
Aunque mucha gente no esté de acuerdo, el aborto es una decisión única e incuestionable de la mujer, también en el supuesto caso, pero posible; que opte por sacrificar su propia vida para salvar la de su hijo. Oleado y sacramentado, rige desde hace mucho tiempo, el veto de la Iglesia Católica, que condena el aborto y lo codifica un delito; lo mismo que en otros países del mundo.
Desde hace unos años ocurrió que la prensa extranjera relató el caso de una mujer quien después de haber consultado a su ginecólogo, pues estaba embarazada; recibió el diagnóstico de que su feto tenía un defecto genético a causa del cual, al nacer lo habría condenado de por vida a convertirse en un minusválido crónico, la madre demandó al médico por suponer de que le había propuesto abortar, sugerencia que el galeno no hizo. El caso encendió una polémica que dividió un grupo de personas en dos bandos, siendo que uno estuvo de acuerdo de no promoverse el aborto, porque nadie tiene el derecho de cortar una vida, mientras que el otro en cuyo caso se hubiese perpetrado lo definió como: “Alevosía genética”; los ánimos se caldearon al extremo de que una psiquiatra, con el fin de poner paz, de improviso formuló la siguiente pregunta sibilina: ”¿Qué hubiera pasado en el mundo, si las madres de Hitler y Mussolini los hubieran abortado?”, la audiencia quedó muda, después de una breve pausa; todos al unísono contestaron: “¡Ojalá!”; regresó la calma y; un matrimonio de hombre y mujer, unos médicos de larga experiencia profesional, demostrando un profundo sentido humano, sin ostentación y de una forma muy pausada pero firme, recomendaron que todos los niños del mundo deberían vivir sanos y felices juntos a sus madres que no merecerían morir a causa de un aborto clandestino.
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