
Actualmente, la política partidista enfrenta un irreversible grado de descomposición, porque la política debe aportar claridad en los fines y firmeza en la defensa de los principios democráticos.
Los ciudadanos anteponemos el miedo y el conformismo a la libertad, al deber de exigir y a la rebeldía. Soportamos como esclavos demasiadas lacras y dominaciones, demostrando que hemos perdido el orgullo por la libertad. Nos domina el miedo y hemos permitido, con una cobardía digna de piedad, que nuestra democracia haya sido golpeada por los partidos políticos y suplantada por una minoría.
Es hora de impulsar una nueva Constitución porque tenemos la convicción que nuestra carta magna debe estar legitimada por cada una de las ciudadanas y ciudadanos de este país, construida en común a través de una Asamblea Constituyente que permita el diálogo y el intercambio de opiniones, y que la propuesta final sea sometida a la voluntad soberana del pueblo mediante un plebiscito.
Costa Rica desea una nueva Constitución, porque la actual esta desactualizada y queremos construir un país más equitativo y justo, y para ello se requiere impulsar un marco institucional que represente a todas y todos, que garantice y promueva la democracia, la transparencia, el pluralismo cultural y comunicacional, el bienestar general, la participación ciudadana y todos los derechos fundamentales como ejes orientadores de nuestra convivencia.
La pobreza masiva y la repugnante desigualdad son terribles flagelos de nuestros tiempos, tiempos en que el mundo alardea de adelantos impresionantes en ciencia y tecnología, en la industria y la acumulación de riquezas.
Vivimos en un mundo en el que los conocimientos y la información han avanzado a pasos agigantados mientras millones de niños no van a la escuela. Es un mundo de grandes promesas y esperanzas, pero también es un mundo de desesperanza, enfermedad y hambre.
La erradicación de la pobreza no es un gesto de caridad. Es un acto de justicia. Es la protección de un derecho humano fundamental, el derecho a la dignidad y a una vida decente. Mientras persista la pobreza, no habrá verdadera libertad.
Para lograr esos objetivos, necesitamos también transformar al gobierno de un sistema que sirve a intereses minoritarios a otro que atienda las necesidades de todos los costarricenses, este pueblo esta convencido de que es posible y factible alcanzar la meta de una vida mejor para todos.
Finalmente, la actual Carta Fundamental está en manos de una minoría que ha impedido sistemáticamente su transformación. Queremos una Carta cuya génesis sea unir y que esté cimentada en una Asamblea Constituyente, expresión del derecho universal a la autodeterminación, para que el pueblo decida sobre su propia forma de gobierno y sobre todos los ámbitos que rigen la vida en sociedad. Nos encontramos atrapados por una institucionalidad cuyo diseño impide su transformación, pues carece de mecanismos mediante los cuales la ciudadanía pueda incidir en la definición de nuevas reglas del juego.
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