El amor en los tiempos del sida (II parte – Frankenstein)

» Por Ana Luisa Monge Naranjo – Psicóloga y traductora

«Quien no haya experimentado la seducción que la ciencia ejerce sobre una persona, jamás comprenderá su tiranía». Víctor Frankenstein

En el artículo anterior, hablamos de la epidemia del sida y de otras infecciones de transmisión sexual (ITS). Afirmamos que el egocentrismo sexualizado de nuestra época puede llevar a conductas sexuales riesgosas, las que continúan a pesar de medio siglo de políticas basadas en el condón y otros métodos anticonceptivos (www.elmundo.cr/el-amor-en-los-tiempos-del-sida-y-del-papiloma-y-de-la-gonorrea-y-de-la-sifilis/). Ahora veremos que la absoluta confianza en la ciencia y la tecnología puede ser otro factor de riesgo.

Fascinado por el poder de la ciencia, el brillante Víctor Frankenstein se aboca frenéticamente a la creación de un ser humano, labor que culmina en un «engendro» o «monstruo». Horrorizado por su obra, Frankenstein lo rechaza y trata de eliminarlo a toda costa. Pero, al final, muere antes de matar al «engendro».  La magistral obra de Mary Shelley nos regala una gran lección: cuando jugamos a ser dioses, creamos «monstruos» que nos persiguen y destruyen. El siglo XX es claro ejemplo de la devastación que causó el mal uso de la ciencia por el endiosamiento del hombre.

En el campo de la regulación de la natalidad, también ha habido endiosamiento por la confianza en el uso masivo de métodos anticonceptivos. En manos de autoridades públicas despreocupadas por valores morales esenciales, la promoción de los anticonceptivos generalizó la idea del sexo como entretenimiento y mercancía. Se facilitó y amplió el camino a la infidelidad conyugal y la promiscuidad, y se intensificó la pérdida del respeto a la mujer, pues ahora más que nunca, se le considera un objeto destinado al goce egoísta de otros y no como una compañera, digna de respeto y amor.  Dos décadas de estudios derivados de la Teoría de la cosificación (Fredrickson y Roberts, 1997) han mostrado el sufrimiento de las personas que se cosifican sexualmente: adicciones múltiples, ansiedad, desmotivación, trastornos alimenticios, depresión, etc. Asimismo, han demostrado que ahora el varón también es un objeto de consumo sexual, no sólo la mujer.

Ante la cosificación masiva de hombres y mujeres, no es de extrañar que las ITS cada día se propaguen más a nivel mundial. ¿Qué podemos hacer? Proponemos la «ontología del ser creado y procreador». Una ontología que ayudaría a niños, jóvenes y adultos a apropiarse de su verdadera naturaleza, a celebrar la dignidad de ser persona, a amar la vida y la sexualidad. Veamos algunos principios de la ontología que proponemos:

  1. Conciencia del inestimable valor de la vida, como un don que el Creador nos ha confiado y que debemos acoger responsablemente.
  2. La naturaleza de la persona como ser corporal y espiritual: es un espíritu encarnado y un cuerpo espiritualizado.
  3. La sexualidad no como un hecho puramente biológico, sino que incluye el núcleo íntimo de la persona.
  4. Respeto al ser humano, como persona, desde la concepción hasta la muerte natural.
  5. La ciencia y la técnica al servicio de la persona humana, para promover el desarrollo integral en beneficio de todos.
  6. El matrimonio para procurar el bien de los cónyuges y de la progenie, y el lugar en donde la sexualidad como donación física alcanza su pleno significado.
  7. La templanza como una virtud que procura la moderación y la benignidad en todas las áreas de la vida.

Quizá los anteriores principios suenan muy difíciles de practicar. Podríamos intentar, sin embargo, hacerlos realidad poco a poco. Empecemos con algunas preguntas básicas:

  1. ¿Cuidamos del don de la vida por medio de hábitos sanos?
  2. ¿Atendemos tanto nuestras necesidades integralmente? ¿Qué tipo de alimentos, espirituales y físicos, ingiero diariamente?
  3. ¿Tratamos al prójimo como persona o como objeto?
  4. ¿Consideramos unas personas más valiosas que otras?
  5. ¿El uso que hago de la tecnología es beneficiosa o perjudicial?
  6. ¿Trato a mi cónyuge con el respeto y la dignidad que se merece como persona? ¿Cuido de mis hijos con amor y responsabilidad?
  7. ¿Cómo se manifiestan la moderación y la benignidad en mi vida? ¿En qué aspectos debo mejorar?

¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No, si dejamos de creernos dioses omnipotentes. Comprometernos con la inmensa tarea del amor verdadero, nos protegerá de muchos «engendros» o «monstruos». En especial, de los «monstruos» de la soledad, de la amargura y del sinsentido de la vida. El gran sufrimiento del «engendro» creado por Frankenstein fue la profunda soledad. «Maldito sea el día en que recibí la vida, maldito sea mi creador», exclamaba en su inmenso dolor. La vivencia de los principios enunciados anteriormente podría ayudarnos a amar y a ser amados de verdad, con lo que podríamos evitar muchas conductas dañinas. Y al unísono exclamaríamos: ¡Bendito sea el día en que recibí la vida, bendito sea mi Creador!

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