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De monjes medievales a las redes sociales: El negocio redondo de hacernos pecar

» Por Dragos Dolanescu Valenciano - Doctor en psicología de la Universidad Alcalá de Henares.

Si usted es de los que piensa que la adicción al celular, la ansiedad por los likes y ese impulso de estar viendo qué hace el vecino son problemas modernos de la era del microchip, déjeme decirle que está más perdido que el chiquito de la Llorona. El asunto es muchísimo más viejo. Hace poco, leyendo el libro Autoayuda medieval de Peter Jones, me encontré una analogía brillante que soltó Reid Hoffman, uno de los fundadores de LinkedIn. La tesis es tan simple como real: los mismos impulsos humanos que hoy alimentan los algoritmos de las redes sociales son exactamente las mismas debilidades que los monjes de la Edad Media intentaban mapear a través de los siete pecados capitales.

Como psicólogo, esto me abrió los ojos y me despertó a la realidad. Antes de que existiera el primer cable de internet, nuestra Iglesia Católica ya sabía perfectamente que nuestra mente tiene puntos flacos que se encienden si les ponen el entorno adecuado. Los genios de Silicon Valley no inventaron el agua tibia. Lo único que hicieron fue cambiar el confesionario de madera por una pantalla de cristal. Digitalizaron el pecado, le metieron Wifi y lo convirtieron en el negocio más multimillonario del planeta.

Pero ojo, porque los monjes medievales no solo hicieron el mapa del infierno de nuestra psicología; también nos dejaron la receta médica a través de las siete virtudes. En pleno siglo XXI, estas virtudes no son para andar dándose golpes de pecho los domingos en misa. Son herramientas de pura salud mental. Son el único freno de mano que nos queda para usar el celular sin que el celular nos use a nosotros.

Vea usted el panorama de cómo nos tienen distribuidos en este “infierno digital” y cómo aplicar el antídoto antes de que nos vuelva locos:

1. Instagram: Entre la Soberbia y la Fe

• El Pecado: En la Edad Media, la soberbia no era solo creerse la última chupada del mango. Era algo peor: el autoengaño, el dejar de cuestionarse a uno mismo. Instagram es el paraíso de la soberbia. Filtros para tapar las ojeras, filtros para acomodar la vida. Ahí todos somos felices, todos viajamos y nadie tiene broncas ni deudas. Ocupamos la validación del resto del mundo para inflar una perfección de mentirillas.

• La Virtud: Frente a esa pantalla de humo, ocupamos la Fe. Pero la fe digital no es creer en lo invisible; es tener la certeza de que tu vida real, con los problemas de la Caja, las facturas por pagar y los días aburridos, vale mil veces más que cualquier foto posada. Es apagar el teléfono sabiendo que tu valor no depende de los corazoncitos de un montón de desconocidos.

2. Facebook: Entre la Envidia y la Esperanza

• El Pecado: Ya lo decía el poeta Petrarca en el siglo XIV: ver el éxito ajeno nos carcome el alma. Facebook vive de eso, de la comparación constante. Usted entra un toque y lo primero que ve es el viaje a Europa del compañero de la escuela, el carro nuevo del primo o la fiesta del vecino. Y de inmediato salta el monstruo de la envidia a preguntar: “¿Y diay, por qué yo no?”.

• La Virtud: El remedio es la Esperanza, que en psicología se llama paciencia. Es entender que la vida no es una competencia de estatus y que el algoritmo solo te enseña el escenario bonito de los demás, nunca los camerinos llenos de broncas. Es tener la madurez de desearle el bien al otro sin que eso te amargue tu propio camino.

3. X (Twitter): Entre la Ira y la Caridad

• El Pecado: El algoritmo de Elon Musk es una máquina diseñada para premiar la indignación. En el Medievo, los monjes decían que la ira es una adicción progresiva a querer tener la razón a toda costa. X es exactamente eso: un ring de boxeo digital donde nadie escucha a nadie, donde todos entran con el cuchillo entre los dientes para meter el cañonazo del día, humillar al rival y ganarse el aplauso de la gradería virtual.

• La Virtud: Ahí es donde se necesita la Caridad, que en redes significa empatía pura. Es acordarse de que detrás de esa cuenta que te está insultando o diciendo una caballada, hay un ser humano de carne y hueso, probablemente frustrado o pasando un mal día. Tener caridad en internet es decidir, por pura salud mental, no contestar el golpe. El silencio inteligente corta el negocio del odio.

4. LinkedIn: Entre la Avaricia y la Justicia

• El Pecado: La avaricia ya no es solo guardar monedas de oro en un cofre. En el celular se disfraza de acumulación compulsiva: coleccionar miles de contactos que uno ni conoce, inflar títulos profesionales, presumir certificaciones de cursos de dos horas y sentir esa necesidad enfermiza de “monetizar” cada minuto de tu vida y cada relación humana.

• La Virtud: El contrapeso es la Justicia. Significa tratar a la gente por lo que vale como persona, no por el puesto que tiene en una tarjeta de presentación. Es usar las redes para tenderle la mano al que busca brete y reconocer el mérito ajeno con honestidad, mandando a volar esa hipocresía corporativa de aplaudir solo al que te puede hacer un favor.

5. Tinder: Entre la Lujuria y la Templanza

• El Pecado: Esta app convirtió las relaciones humanas y el deseo en un catálogo de supermercado. Usted desliza el dedo a la izquierda o a la derecha como el que escoge qué marca de atún comprar. Es el consumo rápido del otro. Si algo no me gusta, lo desecho en un segundo. El compromiso estorba y el descarte es inmediato.

• La Virtud: Para no deshumanizarnos ocupamos la Templanza, que es dominio propio. Es la virtud que nos devuelve el respeto por el proceso, por conocer a alguien de verdad y por entender que las personas no son objetos desechables.

6. TikTok y YouTube: Entre la Pereza y la Fortaleza

• El Pecado: Ojo con esto. Para los monjes medievales, la pereza (que llamaban desgano) no era solo echarse a rascarse la panza. Era un agotamiento del alma, un desgano profundo y una desconexión de lo importante. El scrolling infinito de TikTok es la representación perfecta de esto: pasar tres horas viendo videos tontos, uno tras otro, apagando el cerebro solo para anestesiar la mente ante la ansiedad de la vida real.

• La Virtud: El cortafuegos es la Fortaleza. Se necesita un coraje tremendo hoy en día para ganarle el pulso al diseño adictivo de un celular. Fortaleza es decir: “Hasta aquí” y cerrar la aplicación para ir a conversar con la familia, salir a caminar o ponerse a hacer algo productivo.

7. Pinterest y Apps de Compras: Entre la Gula y la Prudencia

• El Pecado: Digitalmente, la gula no es comerse tres tamales de una sola sentada. Es ese consumo visual voraz que no se llena con nada. Es pasar viendo estéticas, objetos, ropa y chucherías acumulando carritos virtuales de compras. Es un deseo material insaciable de querer tener todo lo que nos entra por los ojos.

• La Virtud: El freno es la Prudencia. En internet, prudencia es pensar dos segundos antes de hacer click. Es la voz que te frena y te dice: “Suave un toque… ¿de verdad ocupo este chunche o es solo un capricho del algoritmo?”. También es la prudencia de no ventilar tu vida privada ni tus broncas en un estado de WhatsApp para que todo el mundo se entere.

LA CONCLUSIÓN DEL PSICÓLOGO

Al final del cuento, Peter Jones nos demuestra que los ticos del siglo XXI y los monjes del siglo XIV somos cortados por la misma tijera. Las debilidades son las mismas de siempre. Lo que hoy llamamos con nombres elegantes como “ansiedad digital” o “adicción tecnológica”, antes se resolvía en el confesionario.

La gran diferencia es que los monjes absurdamente buscaban salvarle el alma a la gente controlando esos impulsos; mientras que Mark Zuckerberg, Elon Musk y los genios de Silicon Valley diseñan autopistas digitales para alborotárselos. ¿Por qué? Porque el negocio de ellos es que usted peque. Cada vez que usted siente ira, envidia o consumo voraz, ellos facturan millones de dólares en publicidad.

En pleno siglo XXI, la cordura empieza por gobernar el dedo pulgar. No deje que un algoritmo programado en California le maneje las emociones ni le robe la paz. ¡Use las redes con virtud, o mejor aún, apague ese chunche y salga a vivir la vida de verdad!

La pintura pertenece a El Bosco, pintor Flamenco del 1575

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