Costa Rica ante el mundo: ¿alineamiento ciego o lucidez?

» Por Mauricio Ramírez Núñez - Académico, Magister en estudios latinoamericanos con énfasis en cultura y desarrollo

Los casos de las guerras en Ucrania e Irán no son episodios aislados, sino indicadores de un cambio estructural en el sistema internacional. En ambos escenarios, Estados Unidos ha evidenciado límites operativos y estratégicos que cuestionan su capacidad de sostener una hegemonía incuestionable. El caso de Irán resulta particularmente revelador: una confrontación que terminó requiriendo intermediación externa con actores como Pakistán, China y Rusia, para evitar un desenlace aún más costoso en términos de credibilidad para Trump. No es la imagen de una potencia en control absoluto, sino la de un poder obligado a gestionar su propio desgaste.

Este contexto debería encender alertas en países como Costa Rica. Sin embargo, el discurso oficial insiste en una lectura anacrónica: Estados Unidos como único socio confiable, como referente incuestionable de estabilidad y superioridad. Más aún, se plantean decisiones de alto costo estratégico como tensar o incluso insinuar romper vínculos con China en un momento donde el sistema internacional se redefine precisamente por la diversificación de alianzas y centros de poder.

La contradicción es evidente. Mientras la inversión extranjera proveniente de Estados Unidos registra caídas significativas en el país, de hasta el 35%, China se consolida como uno de los principales motores económicos y tecnológicos a escala global. Ignorar esta realidad no es una postura ideológica: es un error de cálculo estratégico. ¿Quién, en el contexto global actual, tiene realmente la capacidad de compensar una caída de esa magnitud en la IED para un país como el nuestro?

La pregunta es inevitable: ¿está el liderazgo político costarricense, tanto el saliente como el entrante, evaluando correctamente la transición del orden internacional? ¿O continúa operando bajo supuestos de un mundo que ya no existe? Apostar de manera unilateral por una potencia en evidente tensión estructural, mientras se descartan otras oportunidades, no es una muestra de lealtad, sino de dependencia y desconocimiento de la realidad internacional.

Costa Rica no necesita alineamientos automáticos, sino inteligencia estratégica y neutralidad. En un escenario global en transformación, ubicarse correctamente no es un lujo: es una condición de supervivencia política y económica. Apostar por el lado que muestra signos de desgaste, ignorando las dinámicas emergentes, no solo limita el margen de maniobra del país, sino que compromete su futuro.

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