Braulio Carrillo Colina: En honor a la verdad

carrillo_braulioPor: Heinier Gibson Diaz Cabezas

Con tristeza debo recordar mi bachillerato allá por 1997. En el libro de uso obligatorio para Estudios Sociales, en dos pequeños párrafos de no más de diez líneas, venia una pequeña reseña sobre Carrillo: un dictador que puso en peligro la democracia de este país. Confieso que algo no me gustó de aquella referencia, pero adolescente sin criterio ni amor por la historia, dejé pasar tal evento; solo una cosa: me gradué de bachiller.

Tiempo después, en una feria del libro, frente a la Iglesia la Soledad, por pura curiosidad, vi un pequeño librito amarillo, de una señora desconocida para mí, por dicha no para el mundo: la excelentísima Doña Clotilde Obregón, donde trataba sobre este supuesto dictador de mi bachillerato: Carrillo.

De fácil lectura y gratas letras, pude ver que aquello que por presentimiento no me pareció bien, lejos de ser una corazonada, era una realidad: Carrillo era otra cosa, o muchísimas más, todas buenas, no solo para uno, sino para todos “los costarricas”, como solía llamarnos.

En honor a la verdad, deseo hacer una pequeña referencia, para limpiar la imagen de ciudadano, que desde la humildad y trabajo arduo forjo una vida y una nación.

Le corresponde nacer en Cartago el 20 de Marzo de 1800, para aquel entonces capital de Costa Rica a Don Braulio Carrillo Colina. A su tiempo, debido a la ausencia de casas de enseñanza superior debe desplazarse a la bella ciudad de León, en Nicaragua, para cursar estudios en Derecho, de donde regresará como abogado.

Pronto en nuestro país, solicita los permisos para ejercer conforme a ley y es desde su juventud sumamente valorado, al punto que se le ofrece el puesto de Fiscal de la Corte Superior de Justicia, mismo que rechaza, no por espíritu civilista, sino según carta dirigida al Jefe Político Superior, con fecha 26 de setiembre de 1826, ¿la razón?, aunque cumplía con todos los requisitos, le faltaba uno: no tenía aún la edad que la constitucional solicitaba para tal puesto [cosa diferente sucede ahora, que por el contrario no se busca la legalidad, sino el figurar, aun cuando el prospecto no sea apto o idóneo para un puesto].

Refiero ese hecho para hacer ver el respeto profundo por las leyes y su profesión, así como el amor que le profesaba Carrillo a esta nación.

Posteriormente, siempre en legalidad, será llamado a ejercer puestos públicos, para hacer grande esta nación.

Ya como máximo representante del ejecutivo, pondrá en su casa, una pequeña oficina, desde donde dirigirá al país. Cuenta como referencia jocosa Doña Clotilde Obregón, que de un lado estaba el despacho del Señor presidente del Estado y del otro, un pequeño Bazar, donde Doña Froilana -su esposa- vendía cajetas y otros enseres.

Su obra fue abrazadora. Supo mirar al futuro, para plasmar en su siglo las necesidades de la incipiente nación que se abría paso, en el convulso continente Americano, deseoso de libertad para dirigir sus propios destinos.

Da estabilidad al país, en aquel juego de “niños” del cual era víctima, al establecer en San José, provincia más próspera y adelantada los supremos poderes.

Diseña leyes, establece caminos, desarrollo urbanístico y estructura instituciones vitales.

Es llamado en segunda ocasión al poder, dado desorden generado por otros; es llegado a visitar por los políticos de turno, cuando se hallaba retirado allá por San Francisco de Dos Ríos, mientras cuidaba de un cafetalito suyo. En esa ocasión quedará para la historia el hecho de que no quiso aceptar, pero fue escoltado por policías que le arrestaron y trajeron al centro de la capital a hacer lo que la Patria le demandó y de lo cual no hay duda fue una orden bien dada.

Hombre de lucha, es exiliado y en su experiencia de la diáspora, se le verá inclusive vender sombreros en la Feria de Esquipulas, allá por enero de 1843 en Guatemala.

Hombre de hogar, amante de su esposa, romántico empedernido, quedará retratado en las cartas que en el exterior, no por gusto, debe escribirle a su amada esposa.

Hombre de honor, de palabra, recibirá todo lo contrario, inclusive del jefe de Estado José María Alfaro, que vilmente ordenará entre sombras y silencios, su ejecución si intentaba regresar Carrillo a su tierra.

Y sobre esto último es clarísimo, que cuando no hay ideas, los perros deben recurrir a la violencia: fue asesinado, por la espalda, incomprendido y solo, en el pueblo de La Sociedad en El Salvador, lejos de todo lo que amó, por un único delito: soñar una Republica grande y trabajar por una Costa Rica libre, próspera, pacífica.

Hoy le recuerdo y rindo honor a un ilustre Hermano costarricense que mucho hizo y diciéndole en el puesto que se encuentre que efectivamente los enemigos no lograron su cometido y que su frase se hizo cierta:

 “…SI, YO VIVIRE SIEMPRE, A PESAR DE MIS ENEMIGOS, EN EL CORAZON SENSIBLE DE LOS COSTARRICAS…”

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