¿Al hospital?, ¡nooooo!

Posiblemente la palabra hospital, para muchos es una señal de peligro, o inclusive de miedo – no exclusiva para pequeños solamente -; hace pocos días un amigo, algo entraditos en años me comentaba que le habían hecho una placa y que tenía terror de conocer el resultado de su “foto” porque si tendría o no tendría, en fin, la preocupación era latente, que si tal vez hubiese digno de preocupación, hay quienes se encomiendan al

Señor, otros a lo que suceda, y otros a la satisfacción de haber vivido tantos años, pero no así en el caso que fuese un niño o niña.

¿Por qué posiblemente para los más pequeños de la casa pudiera ser mucho más traumatizante, entrar a un hospital? Primeramente, el niño se encontrará en un entorno extraño, personas que no conoce, y eso le hace sentirse solo e inseguro.

La estancia puede convertirse en una experiencia traumática que genere estrés y ansiedad. Por eso es muy importante preparar a nuestro hijo para esta nueva situación.

A lo anterior podemos sumar (de llegar a ser internado) la separación de los padres y del resto de la familia.

¿Qué hacer para contrarrestar dicha acción? Intentemos los padres y madres, hermanos, familiares, dedicar todo el tiempo que podamos a estar con él, apoyándolo y animándolo, evitando caer en la “sobreprotección” para no interferir en su tratamiento y hacer que se acostumbre a ser el centro de nuestra atención.

Esta actitud excesivamente protectora puede alterar la relación de nuestro hijo con las personas del hospital que le cuidan (doctores, enfermeras…), que lo consideran como un paciente más, y puede hacerle reaccionar con una actitud de rechazo por considerar que no le prestan una atención especial.

Las indicaciones médicas también supondrán un cambio importante en el comportamiento del niño. El descanso en cama impuesto, el tener que disminuir el nivel de actividad al que está acostumbrado, los medicamentos… suponen un esfuerzo importante a realizar sobre todo si él no nota excesivo malestar físico.

Si tomamos los padres la opción de no hablar con nuestro hijo sobre el tema esto podrá fomentar interpretaciones erróneas sobre la situación generando aún más respuestas de ansiedad y estrés. Que podríamos recurrir a acciones que permitan darle el valor necesario al “paciente” como son frases auto instructivas, tales como: “puedes entrar solo” , “no vas a tener miedo”, “siéntete tranquilo”, “pronto habrá pasado todo”…

Y tal vez lo más importante y es la propia ansiedad que expresamos los padres ante la preocupación por el estado de salud de nuestro hijo, que, aunque no sea explícita, será otro factor que generará estrés en el niño.

Diversos estudios manifiestan que, si a los adultos se nos ayuda y enseña a controlar nuestros miedos y ansiedades, evitaremos transmitírselos a nuestro hijo.

Recuerde que una buena adaptación a la nueva situación de hospitalización puede producir en nuestro hijo unos beneficios no sólo psicológicos sino también físicos.

Ofreciéndole apoyo emocional y la información adecuada podemos suavizar su estrés e, incluso, ayudarlo a una pronta recuperación.

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