La relación entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu ha sido, en muchos sentidos, un órdago para Israel, durante la primera administración Trump se tomaron decisiones importantes que cambiaron el mapa del Medio Oriente: reconocimiento de Los Altos del Golán, el traslado de la Embajada a Jerusalén y los míticos Acuerdos de Abraham. Estos reconocimientos convirtieron a Trump en una especie de Mesías esperado, una suerte de redentor que hacía caer maná del cielo. Por eso cuando Netanyahu se apresuró a felicitar a Biden por su triunfo en las elecciones del 2021, fue un balde agua fría para Trump y su equipo, máxime que aún estaban jugando su última carta con la toma del Capitolio.
Pese a ello, cualquier resentimiento que tuviera el magnate inmobiliario quedó sepultado una vez que volvió al Despacho Oval. La complicidad entre ambos ha otorgado a Netanyahu una libertad política sin precedentes, pero las posibles implicaciones de este respaldo a futuro no serán asumidas por el primer ministro, sino por Israel. La apuesta de Netanyahu por una política de alianzas volátiles está transformando el panorama político israelí de formas que podrían resultar irreversibles.
Y es que las últimas intervenciones del primer ministro muestran cómo sus movimientos políticos han llevado a Israel a depender casi exclusivamente de Estados Unidos, un vínculo que, aunque en el corto plazo representa una garantía de estabilidad, podría convertirse en una trampa. La reciente propuesta de Donald Trump de anexar Gaza bajo administración estadounidense y reubicar a su población palestina en países vecinos es un ejemplo de cómo esta relación puede generar escenarios altamente riesgosos. Más allá de las implicaciones éticas y legales, esta estrategia consolidaría el aislamiento de Israel en la comunidad internacional y lo ataría aún más a los vaivenes de la política estadounidense. Netanyahu, en su afán de aferrarse al poder, parece dispuesto a jugar con fuego, sin medir que este tipo de maniobras pueden terminar dejando a Israel sin aliados clave y sumido en un conflicto aún más profundo.
Netanyahu en el foco
Es imposible entender la historia de Israel moderno sin la enorme sombra de Netanyahu: El ascenso de Netanyahu en la política israelí se ha basado en una combinación de pragmatismo y oportunismo. Sin embargo, en los últimos años, su gobierno ha allanado el camino para la normalización de los sectores más nacionalistas y ultraconservadores de la sociedad. Lo que antes era impensable —la participación activa de grupos extremistas en el gobierno— hoy es una realidad tangible. El cordón sanitario que alguna vez mantuvo a raya a estos sectores se ha diluido, víctima de las ambiciones personales de Netanyahu y de un proyecto de expansión territorial de los sectores más extremistas que representan Ben Gvir y Smotrich, junto con el grupo de Yahadut Hatorah y Agudat Israel, que buscan materializar la idea de la “Gran Israel”.
Este proceso no solo está transformando el mapa político interno, sino que también está redefiniendo las relaciones internacionales de Israel. En su afán de consolidar su legado, Netanyahu ha apostado todo a una sola carta: el respaldo de Estados Unidos, particularmente bajo administraciones republicanas. Pero esta estrategia es peligrosa. Convertir a Israel en un país dependiente de un solo socio estratégico lo aísla del resto del mundo, debilitando su margen de maniobra en la arena geopolítica.
Castillo de Naipes
La situación actual se asemeja a la construcción de un castillo de naipes: imponente, sólido en apariencia, pero extremadamente frágil ante el más mínimo viento de cambio. La política exterior de Israel alguna vez fue multifacética, manteniendo relaciones tanto con potencias occidentales como con actores clave en Asia, África y Rusia. Pero con la vuelta del Republicano a la Casa Blanca, Netanyahu tiene como objetivo basar su estrategia de política exterior de forma exclusiva con Washington. Esta estrategia puede reportar beneficios a corto plazo, pero a largo plazo, representa un peligro existencial para la seguridad y estabilidad del país.
La figura de Netanyahu se ha construido sobre la promesa de protección y fortaleza. Durante años, ha capitalizado la amenaza de enemigos externos —terrorismo, Irán, conflictos regionales— para justificar su permanencia en el poder. Ha utilizado la guerra como herramienta política, consolidando su imagen de líder indispensable en tiempos de crisis. En su momento, esto le permitió ser visto como un estadista a la altura de los próceres fundadores del Estado de Israel. Sin embargo, con el tiempo, su estrategia ha evolucionado hacia un alineamiento con el nacionalismo religioso, creando un fenómeno peligroso: una parte significativa de la población israelí ha visto a Netanyahu como “Bibi Melej Israel”, otorgándole respaldo incondicional, incluso cuando sus políticas parecen poner en riesgo la estabilidad a largo plazo del país.
Finalmente la gran pregunta es: ¿hasta cuándo podrá sostenerse este modelo? Netanyahu apostó a que la historia lo recordará como el líder que fortaleció a Israel, pero la realidad es que su legado podría ser el de un país más aislado y vulnerable. En el corto plazo, la estrategia de depender exclusivamente de Estados Unidos puede parecer una garantía de seguridad, pero en un mundo donde las dinámicas geopolíticas cambian rápidamente, esta decisión podría tener consecuencias devastadoras.
La historia ha demostrado que los líderes que consolidan su poder mediante el miedo y la polarización suelen dejar tras de sí una herencia de crisis y fragmentación. Netanyahu ha jugado sus cartas con maestría, pero el castillo de naipes que ha construido podría desmoronarse con el primer viento fuerte. Y cuando eso ocurra, no será él quien pague las consecuencias, sino Israel en su conjunto.