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El 12 de octubre visto desde Costa Rica

» Por Fernando Ferraro Castro - Asesor parlamentario y exministro de Justicia

Todos hemos disfrutado alguna vez de la Cantata del Adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras, esa extraordinaria creación del grupo argentino Les Luthiers, que ironiza sobre el descubrimiento de América. Para iniciar estas reflexiones, tomo prestada una de sus escenas más memorables, cuando unos indígenas se encuentran con el protagonista y exclaman: “¡Nos descubrieron; por fin nos descubrieron!”.

América no se descubrió; América se construyó

La influencia fundacional que América recibió de Europa es innegable. Está presente en nuestros idiomas, instituciones políticas, tradiciones jurídicas y expresiones culturales, así como en numerosos elementos que conforman nuestra identidad colectiva.

La Constitución de Cádiz de 1812, por ejemplo, tuvo una influencia decisiva en la organización política de buena parte de los Estados que sucedieron a la administración española en América. Reconocer esa realidad no implica adoptar una visión excluyente ni minimizar los enormes aportes indígenas, africanos o asiáticos que también forman parte de nuestra historia.

La realidad es que las naciones americanas son simultáneamente mestizas, indígenas, europeas, africanas y asiáticas. En Hispanoamérica, Cervantes y El Quijote forman parte de nuestro patrimonio cultural tanto como el Popol Vuh, el Chilam Balam o los relatos fundacionales de los pueblos originarios.

En Costa Rica ocurre algo similar. Los pueblos indígenas que habitaron nuestro territorio pertenecían principalmente al área cultural chibcha, donde predominaba la transmisión oral de los mitos, la historia y las tradiciones. Por ello, la manifestación más cercana a un “Popol Vuh costarricense” no es una obra escrita, sino el conjunto de relatos cosmogónicos del pueblo bribri, especialmente aquellos vinculados con Sibö, figura central de su cosmovisión.

Esta síntesis histórica y cultural suele desaparecer cuando el debate sobre el 12 de octubre se reduce a una confrontación entre eurocentrismo e indigenismo. El eurocentrismo minimiza el aporte de las civilizaciones precolombinas. El indigenismo radical, por su parte, desconoce la profunda influencia humana, cultural, política y económica que Europa ejerció sobre América desde finales del siglo XV. Ambos enfoques simplifican una realidad infinitamente más compleja.

Por otra parte, ningún Estado americano puede afirmar, en sentido estricto, que fue conquistado, porque ninguno existía como tal antes de la llegada de Colón. Existían pueblos, civilizaciones e imperios indígenas de enorme relevancia histórica, pero no las entidades políticas que posteriormente comenzaron a independizarse entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Desde una perspectiva americana, el concepto de “descubrimiento” resulta insuficiente para explicar la trascendencia del 12 de octubre de 1492. Reducir esa fecha a un único acontecimiento significa simplificar un proceso histórico que dio origen a nuevas sociedades, identidades y Estados, al tiempo que oscurece el papel desempeñado por España en la formación del mundo americano.

Incluso si pudiera demostrarse que otros pueblos llegaron al continente antes que Colón, ello no modificaría un hecho fundamental: la América contemporánea surgió como resultado del proceso histórico iniciado el 12 de octubre de 1492.

Son verdades históricas elementales que con frecuencia quedan relegadas frente a discursos simplistas y políticamente convenientes.

¿Y qué decir de Costa Rica?

Nuestra independencia, la formación del Estado y la fundación de la República en 1848 forman parte de un largo proceso histórico iniciado siglos atrás y enriquecido por el aporte de pueblos indígenas, afrodescendientes e inmigrantes provenientes de los más diversos rincones del mundo.

Basta observar nuestra propia historia para comprenderlo. Las trayectorias de Quince Duncan, Littleton Bolton Jones, Rigoberto Stewart, Eulalia Bernard, Colón Bermúdez, Sasha Campbell, Nery Brenes, Hanna Gabriels, Paulo César Wanchope y Sherman Güity, entre muchos otros, reflejan la invaluable contribución de los afrodescendientes al desarrollo nacional.

Lo mismo puede afirmarse de la comunidad judía costarricense y de figuras como Samuel Rovinski, Haydée de Lev, Jacobo Shifter, Luis Fishman, Luis Liberman, Rebeca Grynspan, Mónica Nagel, Eli Feinzaig y Amin Majchel entre otros, quienes desde distintos ámbitos del quehacer nacional, han contribuido a comprender mejor la diversidad de nuestra sociedad y a impulsar su progreso.

Esa Costa Rica abierta, plural y acogedora también se expresa en el legado de Miguel Barzuna Sauma, Richard Beck Hemicke, Ana María Breedy Jalet, Carlos Gagini Chavarría, Henning Jensen Pennington, Walter Kissling Gam, Ricardo Neily Jop, Sylvia Poll y Claudia Poll.

También está presente en el aporte de costarricenses de ascendencia asiática como Otto Apuy Sirias, Franklin Chang, Hilda Chen Apuy, Isidro Con Wong, Marian Li y Harry Shum Jr.; en figuras como Benjamín Mayorga y Keylor Navas, orgullosos de sus raíces indígenas; y en inmigrantes sudamericanos que hicieron de Costa Rica su hogar, entre ellos Marcelo Gaete, Sara Astica, Ana Poltronieri, Lucho Barahona, Tatiana Lobo, Elías Carranza y Rita Maxera. A ellos se suman Yokasta Valle y Brisa Hennessy.

Y, si volvemos la mirada hacia etapas anteriores de nuestra historia, encontramos también a Ascensión Esquivel, Constantino Láscarez, Rafael Francisco Osejo, Clorito Picado Twight y Vito Sansonetti. Todos ellos, desde historias personales y orígenes diferentes, forman parte de una misma realidad: la Costa Rica que hoy conocemos no fue construida por una sola raíz.

Esta realidad fue reconocida constitucionalmente el 24 de agosto de 2015, cuando el presidente Luis Guillermo Solís firmó la reforma del artículo 1 de la Constitución Política que define a Costa Rica como una República multiétnica y pluricultural. La iniciativa fue presentada por la diputada Jocelyn Sawyers y contó con el respaldo de las legisladoras Epsy Campbell, Maureen Clarke y Sandra Piszk.

Reconocer esta diversidad no significa asumir una visión ingenua de la historia. Sabemos que el devenir de los pueblos es complejo, contradictorio y, en ocasiones, está marcado por la violencia. Los protagonistas de nuestros orígenes representaron realidades diversas e incluso contrapuestas.

Por eso resulta simbólicamente significativo recordar que la entidad política que alcanzó su independencia entre el 15 de septiembre y el 29 de octubre de 1821 es, al mismo tiempo, heredera de Presbere, Avancari y Orosí, y de Juan Vásquez de Coronado y Juan de Cavallón y Arboleda. Todos ellos, desde posiciones históricas diferentes y muchas veces enfrentadas, forman parte de la compleja trayectoria que desembocó en la construcción de la Costa Rica contemporánea.

Nun tä ja kwetä: seguimos en la lucha

Los pueblos indígenas, y en particular los costarricenses, no se honran mediante campañas de resentimiento contra España o contra Cristóbal Colón. Se honran reconociendo su historia, garantizando plenamente sus derechos y protegiendo el legado cultural que han enriquecido y continúan enriqueciendo la República. Así lo demuestran creadores como los cabécares Freddy Obando y Severiano Fernández, o el bribri Justo Avelino Torres, cuyas obras constituyen una valiosa expresión del patrimonio cultural costarricense.

Quizás el mensaje más profundo que debería dejarnos cada 12 de octubre es que debemos y podemos, sentir legítimo orgullo por nuestros orígenes y por nuestra historia, asumiéndolos en toda su complejidad y diversidad. Nuestra historia no es pura, es mestiza. No es lineal, es compleja. Y precisamente por eso es nuestra.

En un país como Costa Rica, el patriotismo solo puede entenderse como un sentimiento abierto, inclusivo e integrador, capaz de reconocer todas las raíces que han contribuido a forjar nuestra identidad nacional. Se trata de una visión cercana a la defendida por Martha Nussbaum, Jürgen Habermas y Kwame Anthony Appiah, para quienes el amor por la patria no exige negar al otro, sino reconocer que la diversidad forma parte esencial de la comunidad política y de la condición humana.

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