Por: Lic. Miguel Fajardo Korea, Premio Nacional de Educación Mauro Fernández
Cuando se cualifica la importancia socio-humana de la mujer a lo largo de la historia, su peso se magnifica. Marilyn Batista señala que el 8 de marzo “conmemora la lucha femenina por sus derechos, clama por la igualdad entre mujeres y hombres en todos los aspectos de la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona”.
La sociedad actual endosa mayores responsabilidades a la mujer, y ella, con su innata capacidad, multiplica sus esfuerzos y asume dichos compromisos, a expensas de su desarrollo integral como ser humano. Uno observa que falta más actitud social para valorar a la mujer como un sujeto histórico y no como un objeto, cuya carga laboral es intensa, tanto dentro del espacio hogareño como fuera de él.
Aparte de esa condición, muchísimas veces, las mujeres deben soportar la incomprensión y los entornos sumamente agresivos en el seno de su propio hogar, sea por parte de sus compañeros, o bien, de sus hijos y otros familiares. Debe imponerse el respeto que nos merece la mujer en todos los planos de convivencia. Ella no debe callar; se impone la denuncia contra las agresiones a que se ve expuesta, en la velocidad de una sociedad voraz e impasible.
El 8 de marzo de 1933 nació mi madre, Ramona Fajardo. Hace 27 años partió a otros estadios. Ahora vive frente a Dios y su presencia es un lucero que se desprende cada día, para compartir con mi Miguel, mi padre ciego durante 47 años terrestres, y quien decidió hacerle compañía desde hace 13 años. Desde allá, continúa su presencia cotidiana y su recuerdo irreemplazable.
Ramona: las huelenoches afirman tus consejos, sabios y prudentes, con itinerarios de luna, como lámparas sin miedo para tocar la luz de Dios. Mágica caminante de territorios abiertos. Mujer completa con tus trenzas de cariño violeta en la palabra y el abrazo compartidos.
Ramona: mujer insigne, luchadora denodada para mantener un hogar con siete hijos, a costa de todas las pruebas y los sacrificios. Hoy, el silencio es eterno, pero tu ausencia fortalece la llama que encendiste en la lluvia de tu espíritu luchador, siempre vivo. Tus labios guardaron el secreto de la pobreza para convertirlo en un corazón de mediodía.
Mujer. Madre. Ramona: tu nombre es una convocatoria en la caricia, con voluntad de cosecha, con ojos entreabiertos para vigilar las historias cuando nos contaste la vida.
¿Cuánto me duele la soledad y el silencio! A un mes de tu ausencia nació Saray Alejandra, la nieta que no pudiste conocer.
Sé que mi padre ciego continúa haciéndote las dos trenzas en tu cabellera delgada, en la luz del silencio, donde me refugio para mirarte sin horarios, en la fotografía que ha detenido el tiempo, en el amor como ofrenda que nos diste siempre, como una cascada ilímite para completar tu luz nunca apagada.
Ramona Fajardo, naciste el Día Internacional de la Mujer, por eso, esta fecha es un doble compromiso: con tu nombre, que es una convocatoria de caricias maternales y con las mujeres que luchan denodada e intensamente para completar y darle seguridad a un mundo cada vez más desangelado.
Mi mayor respeto a la MUJER, contra fronteras y distancias. ¡Carpe diem!
