
Inicia la semana con la aplicación de la prueba FARO, que ha sido vendida por las autoridades ministeriales como una prueba diagnóstica y que evalúa habilidades en los estudiantes. La prueba inició con Español, asignatura cuya relevancia social es incuestionable, y que enriquece y amplifica nuestra capacidad de comunicación. El ciudadano del siglo XXI requiere saber expresar, comunicar, dialogar, argumentar, interpretar, redactar, organizar las ideas, imaginar, crear significados a partir de la reflexión de su experiencia, del diálogo con otros y de la ayuda del lenguaje.
En este contexto, la prueba FARO de español es un retroceso pues elimina la antigua prueba de redacción que permitía al estudiantado organizar y expresar sus ideas utilizando un conjunto de habilidades complejas. Quien acostumbra escribir, sabe que la redacción es un proceso mucho más complejo que la lectura. No es casualidad que es más probable que nos quedemos dormidos mientras leemos, y no mientras escribimos.
La prueba silenció a los jóvenes: lo que permite es seleccionar una respuesta a partir de la lectura de un texto. Se limita a la comprensión lectora. Este hecho merece cierta sospecha, pues parece conveniente colocar al estudiante en un rol pasivo en el tema comunicativo. Sin embargo, la democracia demanda que la voz de los jóvenes se escuche, que puedan opinar de la realidad del país y de los temas que a ellos les interesa.
Llama la atención que los miembros del Consejo Superior de Educación, aprobaran la implementación de esta prueba con deficiencias tan notables. Hace falta que estos temas sean dialogados y no impuestos en el futuro.
Cabe recordar al poeta turrialbeño Jorge Debravo quien en son de protesta dijo: “Soy hombre, es decir, animal con palabras. Y exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas” Gran verdad que debe ser puesta en práctica.
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