
Más allá de la celebración de un día, el cual es importante por la connotación que supone, el Día Internacional de la Mujer debe ponernos a todos, como sociedad, a buscar espacios que permitan su realización plena, sin diferencias respecto a los hombres.
Precisamente, con motivo del Día Internacional de la Mujer, celebrado el 8 de marzo del año anterior, el Papa Francisco daba un mensaje que viene muy bien para nuestra realidad y momento actual: “me gustaría decir algo sobre la insustituible contribución de las mujeres en la construcción de un mundo que es el hogar de todos. La mujer es quien hace hermoso el mundo, lo cuida y lo mantiene vivo. Trae la gracia que hace nuevas las cosas, el abrazo que incluye, la valentía de donarse”.
Decía, el Santo Padre: “si amamos el futuro, si soñamos con un futuro de paz, debemos dar espacio a las mujeres”.
En esta línea, nuestra sociedad debe superar odiosas brechas, como lo he comentado en otros momentos, en las cuales, lamentablemente, y solo por citar un ejemplo, las mujeres son relegadas en campos profesionales solo por ser mujeres, o no perciben el salario en igualdad de condiciones que un hombre, a pesar de realizar las mismas labores.
Otras muestras vergonzosas que la sociedad presenta, a nivel mundial y en nuestro país, son los asesinatos contra la mujer, solo por su condición de serlo.
El compromiso como sociedad debe ser inclaudicable para dar el espacio que la mujer merece, como persona creada a imagen y semejanza de Dios, tal cual como fue creado el hombre (cfr. Gn 1, 27).
Nos dice, al respecto, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (numeral 26), que el hombre y la mujer “están por eso mismo llamados a ser el signo visible y el instrumento eficaz de la gratuidad divina en el jardín en que Dios los ha puesto como cultivadores y guardianes de los bienes de la creación”.
El llamado, alrededor del Día Internacional de la Mujer, es a vivir la plenitud de la vida que se nos ha dado. Como seres humanos, a protegernos mutuamente y a contribuir al cuidado de la creación que Dios nos ha encomendado, para bien de la humanidad.
Debemos rechazar toda manifestación de violencia contra las personas, pero, especialmente hoy, hago el llamado para cuidar de las mujeres.
Que nuestra sociedad costarricense se distinga por eliminar esas brechas en el campo laboral, por qué no, político, si vemos también que las cuotas de representación no llegan ni con la prontitud ni con la eficiencia que deben llegar. Ojalá Costa Rica pudiera distinguirse por haber acabado con los feminicidios que nos siguen golpeando todos los meses.
Traigo a colación las palabras que dijera Benedicto XVI en su Viaje Apostólico a Camerún y Angola (2009) en un encuentro con movimientos católicos para la promoción de la mujer. “En efecto, al ver el encanto fascinante que irradia de la mujer a causa de la íntima gracia que Dios le ha dado, el corazón del hombre se ilumina y se ve a sí mismo en ella: ‘Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’ (Gn 2,23). La mujer es otro ‘yo’ en la común humanidad. Hay que reconocer, afirmar y defender la misma dignidad del hombre y la mujer: ambos son personas, diferentes de cualquier otro ser viviente del mundo que les rodea”.
Así debe ser el norte que nos guíe como sociedad, teniendo presente siempre el respeto de esta dignidad que nos ha sido dada por Dios.
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