Es urgente limitar la reelección de diputados

» Por Luis Fernando Allen Forbes - Director ejecutivo Asociación Salvemos El Río Pacuare

En una democracia sana, el poder debe ser dinámico, rotativo y representativo. Sin embargo, permitir más de un segundo mandato consecutivo para diputados abre la puerta a una peligrosa distorsión del sistema: la apropiación del poder por parte de unos pocos y la reducción de oportunidades para nuevas voces.

Cuando una misma persona ocupa una curul legislativa durante varios periodos, deja de ser únicamente un representante del pueblo y comienza a consolidarse como un actor permanente del poder político. Este fenómeno no solo debilita la esencia de la alternancia democrática, sino que también genera una desconexión progresiva con la realidad de los ciudadanos.

Un caso reciente lo ilustra claramente: un diputado del Frente Amplio que aspira a una tercera diputación. Más allá de nombres, la situación plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos ante vocación de servicio o ante una dependencia del Estado como forma de vida? Cuando la política se convierte en carrera perpetua, el incentivo deja de ser el bien común y pasa a ser la permanencia en el cargo.

Las implicaciones de este fenómeno son profundas. En primer lugar, se limita la renovación política. Nuevas ideas, liderazgos emergentes y perspectivas frescas quedan relegadas por estructuras consolidadas que favorecen a quienes ya están dentro del sistema. Esto genera un círculo cerrado donde acceder al poder se vuelve cada vez más difícil para ciudadanos comunes.

En segundo lugar, se incrementa el riesgo de clientelismo y redes de influencia. Un diputado con varios periodos acumulados tiende a construir alianzas que pueden derivar en favores políticos, debilitando la transparencia y la independencia de las decisiones legislativas.

Además, la permanencia prolongada en el cargo puede provocar un deterioro en la rendición de cuentas. Cuando un político se siente seguro en su puesto, disminuye la presión por responder efectivamente a las necesidades de la población. La competencia electoral, que debería ser el motor de mejora, se reduce considerablemente.

Para el país, las consecuencias son claras: menor innovación en políticas públicas, mayor desconfianza ciudadana y una democracia que se percibe como cerrada y excluyente. Para el sistema político, el daño es aún más estructural: se erosiona la legitimidad de las instituciones y se fortalece la idea de que la política es un espacio reservado para unos pocos.

Limitar la reelección no es un castigo, sino una garantía. Es una herramienta para asegurar que el poder siga siendo del pueblo y no de quienes logran aferrarse a él. La alternancia no solo refresca la política, sino que la mantiene viva, conectada y verdaderamente representativa.

En definitiva, permitir más de un segundo mandato para diputados no fortalece la democracia; la debilita. Si queremos un sistema más justo, abierto y funcional, debemos apostar por la renovación y cerrar la puerta a la perpetuidad en el poder.

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