblegarse y parece desafiar la lógica militar convencional?
Y es que los daños son reales, en las centrales nucleares de Natanz y Fordow se han visto sus accesos destruidos, la producción de misiles ha tenido una disminución y la marina iraní ha perdido decenas de buques. Sin embargo, los misiles siguen volando hacia el Golfo, el estrecho de Ormuz permanece parcialmente bloqueado y los proxis de Teherán en Irak, Yemen y Líbano mantienen la presión.
No hay colapso del régimen, no se ha dado el tan anunciado levantamiento popular (y no va a ocurrir mientras haya operaciones armadas contra el país), tampoco se ha logrado una rendición negociada que permita declarar una victoria limpia. Parte de la explicación está en dos conceptos que Occidente ha subestimado o malinterpretado, la “flexibilidad heroica” como política iraní (narmesh-e qahramananeh) y la taqiyya (simulación) chiita. Juntos forman una doctrina de supervivencia y engaño estratégico que transforma la debilidad aparente en una ventaja prolongada.
La flexibilidad heroica no es un invento reciente, sino que Alí Jamenei la popularizó en septiembre de 2013, en un discurso que muchos analistas occidentales pasaron por alto. El líder supremo, explicó que en ciertos momentos era necesario ceder terreno, negociar o incluso retroceder, siempre y cuando se mantuvieran los principios fundamentales de la Revolución Islámica.
Esto no se trata de debilidad, insistió, sino de una maniobra inteligente y valiente, casi heroica, inspirada en la figura del Imam Hasan, hijo de Alí, quien firmó una tregua con su rival Muawiya para preservar la línea imámica en un momento de desventaja. “Es como rodear una roca enorme en lugar de estrellarse contra ella”, dijo en una ocasión posterior. Para el consumo interno, esa idea convertía cualquier concesión en un acto de sabiduría revolucionaria, mientras hacia el exterior, proyectaba a Irán como un actor racional, no un fanático suicida.
Esto en términos prácticos, se ha logrado ver en algunos contextos de acción. Durante las negociaciones del Plan de Acción Integral Conjunto sobre el programa nuclear (JCPOA) del año 2015, el gobierno de Teherán aceptó límites al enriquecimiento de uranio y abrió sus instalaciones a inspectores.
Para los guardianes de la revolución dentro del IRGC parecía una humillación, pero Jamenei lo vendió como flexibilidad heroica, una pausa táctica que permitió al país respirar económicamente y ganar tiempo. Cuando Donald Trump abandonó el acuerdo en 2018, el gobierno iraní aceleró su programa nuclear sin romper del todo los canales diplomáticos.
Actualmente, en plena guerra de 2026, la misma lógica está en juego. Tras la muerte de Jamenei el 28 de febrero, el régimen activó rápidamente un consejo interino y colocó al hijo de Alí Jamenei, Mojtaba, en una posición de liderazgo. No hubo caos interno. En lugar de responder con todo su arsenal de una sola vez, Irán ha dosificado sus ataques, salvas de misiles contra bases en el Golfo, amenazas creíbles contra el tráfico marítimo y, al mismo tiempo, señales sutiles de disposición a negociar a través de terceros como Omán o Qatar, esa es la flexibilidad heroica en acción, resistir bajo presión extrema mientras se deja una puerta entreabierta para un acuerdo que preserve el núcleo del poder.
Y es desde ese punto donde entra en función la taqiyya, el disimulo chiita, y donde las dos ideas se funden en una sola estrategia. La taqiyya es un principio religioso antiguo en el chiismo, nacido de siglos de minoría y persecución bajo califatos suníes, lo cual permite al creyente ocultar sus verdaderas intenciones, negar creencias o firmar pactos temporales cuando la supervivencia está en juego.
Debe quedar claro que esta no es simplemente una mentira; sino es una herramienta de protección legítima, avalada por los imanes y codificada en la jurisprudencia chiita. En el contexto político moderno de la República Islámica, la taqiyya se ha convertido en política de Estado.
De ese modo, se permite negar el apoyo directo a Hezbolá o a las guerrillas hutíes mientras se les envían misiles y drones, se permite firmar acuerdos nucleares que luego se interpretan de forma creativa, sin que esto signifique que han puesto fin realmente al desarrollo nuclear, lo cual es además una política nacional desde la era del Sha de Persia.
Pero, sobre todo, esto permite proyectar una imagen de racionalidad mientras se mantiene intacto el objetivo estratégico final, la hegemonía regional a través de la expansión de influencia por medio del posicionamiento estratégico de proxis en la media luna chiita y la disuasión contra Israel y Estados Unidos.
La mezcla de ambos principios es letal para quien busca una victoria rápida y decisiva. La flexibilidad heroica le da a la taqiyya un barniz heroico y revolucionario, quitándole el estigma de cobardía o de falsedad. La taqiyya, a su vez, le da a la flexibilidad un fundamento religioso profundo que une a la élite clerical y al IRGC bajo un mismo principio que los llevará a una victoria superior.
Juntos crean un régimen que puede parecer fracturado desde fuera pero que, en realidad, opera con una coherencia interna formidable. Así, cuando desde Washington se exige la “rendición incondicional” o el “cambio de régimen”, el gobierno en Teherán responde con una combinación de golpes asimétricos y gestos diplomáticos.
Por un lado, bloquea Ormuz lo suficiente para disparar los precios del petróleo y generar presión global, pero deja pasar algunos buques para no justificar una invasión total, y usa esa flexibilidad para mostrar que no son necesariamente intransigentes. Mientras, exagera sus capacidades hipersónicas en videos propagandísticos a la vez que sus comandantes saben perfectamente que la mayoría serán interceptados, todo es taqiyya, la intención de ocultar la verdadera vulnerabilidad, así como todo es flexibilidad heroica, ceder en lo superficial para preservar lo esencial.
Este doble mecanismo genera riesgos concretos para cualquier intento de victoria limpia por parte de Estados Unidos e Israel. Complica el cálculo militar, porque una campaña de ataques aéreos puede degradar instalaciones visibles; como ya ha ocurrido con Khojir y Shahroud, pero no puede destruir el conocimiento técnico disperso ni los lanzadores móviles ocultos en montañas y desiertos.
La República Islámica de Irán ha perfeccionado el arte de la negación y la dispersión precisamente gracias a la taqiyya estratégica. Sus científicos nucleares trabajan en sitios subterráneos o incluso en instalaciones civiles camufladas. Sus misiles se fabrican en talleres pequeños que se reconstruyen con rapidez. Cada vez que Washington anuncia “daños graves”, Teherán responde con un ataque limitado que recuerda al mundo que la capacidad residual sigue ahí, obviamente acá no se habla de invencibilidad, sino de la capacidad de prolongar el conflicto hasta que el adversario se canse.
Por otro lado, estos conceptos erosionan la cohesión de la coalición anti iraní. Los aliados del Golfo; Arabia Saudita, Emiratos, Bahréin, ya están pagando un precio alto en ataques a sus territorios y en golpes económicos. Al ver que Irán no cae rápidamente, empiezan a calcular costos a largo plazo.
La flexibilidad iraní les ofrece la tentación de un acuerdo separado, “Si Teherán está dispuesto a negociar límites, ¿por qué seguir apoyando una guerra indefinida?”. Lo mismo ocurre con Europa y Asia. Países que dependen del petróleo del Golfo prefieren una solución diplomática antes que un bloqueo prolongado. La taqiyya iraní alimenta esa división, Teherán habla de “paz con honor” mientras sigue armando proxis, mientras que Washington, aparece como el inflexible que prolonga el sufrimiento global.
Quizá el punto más peligroso está en el riesgo de que una victoria militar aparente se convierta en una derrota política. Supongamos que Estados Unidos e Israel logran destruir el 80 % de las instalaciones nucleares conocidas y reducen drásticamente la flota de misiles.
El gobierno de Irán, usando su flexibilidad heroica, podría declarar una “resistencia victoriosa”, aceptar un alto el fuego condicionado y luego reconstruir en silencio, como hizo después del JCPOA. La taqiyya le permitiría ocultar el avance real del programa mientras el mundo celebra el “fin de la amenaza”. Dentro de Irán, el régimen usaría esa narrativa para consolidarse, “Vencimos al imperio con sabiduría y coraje”, no se lograría el colapso interno porque la doctrina chiita enseña que la paciencia y el disimulo son virtudes, no defectos.
Además, estos mecanismos fortalecen el Eje de la Resistencia. Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y las milicias en Irak no necesitan una victoria total; les basta con sobrevivir y seguir incitando. Irán les suministra armas y entrenamiento mientras niega responsabilidad directa, ese comportamiento es taqiyya pura. La flexibilidad permite a Teherán reducir el flujo de armas temporalmente si la presión es demasiado alta, para luego reanudarlo cuando la atención mundial se distraiga o se redirija hacia otro conflicto, el tema palestino, por ejemplo. Así, Estados Unidos se ve atrapado en una guerra de baja intensidad que drena recursos y atención en un momento en que China observa desde el Pacífico y Rusia sigue comprometida en Ucrania.
Los analistas que han estudiado durante años la doctrina iraní; desde think tanks como el Washington Institute hasta expertos en chiismo como Mehdi Khalaji, coinciden en que subestimar esta combinación ha sido un error recurrente. Por ejemplo, en el año 2015 se creyó que el JCPOA domesticaría a Irán, cuando en realidad fue una pausa táctica.
En el año 2020, tras el asesinato de Qassem Soleimani, se esperaba un colapso de la IRGC; en cambio, el grupo se fortaleció. Hoy, en 2026, la tentación es creer que los ataques aéreos han roto la espina dorsal del régimen. Pero la historia sugiere lo contrario.
Mientras el IRGC mantenga el control interno y la élite clerical pueda justificar cada retroceso como “flexibilidad heroica”, el régimen sobrevivirá, así como, mientras la taqiyya permita ocultar capacidades reales, cualquier acuerdo firmado será solo el comienzo de la siguiente ronda.
Los riesgos para una victoria limpia son, por tanto, estructurales, una victoria limpia requeriría no solo degradación militar, sino también fractura interna, aislamiento diplomático total y una narrativa que convenza tanto a la población iraní como a la opinión pública occidental. Ninguna de esas condiciones se cumple fácilmente cuando el adversario domina el arte del disimulo estratégico y la retirada táctica presentada como triunfo moral.
Los Estados Unidos podría optar por una escalada mayor; ataques a infraestructura civil selectiva o incluso apoyo encubierto a grupos opositores, pero eso arriesgaría convertir a Irán en víctima ante el mundo y fortalecer la narrativa de resistencia. El Estado de Israel, con su enfoque más territorial en el Líbano, tiene más éxito local porque opera con menos restricciones políticas, pero incluso ahí Hezbolá sobrevive gracias a la misma lógica de flexibilidad y ocultamiento.
Al final, el verdadero desafío para Washington y Jerusalem no es solo destruir instalaciones o matar comandantes, sino obligar a Teherán a elegir entre su ideología y su supervivencia de una forma que no pueda disfrazar con palabras religiosas o revolucionarias. Mientras la narmesh-e qahramananeh y la taqiyya sigan siendo herramientas válidas y legítimas dentro del sistema chiita, la teocracia iraní siempre podrá encontrar un camino para rodear la roca.
Eso no significa que Irán sea invencible, sino que cualquier victoria contra él será necesariamente sucia, prolongada y condicionada, exigir paciencia estratégica, coaliciones visibles y una comprensión profunda de que, para Irán, el tiempo no siempre juega en contra. A veces, el tiempo es precisamente la ventaja que la flexibilidad heroica y el disimulo chiita convierten en arma.
En los próximos días, mientras los precios del petróleo siguen volátiles y las bases estadounidenses en el Golfo reparan daños, esta dinámica seguirá definiendo el conflicto. Los que esperaban un final rápido y glorioso tendrán que ajustar sus expectativas, porque Irán no busca ganar la guerra en el sentido convencional; busca no perderla nunca. Y en eso, hasta ahora, su doctrina ancestral y moderna le está funcionando mejor de lo que muchos en Occidente quisieran admitir.