Como ya se ha dado a conocer en diferentes espacios, el inicio del curso lectivo 2026 trajo consigo una mayor regulación en el uso del teléfono celular en los centros educativos, una medida adoptada por el Ministerio de Educación Pública (MEP). Esto, abre una oportunidad necesaria para reflexionar sobre el impacto que estos dispositivos tienen en la salud y el comportamiento de las personas menores de edad y jóvenes.
La ausencia de regulación, especialmente tras la pandemia, consolidó hábitos digitales intensivos que hoy pueden considerarse un fenómeno de salud pública en la población estudiantil, tanto de primaria como de secundaria. En el ámbito de la convivencia, se han evidenciado situaciones como el ciberacoso, la exposición a contenido sexual inapropiado, la violencia digital y la comparación social que afecta la autoestima.
En el proceso de enseñanza y aprendizaje, el impacto también es significativo: disminución en la capacidad de concentración, fragmentación de la atención, reducción de la memoria, trabajos incompletos, dificultades en el análisis crítico, retrocesos en aprendizajes matemáticos, problemas en lectura y escritura, baja comprensión lectora y, en consecuencia, bajo rendimiento académico.
Desde el punto de vista socioemocional, el uso compulsivo del celular puede generar ansiedad e irritabilidad cuando se retira el dispositivo, dificultades en el control de impulsos, trastornos del sueño por utilización prolongada hasta altas horas de la noche, aislamiento, baja tolerancia a la frustración, ataques de pánico y síntomas depresivos.
Comprender lo que ocurre en el cerebro ayuda a dimensionar el problema. El cerebro humano concluye su proceso de maduración cerca de los 25 años, lo que significa que el sistema nervioso central de niñas, niños y adolescentes aún está en desarrollo y no está preparado para la sobreestimulación constante que generan los dispositivos móviles. Cada notificación, video o “like” activa la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer. Cuando este estímulo se repite de forma constante, el cerebro se habitúa a recompensas rápidas e inmediatas y comienza a buscarlas de manera continua.
Como consecuencia, actividades como leer, escuchar o sostener la atención en una clase pueden percibirse como poco atractivas o aburridas. Esto impacta directamente la concentración, la tolerancia a la frustración y la motivación para el aprendizaje.
¿Cómo abordar esta realidad con las personas estudiantes y explicar la importancia de regular el uso de estos dispositivos?
En este contexto, la regulación del celular debe plantearse desde un enfoque pedagógico, empático y preventivo, lejos de discursos alarmistas o prohibicionistas. No se trata de estigmatizar ni de etiquetar, sino de acompañar a la población estudiantil en la comprensión de cuándo y cómo el uso del dispositivo puede interferir con su aprendizaje, su convivencia escolar y su salud mental.
Aquí cobra especial relevancia el concepto de ciudadanía digital. Formar ciudadanía digital implica educar para el uso responsable, crítico y equilibrado de la tecnología. No es desconectarse del mundo, sino aprender a habitarlo con criterio, autocontrol y conciencia de las consecuencias. La regulación en el aula puede convertirse en un primer paso hacia esa autorregulación que será clave en la vida adulta.
La corresponsabilidad es fundamental. Las familias deben dialogar previamente sobre el impacto del uso excesivo de los dispositivos en la salud mental y el rendimiento académico, promover hábitos saludables, fomentar actividades alternativas como el deporte, la lectura, los juegos al aire libre y la convivencia familiar y predicar con el ejemplo. Regular el tiempo en el hogar y alinearse con la normativa escolar fortalece una cultura de bienestar digital.
En el ámbito educativo, el convencimiento genera mejores resultados que la imposición. Promover círculos de diálogo entre docentes y estudiantes para construir normas claras, aplicarlas de manera constante y predecible, como guardar el celular al inicio de cada lección y utilizarlo únicamente con fines académicos cuando la persona docente lo indique, favorece la autorregulación y la corresponsabilidad.
Más que una restricción, la regulación del celular en las aulas es una estrategia de cuidado y formación integral. Es una invitación a recuperar la atención, la convivencia y el equilibrio emocional en una etapa crucial del desarrollo. En un mundo hiperconectado, aprender a desconectarse también es una competencia para la vida.