A veces los ticos damos por sentado el país que tenemos. Como que nacimos en paz, con la mesa servida, y se nos olvida que la estabilidad no cae del cielo. Llevamos casi dos siglos jugando bajo las reglas de una República. Y si algo nos ha enseñado la historia, es que Costa Rica siempre ha sido un país de leyes, no de capataces.
Aquí nadie tiene la última palabra absoluta, y esa ha sido nuestra mayor bendición. Nuestros abuelos no inventaron la pólvora ni la división de poderes de la República ; eso viene de la Revolución Francesa. Pero tuvieron el colmillo y la sabiduría de adoptar ese sistema.
Vieron que, aunque la democracia no es perfecta, es lo mejor que la humanidad ha creado en sistemas políticos. Y calzaba apenas con nuestra forma de ser. Al tico por naturaleza le gusta el diálogo, la paz, y le caen mal los extremismos. Por eso el poder se repartió. Para que hubiera pesos y contrapesos.
En cristiano: el Ejecutivo propone, los diputados aprueban si es el caso, pero el Poder Judicial cuida que nadie se brinque la cerca. Es el árbitro del partido.
Si debilitamos al árbitro, el juego se sale de control y ganan los más vivos. Así de sencillo. Asfixiar económicamente a la justicia y congelarle plazas al OIJ, a los jueces y a los fiscales y defensores no es “ahorrar”.
Tampoco es un simple pulso político entre Zapote y la Corte. Esto es un golpe directo a la columna vertebral de nuestro país. Al final, un Poder Judicial debilitado y amarrado de manos solo le sirve a dos tipos de personas: a los criminales, que celebran tener menos investigadores en la calle, y a los que quieren gobernar el país como si fuera una finca propia, sin rendirle cuentas a nadie.
Nuestra Paz social de la que tanto rajamos afuera no sale gratis. Se sostiene porque la gente cree en la justicia, porque sabemos que la ley se le aplica al de a pie y al poderoso por igual. Jugar con eso por puro revanchismo político es jugar con fuego. Más ahora, que el sicariato y el crimen organizado nos tienen contra las cuerdas.
Costa Rica tiene que seguir siendo una República soberana y equilibrada. No podemos dejar que nos desarmen la democracia a poquitos y de callado. Al Poder Judicial hay que exigirle eficiencia y cuentas claras claro que si, por supuesto, pero jamás amarrarle las manos! Cuidar la independencia de la justicia no es defender privilegios; es cuidarnos las espaldas a todos nosotros.