Columna Cantarrana

El progresismo Rottenmeier y la manosfera

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Hubo un momento en el que los revolucionarios soñaban un mundo sin Estado, sin amos, sin patronos y sin maridos. Un mundo de libertad radical donde no existía la propiedad privada ni las clases sociales ni las ataduras sexuales. De eso, como ya se sabe, pasamos a una dudosa agenda de revolucionarios neopuritanos que, hasta no hace mucho, reducían sus luchas a la posibilidad de casoriarse por la Iglesia (de blanco, por supuesto) y a la necesidad de bajarle el ruedo a las minifaldas. 

Y nada más. 

Recuerdo a la señorita Rottenmeier, la solterona amargada que hacía las veces de institutriz de Heidi y que, persistentemente, le negaba a Klara la recuperación de su goce corporal. La recuerdo porque, precisamente, se me parece muchísimo a los progresistas contemporáneos: en el fondo de todas sus intervenciones reside siempre una condena al deseo, a la vitalidad. 

Se trata, pues, de un progresismo donde imperan los códigos. Códigos de vestimenta, códigos de ligue, códigos de comportamiento en redes sociales y, por supuesto, códigos de vinculación partidaria. O sea, se trata de progresismo ferozmente moralista/moralizante. 

No es, desde luego, un asunto del todo novedoso. Los comunistas analógicos operaban bajo premisas semejantes. Un asesino como El Che Guevara no se cansaba de hablar de la moral del revolucionario y estimaba que ese componente era crucial para resolver problemáticas tan acuciantes como disparatadas: el aumento de la productividad en la economía socialista.

Lo moral/moralizante funciona así, como un deus ex machina o una pomada canaria argumentativa ante las situaciones límite. Ya sean las coacciones extraeconómicas de los trabajadores socialistas o el aliade torpón que va a la marcha del 8 de marzo para nutrir su capital simbólico en el hostil mercado de la cópula. 

El correlato de este fenómenos es el surgimiento de una rigurosa policía de la opinión, compuesta por comisarios espontáneos que alzaban barricadas digitales y lanzaban cócteles molotov virtuales. Esta policía se encargó de decretar el fin de los tiempos y el advenimiento de una nueva era, una era, no digamos de Acuario, sino del repudio, en la que toda infracción debe ser evidenciada e inmediatamente condenada. 

Es de sobra conocido que las contraculturas son laboratorios de mundo y que, a menudo, terminan imponiéndose como matrices culturales hegemónicas. Y es de sobra conocido, también, que esto, con altísima frecuencia, suscita reacciones con igual grado de virulencia. 

Hace poco leí acerca de los trabajos que han desarrollado varias autoras a propósito de un espacio denominado la manosfera. Como casi la totalidad de las categorías de análisis feministas, procede del inglés: manosphere. Sin entrar en mayores detalles, en dos patadas, la manosfera es una red de comunidades virtuales contra el empoderamiento de las mujeres donde se promueven ideas furiosamente antifeministas y sexistas. O sea, la manosfera perfectamente podría considerarse una versión digital de cualquier cantina centroamericana de los años 80. Pero, claro, no venden guaro ni cierran a media noche.

Diversas autoras concluyen, con alto grado de sensatez, que estos son espacios peligrosos que no solo favorecen la propagación de prejuicios y teorías conspirativas, sino que, a su vez, refuerzan posiciones violentas respecto a determinados grupos sociales. Una valoración fácil, simplona, podría aludir al mito del macho herido y partiría de la descalificación automática de todas estas hordas de subnormales empedernidamente vírgenes. Podría decirse que son, sencillamente, una manga de computines onanistas que nunca pudieron ligar y que bien podrían asimilarse a las posiciones de aquel personaje de Sábato que sale en El túnel. 

Sin embargo, la cosa es mucho más compleja. 

No sería descabellado suponer que todos esos arrebatos moralistas/moralizantes, tan propios de la cultura de cancelación, lograron desplazar del debate público, al menos durante un tiempo, visiones alternativas con las que se identificaban estos colectivos de hombres para quienes el feminismo no pasa de ser una forma de marginación y violencia. Y tampoco sería descabellado suponer que, en principio, algunas de estas visiones alternativas no eran, de suyo, violentas ni radicales. Es decir, capaz y la radicalización de estos colectivos de ínceles horrorosos surgió de la propia imposibilidad de ser reconocidos en el espacio público. 

El debate público en democracia es incompatible con los dogmas y creo que, justamente, esta deriva progresista a lo señorita Rottenmeir se basa en fundamentos y sospechosas certezas más que en construcciones críticas. Todas esas visiones fatalistas que anuncian el fin de la democracia y la entronización de los bárbaros podrían empezar con reconocer a esos otros, a esos bárbaros, como sujetos de derecho y como interlocutores legítimos. Pero, bueno, ya sabemos que, por el contrario,  las almas bellas son las más adeptas al botón de bloqueo en redes sociales. Algunos, incluso, lo consideran un derecho humano. 

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