Fascismo es un término insuficiente para caracterizar las prácticas políticas actuales, donde se revela un afán por evidenciar poder por medio de la división del pueblo en bandos irreconciliables, haciendo uso de las emociones primarias mediante diversas formas del lenguaje popular, que incluyen tanto la chota, la burla, el regaño público, hasta las nuevas formas de lenguaje digital, por ejemplo, el uso del meme, los micro-videos y el uso de diversos modos de asistentes virtuales (trolles). En los momentos que vivimos, se logran identificar figuras políticas que adoran criar cuervos para sacar ojos, pues prefieren gobernar al pueblo que ha perdido la capacidad de reconocerse entre sí como comunidad. Esta nueva forma de gobernar, en medio del caos, es lo que llamo: Eristocracia.
Volvamos al pasado para precisar esta noción. En la antigüedad griega, encontramos un relato, que nos menciona que en cierta ocasión, en el banquete de la boda de Peleo y Tetis, apareció Éris, quién no había sido invitada, no obstante, una vez en medio del evento, muestra frente a todos una manzana dorada (la manzana de la discordia), y dice a viva voz: “para la más bella”, lo que provoca una tensión entre Atenea, Hera y Afrodita; conflicto que tuvo que resolver el joven mortal Paris, quien opta por Afrodita quien previamente le sobornó con la promesa de amor de Helena. Lo anterior desencadena la guerra de Troya.
Éris adopta una forma de destrucción muy particular: evita la violencia directa, más bien, destruye y descompone desde adentro. Utilizando un veneno simbólico, quebranta el vínculo de la comunidad, desgarra desde la fragilidad, en medio de lo cotidiano de un banquete, hasta lograr quebrantar la armonía. La eristocracia cultiva el caos y gobierna sobre la tempestad que provoca. La manzana hoy en día, puede ser un discurso de un miércoles, puede ser un pin dorado en la solapa de un saco, puede ser un meme, o incluso un lapicero que se empuña acompañado de una risa sarcástica. La lógica de la discordia busca polarizar a la sociedad, con el objetivo de hacer patente la consigna: divide y vencerás.
La eristocracia en Costa Rica tiene nombre y apellido, lejos de extinguirse se alimenta de la polarización popular. El eristócrata de turno logró alimentarse del resentimiento del pueblo para gobernar a sus anchas, y ahora, tiene la fuerza de insinuar al oído de una parte del pueblo, nuevos discursos cargados de resentimiento y división. En medio de la tempestad, se avecina un relevo, un sucesor, la eristocracia no sacia su deseo de discordia, pues sabe muy bien, que es la única manera de ser el centro de atención; el eristócrata es un narcisista político.
La eristocracia no necesariamente es el fin, como único destino; puede ser más bien, el evento necesario dentro de la historia, que de paso a un giro dialéctico. La eristocracia se basa en el “Yo-Egoísta-Narcisista-Político”, así como, en la discordia, es posible una alternativa, que encuentre su fuerza en el “Nos-Otros-Altruista-Comunitario”: una nueva política, una Koinocracia, como el poder de los comunes.
No necesitamos un héroe, ni un caudillo, ni mucho menos otro eristócrata, sino más bien hacer brotar nuevos ojos que nos permitan reconstruir y reparar el tejido social que ha sido rasgado, para tejer en común-unidad el porvenir; porque ya no será la manzana de la discordia la que dirija nuestro destino, sino las semillas que sembremos como comunes, de las cuales brotarán los árboles que nos darán sombra y alimentarán a nuestras hijas e hijos.
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- Esteban Beltrán Ulate (Costa Rica, 1986). Profesor universitario, columnista desde el 2006 y militante del Partido de la Clase Trabajadora. Máster en Docencia Universitaria. Participó como autor en Global Manifestos for the Twenty-First Century (Routledge, 2024). Actualmente cursa la carrera de Derecho.esbeltran@yandex.com