Columna El silencio NO es oro

El mito del debate como prueba moral: el nuevo chantaje populista de campaña

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

En las últimas semanas, una de las afirmaciones que se ha repetido como un mantra, casi como si fuera una ley moral, es si un candidato no se sienta en cualquier debate que lo inviten, entonces “le tiene miedo” a algo. Suena bonito, suena democrático, suena a civismo. El problema es que, cuando uno se sienta a ver cómo funciona de verdad la política, esa idea es más sentimental que racional. Termina siendo un escenario donde el incentivo real no es informar al votante sino “redistribuir” atención, fabricar choques y darle oxígeno a candidaturas que fuera de ese oportunidad no tendrían cómo entrar a la conversación.

Para entender por qué esta postura tiene sentido, hay que dejar de vender el debate como si fuera la “prueba de fuego” definitiva. La verdad es que un debate electoral, sobre todo cuando hay tantos candidatos, termina funcionando más como un juego con reglas al puro estilo de Liberación Nacional, donde cada quien llega a sacar ventaja como sea y no necesariamente a aclararle nada a la gente.

Quien lidera las encuestas llega con riesgo enorme y un premio pequeñito. Si se equivoca, pierde. Si lo hace perfecto, “cumplió”. En cambio, para los demás el debate es una lotería positiva: con una frase vacilona, un ataque bien puesto o 20 segundos escuchándose verosímil ya ganaron más de lo que podían ganar en semanas de campaña normal. Esa asimetría es brutal, y es exactamente por eso que los favoritos suelen convertirse en el blanco natural del evento.

Lo más satírico de esta campaña ha sido ver a Claudia Dobles, Ariel Robles, y Álvaro Ramos subiéndose al púlpito del “deber democrático” como si el debate fuera un sacramento, mientras el mismísimo Ramos se ausentó a los debates en su propia convención interna. Entonces, ¿en qué quedamos? Si el debate es el gran termómetro moral para medir valentía, se aplica parejo; y si no, aceptemos que aquí lo que hay no es amor a la democracia, es búsqueda de deuda política. Así de fácil y sencillo.

Además, vale recordar que los debates se igualan por default. En un escenario con 10 o 15 aspirantes, sentarlos a todos en el mismo escenario crea la ilusión de equivalencia. Cuando nos damos cuenta, quien está liderando aparece “a la par” de figuras que el electorado apenas está conociendo. Y ahí el debate deja de ser un mecanismo para comparar propuestas y se vuelve una plataforma para legitimar candidaturas con nulo respaldo popular.

Pero es que debemos tener honestidad electoral y admitir que parte del país confunde “debate” con “humillación ritual”. Hay una expectativa medio primitiva de ver a quien va ganando sentado para que todos le disparen, como si eso fuera justicia. Si no se sienta, entonces “es soberbio”. Si se sienta y no se deja, “es agresivo”. Si responde largo, “evade”. Si responde corto, “no sabe”. Es un juego con reglas diseñadas para que siempre pierda algo. Por eso, desde una estrategia política seria, no ir a ciertos debates no es cobardía, es disciplina. Es entender que tu campaña no existe para alimentar la adrenalina de un panel ni para arreglar el problema de visibilidad de tus rivales.

La contraargumentación típica es que el debate ayuda a indecisos, y eso puede ser cierto en un formato grande y bien hecho. De hecho, hasta medios que analizan la estrategia advierten que ausentarse puede afectar conexión con indecisos y abrir espacio para que otra candidatura se meta en la pelea. Pero precisamente por eso la postura se vuelve más sólida cuando se plantea así: no es un no a debatir, es un no a regalarle tu ventaja a formatos que no aportan. Debatir donde el costo tiene sentido, donde la audiencia es nacional, donde el intercambio se modera con seriedad, donde el objetivo sea comparar propuestas y no fabricar trending topics.

Por lo que, la pregunta no debería ser “¿por qué no va a ese debate de Teletica?”, sino “¿qué gana el país con ese debate Teletica?”. Si la respuesta real es “ganan los otros candidatos visibilidad y ganan los medios un espectáculo”, entonces no es rendición de cuentas, es redistribución de atención a la fuerza. Y ahí, por más que incomode, la decisión racional del que lidera las encuestas es no prestarse.

Al final, lo que están tratando de imponer no es una costumbre democrática, es un chantaje emocional: “si no te sentás en cualquier tarima, aunque sea un circo, entonces sos un cobarde”. Y no, qué va. Cobarde es el que necesita un micrófono compartido para existir, el que no puede levantar una idea sin colgarse de los que vanarriba, y el que disfraza su desesperación de “amor a la democracia”.

Pero si lo que quieren es el “derecho” a atacar en vivo para ver si algo pega, entonces por lo menos tengan la honestidad de decirlo sin ese sermón de superioridad moral como chantaje populista. Porque democracia no es obligar al que va ganando a prestarse para que lo muerdan, democracia es que la gente vote con información, no con el clip más malintencionado de la noche.

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