
Ingresé a trabajar en el Ministerio de Seguridad Pública el 8 de mayo de 1994. En esos cuatro años logramos como país cosas muy importantes para toda la policía, especialmente la Fuerza Pública. Se aprobó la Ley General de Policía, se impulsó la carrera profesional, se rescató la Escuela Nacional de Policía y sobre todo se impulsó la relación entre la policía y la comunidad como principal mecanismo para garantizar la convivencia y la paz social.
Desde entonces hemos podido acompañar a nuestros compañeros policías en muchas otras misiones. Desde revisar y mejorar el modelo de capacitación de la Academia de Policía, hasta realizar cumplimientos concretos para hacer cumplir la ley y retomar el orden público, una de sus principales funciones. Hombro a hombro con la policía hemos trabajado en múltiples actividades de prevención en comunidades.
Todo eso me ha permitido conocer muy bien a la policía de Costa Rica. Es una organización que intenta profesionalizarse todos los días. Busca siempre cómo acercarse a las comunidades, capacitarse y hacer mejor su trabajo. Puedo decir con conocimiento de causa que desde 1994 la Fuerza Pública ha mejorado un poquito todos y cada uno de los días. Puedo decir también que sus miembros en su gran mayoría son personas trabajadoras, humildes, honestas, que quieren servir al país y ayudar a las personas.
Por eso hoy siento la obligación de condenar de manera pública los actos criminales, vandálicos y casi terroristas que hemos visto en estos días contra nuestra Fuerza Pública. La policía tiene la misión de servir a la comunidad y de hacer cumplir la ley. No es de recibo que al hacer ese trabajo la respuesta sea lanzarle piedras, tirarles cocteles Molotov o destruir sus medios de transporte. Los que hacen eso son delincuentes, y contra ellos debe actuarse con firmeza y determinación. Como ciudadanos debemos respetar a nuestra policía, porque está precisamente para servirnos a cada uno de nosotros. El irrespeto hacia la institución empezó hacer años cuando una Diputada se subió a una patrulla mientras otro diputado pateaba a una mujer policía. Pero lo que hemos visto en estos días no había sido visto antes.
No se trata de condenar o criminalizar las protestas o manifestaciones que los ciudadanos de bien desean hacer. Eso puede discutirse en otro momento. Lo que se trata es del respeto a la institucionalidad, de no permitir que el crimen organizado siga intentando desestabilizar nuestro país y de defender la integridad física de mis compañeros policías. Los manifestantes pacíficos deben también preocuparse por eso, o se convierten en cómplices del desorden y la violencia.
En estos momentos nos vemos obligados a pensar en el camino que nos falta para tener la mejor policía, a la que aspiramos como nación de paz y democracia. Habrá que profundizar sus procesos profesionalización y de acercamiento a la comunidad, pensar en mejores formas de coordinación con otros entes del sector y aprender a realmente solucionar los problemas que aquejan a las comunidades. La policía en Costa Rica no es perfecta y tiene mucho que mejorar. En otro pequeño artículo nos referiremos a esto.
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