Cuando el agua falta, la igualdad de género también

» Por MSc. Adriana Patricia Muñoz Amores - Vocera del Colegio de Trabajadores Sociales y experta en Manejo y Gestión de Cuencas Hidrográficas y Gerencia Social.

Cada vez que se habla de crisis hídrica, el debate suele reducirse a cifras: metros cúbicos, sequías, infraestructura. Pero ese enfoque técnico, frío y distante, ha invisibilizado durante años una verdad incómoda: la crisis del agua no es solo ambiental, es profundamente social y tiene rostro de mujer.

Como lo ha señalado la Organización de las Naciones Unidas, el acceso desigual al agua impacta de forma desproporcionada a mujeres y niñas. En comunidades donde el agua no llega al hogar, son ellas quienes cargan el peso de la escasez. Caminan kilómetros, abandonan oportunidades educativas y cuidan a personas enfermas por agua contaminada. Mientras tanto, el resto de la sociedad sigue discutiendo tuberías y presupuestos como si eso fuera suficiente.

El verdadero problema no es solo la falta de infraestructura, sino un modelo que históricamente ha relegado a las mujeres al rol de usuarias pasivas del recurso, cuando en realidad son quienes mejor comprenden su gestión cotidiana. Es un contrasentido y hasta una injusticia, que quienes sostienen la vida alrededor del agua estén excluidas de los espacios donde se toman las decisiones.

Hablar de igualdad sin garantizar acceso equitativo al agua es, simplemente, una retórica vacía.

En Costa Rica, más de 2.000 organizaciones comunales, como las ASADAS, sostienen el acceso al agua en zonas rurales y periféricas. No son grandes corporaciones ni estructuras estatales centralizadas: son comunidades organizadas. Y ahí es donde el Trabajo Social ha demostrado ser clave.

Porque gestionar el agua no es solo una tarea técnica; es un ejercicio profundamente humano que implica organización comunitaria, educación, toma de decisiones colectivas y sostenibilidad a largo plazo. Traducir conceptos complejos, como la protección de acuíferos o el consumo responsable, en acciones concretas y comprensibles para la gente, no lo hace una máquina ni una tubería: lo hacen las personas.

Sin embargo, incluso en estos espacios innovadores, persiste un reto urgente: incorporar más liderazgos femeninos en la gobernanza del agua y reconocer el valor estratégico del Trabajo Social en la gestión ambiental. No como un complemento, sino como un eje central.

Seguir viendo el acceso al agua únicamente como un tema de infraestructura es un error que ya no podemos permitirnos. El agua define quién estudia, quién trabaja, quién cuida y quién progresa. Define, en esencia, quién tiene oportunidades y quién no.

Si de verdad queremos hablar de desarrollo, equidad y futuro, la discusión debe cambiar de raíz y debe centrarse en un enfoque de igualdad, porque no basta con que el agua fluya, tiene que fluir con justicia.

Y eso solo será posible cuando quienes han sostenido históricamente su gestión, que son las mujeres y las comunidades, dejen de estar en los márgenes y pasen al centro de las decisiones.

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