A partir del 1º de julio, la moneda de ¢5 dejará de circular definitivamente en Costa Rica. Para muchos, se trata de una noticia menor, casi insignificante. Después de todo, ¿qué se puede comprar hoy con cinco colones? La respuesta es sencilla: prácticamente nada.
Sin embargo, la desaparición de esta moneda representa mucho más que un simple cambio en el cono monetario nacional. Es un recordatorio de cómo la inflación y el paso del tiempo han transformado el valor del dinero y nuestra percepción de él.
Hubo una época en la que cinco colones tenían un verdadero poder adquisitivo. Con esa moneda se podían comprar pequeños productos, pagar parte del pasaje de un autobús o ahorrar para un antojo. Hoy, la realidad es distinta. El costo de producir y mantener esta moneda en circulación supera su utilidad, por lo que su retiro era, desde el punto de vista económico, una decisión prácticamente inevitable.
No obstante, este cambio también genera algunas inquietudes. Muchos ciudadanos se preguntan si la eliminación de la moneda de ¢5 provocará aumentos en los precios debido al redondeo de las compras en efectivo. Aunque el impacto sobre la inflación nacional probablemente será mínimo, sí existe el reto de garantizar que los consumidores no sean perjudicados por prácticas comerciales que redondeen siempre al alza.
Por otro lado, esta medida refleja una tendencia cada vez más evidente: el avance de los pagos electrónicos y la reducción del uso del efectivo. Hoy pagamos mediante transferencias, tarjetas y aplicaciones móviles, lo que permite realizar cobros exactos sin depender de monedas de baja denominación.
La despedida de la moneda de ¢5 también tiene un componente emocional. Para muchos costarricenses, estas pequeñas monedas forman parte de los recuerdos de la infancia, de las alcancías y de una época en la que el dinero parecía rendir más.
La economía cambia, las costumbres evolucionan y las monedas también tienen su ciclo de vida. La desaparición de la moneda de ¢5 no representa una crisis ni una amenaza para el país, pero sí nos invita a reflexionar sobre cómo ha cambiado el valor de las cosas y sobre la importancia de mantener una economía que proteja el poder adquisitivo de las familias costarricenses.
Porque, al final, cuando una moneda deja de tener valor en el mercado, también nos recuerda cuánto ha cambiado nuestra realidad económica.