
Los fríos números de la economía y la estadística ya reflejan un encarecimiento del costo de la vida, lo reflejan con porcentajes e índices que graficados evidencian una pendiente ascendente que proyectan traerá consecuencias importantes para el país.
Teorías macroeconómicas van y vienen, alguna de todas tendrá que resolver el problema, esperemos sea la correcta para evitar mayor pobreza, desempleo y desaliento en las actividades productivas.
Sin embargo, no hay mayor forma de evidenciar el dolor del costo de la vida que ver el lado humano de la verdadera inflación, esa que en la economía familiar se convierte en un problema difícil de lidiar al tener los mismos ingresos para mayores costos por igual consumo.
El valor presente de los gastos normales son mayores a la realidad del bolsillo, lo cual hace que los carros queden guardados por el precio tan algo de la gasolina, que no se salga en familia los fines de semana, que se compre menos para tratar de equilibrar los presupuestos y que tener las tres comidas del día sea un lujo total.
Esa desesperación de no tener más ingresos pero sí mayores gastos es un balde de agua fría para quienes de por sí está desempleado, en pobreza, en subempleo y en la informalidad.
La verdad de la inflación es que golpea toda la cadena de valor productivo pues unos quieren vender pero no hay quién compre y otros quieren comprar pero no alcanza…
Ese círculo vicioso debe acabarse, los recientes esfuerzos para bajar el precio de los medicamentos, del arroz, de la electricidad y de los combustibles son apenas el inicio, pero debe complementarse con una transformación del sistema de impuestos, una simplificación total de trámites, una facilidad para invertir, una reflexibilidad para crear negocios y un esfuerzo sobrenatural para crear trabajos y mejorar los salarios elevando la producción.
El rostro de la inflación se encuentra en la calle, no en teorías o en los números.
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