¿Bukele socialista? La pesadilla de la nueva derecha latinoamericana

» Por Mauricio Ramírez Núñez - Académico

Si uno escuchara a ciertos gurús de la nueva (misma) derecha latinoamericana, pensaría que Nayib Bukele es el hermano político de Javier Milei, el nuevo fenómeno libertario colombiano y hasta de quienes en Costa Rica se presentan como la versión local del anarcocapitalismo. Lo venden como parte de una gran cruzada contra el Estado, el gasto público y cualquier forma de intervención estatal.

Quizá ha llegado el momento de hacer una revelación incómoda para muchos de sus admiradores: si el criterio para medir quién es de derecha consiste en privatizar empresas públicas, reducir el Estado a su mínima expresión, recortar programas sociales y convertir al mercado en el árbitro absoluto de la vida nacional, entonces Bukele ha sido un auténtico fracaso… o, dicho con ironía, un “socialista” de manual, o peor aún para los oídos de esos libertarios fundamentalistas; un socialista exitoso y pragmático.

Porque mientras algunos de sus supuestos compañeros de ruta proponen privatizar prácticamente todo, Bukele no ha impulsado un proceso de privatizaciones masivas. Al contrario, ha cuestionado algunas de las grandes privatizaciones heredadas de gobiernos anteriores, especialmente en materia de pensiones, y ha mantenido al Estado como actor central en áreas estratégicas. Y esto no debería sorprendernos, pues la raíz política e ideológica de Bukele fue el partido de izquierda Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), vaya dato incómodo para sus seguidores anticomunistas.

Mientras otros dicen que el Estado es el problema, Bukele gobierna con un Estado fuerte, planificador y protagonista. Ha concentrado enormes recursos públicos en infraestructura, seguridad, puertos, hospitales, educación y proyectos nacionales. No ha escondido que considera al Estado una herramienta para ejecutar una visión de país.

Mientras los libertarios convierten cualquier intervención estatal en una blasfemia económica y rezan el catecismo del “mercado siempre tiene la razón”, Bukele gobierna de una forma mucho más pragmática. Utiliza alianzas público-privadas cuando le convienen, pero jamás renuncia al liderazgo del Estado. No pretende que el mercado sustituya al Estado, pretende que el mercado funcione bajo una dirección política clara y subordinado a un proyecto nacional. ¿Cómo se llama eso?

¿Por qué ese detalle nunca aparece en los discursos de Milei, Noboa, Abelardo o Laura Fernández? La respuesta es sencilla: porque ellos no creen en ese modelo. De Bukele solo les interesa la parte que encaja con su narrativa: la mano dura, la política punitiva y el impacto mediático de la seguridad. Todo lo demás, el Estado fuerte, la inversión pública, la conducción estratégica de la economía y la planificación gubernamental, desaparece convenientemente de su relato.

Lo paradójico es que buena parte de la izquierda termina cayendo en esa misma trampa discursiva. Acepta sin mayor análisis el marco que le impone la nueva derecha y concluye que Bukele es simplemente un “dictador de derecha” cuya única política consiste en reprimir a su pueblo. Es una auténtica mesa gallega: unos ponen el relato y los otros se lo comen sin masticarlo. Unos silencian deliberadamente el componente estatista del modelo de Bukele porque contradice su dogma liberal, los otros lo ignoran porque necesitan encasillarlo como un experimento neoliberal más.

El problema es que la política seria no consiste en hacer un “copiar y pegar” de experiencias ajenas. El modelo de seguridad salvadoreño responde a una realidad histórica, criminal y social muy particular de El Salvador. Pretender exportarlo mecánicamente a cualquier país es tan ingenuo como creer que basta con usar la gorra de Bukele para obtener sus resultados. Es exactamente la misma lógica de quienes creen que el modelo chino puede reproducirse simplemente imitando algunas de sus políticas, ignorando siglos de historia, una cultura política distinta y unas condiciones económicas completamente diferentes. De ambos casos se puede aprender mucho sí, de ninguno se puede hacer una fotocopia.

Quienes reducen la política a importar recetas extranjeras suelen demostrar más habilidad para el marketing que para el pensamiento. Deberían dedicarse a algo diferente a la política. Sin importar la ideología, son excelentes copiando eslóganes, hashtags y poses, pero bastante menos eficaces cuando se trata de comprender la realidad de sus propios países. Cambian de referente internacional con la misma facilidad con la que cambian una foto de perfil, porque lo importante nunca ha sido construir un proyecto nacional, sino encontrar un personaje exitoso al cual imitar electoralmente.

Y tampoco conviene caer en el extremo contrario. Bukele no es un líder infalible ni su modelo está libre de errores. Su experiencia también ha generado cuestionamientos legítimos sobre el equilibrio institucional, las libertades públicas y la concentración del poder. Idealizarlo sería tan equivocado como demonizarlo. La verdadera enseñanza no consiste en importar un modelo completo, sino en desarrollar la capacidad de pensar los problemas propios con criterios propios, diseñando soluciones acordes con la historia, la cultura, las instituciones y las necesidades de cada nación. Los pueblos que progresan no son los que viven copiando fórmulas ajenas, sino los que son capaces de construir las suyas.

Lo curioso es observar el esfuerzo casi desesperado por meter a Bukele en el mismo saco ideológico que Javier Milei o con quienes, en distintos países, promueven agendas de privatización acelerada, reducción del gasto social y reformas diseñadas principalmente para favorecer a determinados sectores empresariales. La realidad, sin embargo, es mucho más incómoda.

Bukele no gobierna como un libertario. Tampoco como un neoliberal clásico. Su modelo es profundamente estatista en el sentido de que reconoce al Estado como conductor del desarrollo nacional. Su prioridad ha sido fortalecer la capacidad del gobierno para ejecutar políticas públicas, controlar sectores estratégicos y dirigir inversiones de gran escala.

Por eso resulta cómico por no decir ridículo que algunos pretendan presentarlo como el máximo referente del anarcocapitalismo latinoamericano. Si mañana Bukele apareciera en un congreso libertario defendiendo el papel rector del Estado, las inversiones públicas multimillonarias, la planificación gubernamental y la presencia estatal en sectores estratégicos, probablemente lo acusarían de haberse infiltrado desde el Foro de São Paulo.

La ironía, por supuesto, es evidente. Bukele no es socialista en el sentido doctrinario del término. Su economía sigue siendo una economía de mercado y promueve activamente la inversión privada. Pero tampoco responde al catecismo libertario que hoy algunos intentan imponer como única definición posible de la derecha.

Bukele demuestra que puede existir un liderazgo conservador en materia de seguridad, identidad nacional y autoridad política, mientras se mantiene un Estado fuerte, con capacidad de dirección económica y presencia activa en los sectores considerados estratégicos. Bukele desarma el relato simplista y demagógico de la “nueva derecha”.

Mientras tanto, en países como Costa Rica, en manos de demagogos y mercaderes de la política, aspiran a conquistar el Estado no para ponerlo al servicio del desarrollo nacional, sino para vaciarlo desde dentro. Su proyecto no consiste en fortalecer las capacidades públicas, sino en desmontarlas, no en modernizar el patrimonio común, sino en ponerle precio a las últimas joyas de la corona para que terminen en manos privadas, todo envuelto en el viejo dogma de que el mercado siempre sabe más que la sociedad y administra mejor lo que pertenece a todos.

Esa es la diferencia que algunos intentan esconder bajo una misma etiqueta. Confunden la estética con la ideología, la popularidad con el proyecto político y la mano dura con el modelo económico. Pero la realidad es bastante más incómoda: podrán imitar el discurso de Bukele, copiar su estrategia de comunicación e incluso intentar apropiarse de su imagen, pero jamás de su concepción del Estado, porque creen exactamente lo contrario.

Y ahí está la ironía de toda esta historia: quienes más se esfuerzan por presentar a Bukele como el nuevo ícono del libertarismo son, precisamente, quienes tendrían que acusarlo de “socialista” si fueran coherentes con su propia doctrina.

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