Cuando cuestionar se vuelve un obstáculo

» Por Luis Fernando Allen Forbes - Director ejecutivo Asociación Salvemos El Río Pacuare

En todo municipio que intenta avanzar, aparecen figuras que, más que construir, parecen dedicadas a entorpecer. Son individuos o grupos que, bajo distintas excusas, generan conflicto constante, desacreditan iniciativas y contaminan el ambiente comunitario.

No siempre actúan de forma abierta; a menudo operan mediante rumores, provocaciones y el uso de “troles” personas o perfiles que amplifican el caos sin asumir responsabilidad.

Está claro, que algunos buscan protagonismo en contextos donde carecen de reconocimiento legítimo. Otros intentan proteger intereses personales que se verían afectados por el progreso, contratos, privilegios o cuotas de poder informal. También están quienes encuentran en la confrontación una forma de identidad:

  • Oponerse por oponerse les da pertenencia y visibilidad.
  • Su objetivo principal es desestabilizar la percepción de orden y confianza.
  • Para ello: exageran errores y silencian aciertos.
  • Difunden información incompleta o distorsionada.
  • Provocan reacciones emocionales que sustituyen el debate racional.
  • Utilizan intermediarios (los “troles”) para multiplicar el ruido y evitar costos directos.

Ahora bien, la denuncia es esencial en una democracia, pero pierde valor cuando se convierte en práctica sistemática sin sustento ni propuestas. Esto no solo desgasta, sino que desvía la atención de los verdaderos desafíos colectivos.

En toda sociedad democrática, cuestionar al poder no solo es válido, sino necesario. La rendición de cuentas y la transparencia existen precisamente para responder esas inquietudes. Sin embargo, la denuncia debe estar respaldada por datos, evidencia y responsabilidad, cuando esto ocurre, fortalece la institucionalidad.

Responder a cada acusación infundada no es gratis: implica recursos, tiempo y desgaste institucional. Esto puede ralentizar procesos, afectar la ejecución de proyectos y, en última instancia, perjudicar a la ciudadanía.

El desafío para cualquier administración no es responder absolutamente todo, sino mantener el foco en lo que realmente transforma la vida de las personas, sin perder el rumbo de lo importante.

La administración cumple con mecanismos de rendición de cuentas mediante la publicación clara de datos y cifras. Sin embargo, existe el riesgo de que la transparencia sea distorsionada y utilizada como escenario de confrontación constante en lugar de ser una herramienta de información y mejora.

Por consiguiente, invitar a un cambio de actitud para pasar de la crítica reactiva a la participación constructiva. Fortaleciendo la democracia no solo con vigilancia, sino con propuestas, diálogo informado y corresponsabilidad.

La democracia necesita ciudadanos que cuestionen, pero también comprometidos. Denunciar es importante; pero proponer, aún más. El desarrollo de una comunidad depende de ese equilibrio: menos ruido, y más responsabilidad compartida.

Finalmente, una comunidad no se construye desde la sospecha permanente, sino desde la responsabilidad compartida.

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