Columna Cantarrana

¿Ahora sí podemos hablar de una pospandemia?

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Listo. 

Ya está. 

Lo dijo la OMS: se acabó la emergencia por la Covid-19. El virus, por supuesto, sigue. Pero la emergencia, como tal, no. 

Ya fue. 

No más sensibilización fóbica respecto al otro. 

No más linchamientos de la señora que le hizo un babyshower a la nieta. 

No más llamamientos a usar esa suerte de profiláctico facial con el que más de un vivillo se hizo millonario. 

Seguimos, sin embargo, transitando por uno de los momentos más punk de la historia. Quizás solo comparable a los años previos a la caída de Roma o a las postrimerías del siglo X, el siglo del milenarismo. 

Johnny Rotten lo había decretado desde los años 70: no hay futuro. Hoy, cerca de medio siglo después, podríamos ir más allá y decir que tampoco hay presente. Uno lee, por ejemplo, acerca del último tercio del siglo XIX y piensa “¡Pucha! Se parece mucho a lo que sucede hoy”. Uno, entonces, cambia de libro y lee, no sé, acerca de los años treintas del siglo XX y piensa “Bueno, la verdad tampoco es muy diferente a nuestro presente”. 

Y así con todo. 

Nuestra percepción del presente es colonizada feroz y permanentemente por nuestros prejuicios sobre el pasado. 

Marx mencionó aquello de que en la anatomía del humano, de cierta manera, también está presente la anatomía del mono como algunos rasgos del feudalismo están presentes en el modo de producción capitalista. Hoy, de repente, la consideración marxiana se nos antoja insuficiente y nos sentimos impelidos a creer que, más bien, vivimos en una versión atroz del Planeta de los simios donde la anatomía del mono es, en rigor, la anatomía del hombre.  

Pasó la pandemia, sí. 

Pero, de un modo o de otro, prevalece en nosotros.   

No solo por ese incremento furioso en el dolor del mundo.
No solo por la ruptura de vínculos y por las muertes infinita y salvajemente solitarias.

No solo por esa complacencia instalada en la delación, en la ruindad.  

No solo por la miseria de millones. 

Lo más terrible que puede suceder ahora, cuando la pandemia, formalmente, ya no existe, es extrañarla. Y sucede que no es del todo improbable: el núcleo de la culpa, sin más, es la tensión entre angustia y deseo.

Curzio Malaparte mencionaba que la peste, la genuina peste de la Segunda Guerra Mundial, empezó con la llegada de los libertadores. Y aquella, según decía, no era una enfermedad que corrompía el cuerpo, sino el alma. 

Repito. Sería terrible que empecemos a extrañar la pandemia. Tan terrible como el caso de un cañonero en el frente oriental del que hablaba John Reed, un artillero que, al regresar a casa, no dejaba de pensar en sus cañones, en sus obuses, en los fragorosos sonidos de las detonaciones. 

Los extrañaba. 

Y seguramente había dejado de ser humano para convertirse en artillero.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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