
Bajar el costo de la vida suena fácil y de hecho lo es, si quien toma la decisión lo hace pensando en los que más sufren por el precio de la comida, de la gasolina, de la luz, de los impuestos, de las cargas al seguro social y, sobre todo, de los pasajes de autobús. Darle rostro a la decisión siempre será la mejor ruta para que los beneficios sean para todos, y no para unos pocos o para quienes no debe ser.
Es cierto, cada decisión tiene un nivel de complejidad alto, no es solo de presionar un botón, no es solo de dar una orden, es cuestión de voluntad política de toda la institucionalidad (más si siempre han estado solo en lo público), del sector privado (más si nunca han estado en lo público) y de quienes tienen por costumbre saltarse las normas para aprovechar beneficios al margen de la ley.
Tomar las mejores decisiones para el país no debería tener como requisito la experiencia de vida, pero sí la conciencia de vida. Basta con darse una vuelta por Costa de Pájaros en Puntarenas, por Esparsol en Esparza, por La Carpio en San José, por Guararí en Heredia, por el Infiernillo en Alajuela, por Cieneguita en Limón, o por alguna otra localidad habitada del país, para poder entender a ese 25% de costarricenses en pobreza, a ese 15% que está en desempleo, a ese casi 50% que está en la informalidad y a ese otro 50% de formalidad que cada vez ve más difícil llegar a final de mes.
El verdadero costo de la vida no está en los números, está en la conciencia y en la voluntad de quien debe tomar la decisión final para “mejorar” la situación del país. El sueño de quien está al otro lado de cada decisión es que la motivación que tenga quien da el sí o el no a algo sea la objetividad técnica y la experiencia social, y no la subjetividad (objetiva) propia.
Para la Costa Rica que la pulsea, entender cómo el tipo de cambio, los aranceles, la tasa de interés, las decisiones macroeconómicas o los precios internacionales del combustible le hace todo más caro es complicado, el tiempo no lo permite, lo que ellos ocupan es que los entiendan y que no se enfrasquen en peleas estériles solo para demostrar quién tenía la razón.
Lo que a ellos les urge es simplemente que haya trabajo, que sea bien pagado (justo), que al ir a comprar “el diario” la plata alcance, que ir a la bomba de gasolina no sea una pesadilla, que abrir la persiana del negocio no sea creyendo que puede ser el último día, que al ver las noticias para saber cómo el gobierno les va a arreglar el mundo no se topen con peleas entre ARESEP y RECOPE, del ICE con Presidencia, de la CCSS con todos, de Hacienda con el bolsillo vacío que aunque quiera no puede pagar más impuestos, ellos quieren soñar con educación, salud e incluso con vacaciones para la familia.
El verdadero costo de la vida se enfrentará cuando quien toma las decisiones fije un plazo máximo de tiempo para resolver los problemas que frena el desarrollo de todos los sectores del país.
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