El fin de la mentira cubana

» Por Lic. Leonardo Campos Castillo - Economista

Las medidas aprobadas esta semana por la Asamblea Nacional de Cuba obligan a una reflexión de fondo.

No estamos ante una simple corrección para maquillar la crisis. Cuando un régimen que condenó el mercado, persiguió la empresa privada y presentó la planificación central como superior a la libertad económica, termina aceptando más espacio para la inversión, la actividad privada, la reforma cambiaria y la racionalización de subsidios, está reconociendo el fracaso de las creencias que soportaron su modelo comunista.

Mejor tarde que nunca, dirán algunos. Sí, pero tarde significa generaciones enteras atrapadas en pobreza, exilio y obediencia.

Durante casi siete décadas, Cuba vendió al mundo una promesa: que un partido único, una economía estatizada y un caudillo eterno podían producir justicia, dignidad y prosperidad. El resultado está a la vista: pobreza, represión, apagones, escasez y una sociedad obligada a sobrevivir entre consignas agotadas y mercados clandestinos.

El comunismo cubano no fracasó por falta de tiempo, ni por falta de poder, ni por falta de discursos. Fracasó porque negó una verdad elemental: sin libertad económica, sin propiedad, sin empresa y sin incentivos, una nación termina administrando miseria.

El primer golpe mortal vino con la caída soviética. Cuba perdió el subsidio que disfrazaba su mentira. Durante años, Moscú compró caro, vendió barato y sostuvo artificialmente una economía que no producía lo suficiente para mantenerse.

China, en cambio, entendió antes el problema. Nunca renunció al control político, y ahí está su gran contradicción moral, pero sí abrió espacios al mercado, a la inversión extranjera, a la empresa privada, a las exportaciones y a la competencia. El Partido Comunista Chino no abrazó la libertad política; abrazó el pragmatismo económico para conservar el poder. Comprendió que un régimen puede sobrevivir si permite que la gente produzca riqueza, aunque no le permita escoger libremente a sus gobernantes: incluso bajo autoritarismo, el mercado produce más que las teorías comunistas.

Hace algún tiempo, Cuba vio ese camino y decidió no recorrerlo en serio. Permitió migajas de actividad privada, pero nunca aceptó la libertad de crear, invertir, competir y prosperar sin pedir permiso al aparato político. La dictadura prefirió conservar el monopolio ideológico antes que liberar las fuerzas productivas del pueblo cubano. En vez de admitir su fracaso, culpó al embargo, al imperialismo y a cualquier enemigo conveniente. Como si un país pudiera vivir siempre de excusas y llamar a eso proyecto nacional.

En su agonía, el castrismo no dejó prosperidad, sino una escuela política en el continente que nos tiene frenados. Su herencia más dañina fue exportar método: propaganda, militarización del poder, persecución del disidente y uso de la pobreza como mecanismo de dependencia. Los aliados latinoamericanos de Cuba no han sido simples simpatizantes románticos de una revolución fallida. Han sido piezas de una red política, diplomática, económica y propagandística que permitió al castrismo sobrevivir mucho más allá de su fracaso económico. Cuba no solo vendió asesoría política y servicios médicos a sus aliados, sino que de otros recibió petróleo, apoyo diplomático y posiciones antiimperialistas alineadas con La Habana.

Cuando hablamos de la muerte de la Cuba comunista, no hablamos todavía de la desaparición formal del régimen. Hablamos de la muerte de su mito. Ya nadie puede presentar a Cuba como el faro moral de América Latina sin insultar la inteligencia de millones de cubanos que huyeron, resistieron o callaron por miedo.

En Costa Rica no debemos creernos inmunes, puesto que tenemos fracciones legislativas que abogan por el Socialismo del Siglo XXI que se inspiró desde Cuba y Venezuela,  y que impulsan un Estado empresario y controlador, justo cuando la experiencia internacional demuestra que los países avanzan haciendo lo contrario, abriendo mercados, atrayendo inversión, fomentando la competencia y liberando la energía creadora de sus ciudadanos.

Debemos estar alegres por el derrumbe de la histórica mentira cubana. La tarea pendiente es que muera también su herencia: la fascinación latinoamericana por los salvadores armados, los partidos eternos y los gobiernos social confusos que prometen igualdad mientras administran obediencia y un estatismo atrofiado y torpe.

Cuba merece libertad, no nostalgia revolucionaria.

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