Hace unos años, un video político buscó asustarnos. Mostraba personas lanzándose al vacío, en una metáfora sobre lo que significaría “votar mal”. Era propaganda, pero también una advertencia que con el tiempo se volvió irónica: no porque hayamos saltado, sino porque aprendimos a caer sin sorprendernos.
Costa Rica, ese país que alguna vez fue modelo de estabilidad, educación y democracia, parece hoy moverse con una mezcla de cansancio y resignación. No se trata solo de la economía o la inseguridad; es algo más profundo, casi invisible. Una sensación de estar en caída lenta, pero sin pánico. Nos acostumbramos a la pérdida de rumbo como si fuera un clima permanente.
Votamos sin ilusión, trabajamos sin fe, debatimos sin escucharnos. La política se volvió ruido, la indignación rutina y la esperanza un lujo. Hablamos de corrupción como quien habla del tiempo: algo inevitable. Y lo más triste es que hemos empezado a normalizarlo. Nos quejamos, sí, pero cada vez con menos convicción. Ya ni siquiera pedimos que cambien las cosas, solo que no empeoren demasiado.
El “salto al vacío” que una vez se nos quiso advertir desde una pantalla hoy se manifiesta de otra forma: en los jóvenes que se van del país, en los que ya no creen en nada, en los que dejaron de soñar con un futuro aquí. En los barrios donde la violencia crece más rápido que las oportunidades, en las aulas vacías, en los hospitales saturados, en la desconfianza que se volvió costumbre.
El país que una vez se enorgullecía de pensar a largo plazo ahora solo sobrevive al mes siguiente. Y mientras tanto, seguimos buscando culpables: el gobierno, los políticos, los sindicatos, los empresarios, la prensa, cualquiera menos nosotros. Pero la verdad incómoda es que también nosotros hemos bajado los brazos. Hemos permitido que la mediocridad se vuelva paisaje, que el conformismo sea política pública y que la apatía reemplace la esperanza.
Reencontrar el rumbo no depende de un nuevo rostro ni de una promesa de campaña. Depende de que volvamos a creer que somos capaces de construir algo mejor. Que entendamos que la democracia no se defiende con memes ni con rabia, sino con participación, con criterio, con memoria. Porque un país no cae de golpe; se derrumba despacio, cuando su gente deja de sostenerlo.
Costa Rica necesita un salto, sí, pero no al vacío: un salto de conciencia. De madurez cívica. De compromiso real. Necesita que recordemos que aún hay más futuro que pasado, si decidimos mirar hacia adelante.
Aquel video quiso mostrarnos un abismo. Hoy el abismo está aquí, frente a nosotros, en forma de desinterés, cinismo y olvido. Pero mientras haya quienes crean, quienes voten con esperanza y no con miedo, todavía hay posibilidad de levantar el vuelo.
Porque este país ha caído antes. Lo que no puede permitirse ahora es acostumbrarse a no levantarse.