
Por Dionne Searcey Y Jaime Yaya Barry
Tongo, 24 jun (NYT) – Amadou Anne, el hijo mayor, fue el primero en intentarlo.
“Si tienes una forma de llegar allá, quizá debas intentarlo”, le dijo su padre.
La jornada requería cruzar miles de kilómetros de despiadados desiertos y mares para llegar a Europa. Pasaron varios meses sin ninguna noticia. Y entonces sonó el teléfono.
Unos amigos en Francia habían encontrado una lista de emigrantes ahogados. El nombre de Amadou Anne estaba en ella.
“Yo estaba parada ahí mismo y lloré”, afirma su madre, Salmata Boullo Diallo, cerca de la vivienda de la familia, en una vasta extensión de campos de maní en esta remota parte de Senegal.
La pérdida no terminó ahí. El hermano menor de Amadou, Gibbe, también trató de llegar a Italia. Él también murió en el mar.
Su destino, sellado en jornadas hace casi dos años, es igual que el de muchas otras personas de esta región, donde los jóvenes suelen caer en tres categorías implacables: los que lograron llegar a Europa, los que quedaron bloqueados o fueron deportados en el camino, y los que murieron en el intento.
“Si lo hubieran logrado, las cosas habrían sido muy diferentes para nosotros”, afirma Boullo Diallo.
El mismo Mediterráneo que se tragó a los hermanos Anne en sus respectivas jornadas por el mar ha cobrado la vida de más de 2,100 emigrantes y refugiados este año. El 95 por ciento de esas muertes ha ocurrido en la ruta central entre Libia e Italia, pasaje usado principalmente por los africanos subsaharianos que la Organización Internacional de Migración llama “la ruta más mortífera que recorren los emigrantes en cualquier lugar de la Tierra”.
Empero, la gente no deja de intentarlo. Al 21 de junio, casi 72,000 emigrantes habían llegado a las costas de Italia este año, lo que representa un aumento de 28 por ciento con respecto del mismo periodo de 2016, según la organización de migración.
Está creciendo el flujo de emigrantes de esta región, de Nigeria, Guinea, Gambia, Costa de Marfil y Mali. En 2016, el número de senegaleses que emprendieron la jornada fue casi el doble que el año anterior.
Este es uno de los países más desarrollados de África Occidental. En la capital de Senegal, Dakar, se levantan altos edificios en el centro y los restaurantes a la orilla del mar cobran precios como de Nueva York por los platillos con la pesca local. Los recientes descubrimientos de gas y petróleo frente a las costas ofrecen la esperanza de transformar la economía, atrayendo a compañías internacionales como Total para firmar acuerdos de exploración.
Empero, casi 47 por ciento de la población de Senegal vive en la pobreza, según el Banco Mundial. En las áreas rurales, casi dos de cada tres habitantes se consideras pobres.
La región de los hermanos Anne está poco poblada y es una de las más pobres de Senegal. Al menos 110 personas de ahí han muerto en la ruta migratoria desde 2015, precisan funcionarios locales. Esta zona perdió a 17 hombres en un solo incidente, el naufragio de un barco en abril de 2015, en el que perecieron más de 800 personas.
“No tenemos maquinaria para cultivar la tierra; no hay lluvia y no hay jóvenes”, observa Alassane Diallo, alcalde de la cercana aldea de Koussan.
En este arenoso paisaje, con su calor abrasador y gruesos árboles baobab, el principal medio de subsistencia es la agricultura. El tipo de vida que ofrece puede apreciarse plenamente en los pequeños conjuntos de viviendas de adobe de una sola habitación: un diminuto rebaño de dos o tres ovejas, un trozo de espuma para suavizar una cama de varas, unas cuantas mudas de ropa, sandalias de plástico.
Pero algunas de las viviendas alineadas a lo largo de los accidentados caminos vecinales actúan como canto de las sirenas para Europa. Casas de concreto en lugar de adobe. Un automóvil estacionado afuera. Una antena parabólica de televisión que se levanta en el suelo. Un iPhone.
Todo esto viene del dinero enviado de Europa por los emigrantes que lograron llegar. Ellos son los héroes locales y la envidia de todos.
“Un senegalés joven se siente lleno de culpa y vergüenza al ver a su madre que trata de estirar los recursos, sin poder apoyar y aliviar a sus padres”, comenta Ousmane Sene, director del Centro de Investigaciones de África Occidental en Dakar.
En el diminuto recinto de la familia Anne, las chozas de Amadou y su hermano Gibbe, una al lado de la otra, siguen vacías. Recargada en la pared de adobe de una de ellas hay una bicicleta descompuesta.
Nadie se dio cuenta de que la jornada sería tan peligrosa, asegura la madre de los dos, Boullo Diallo.
“Solo escuchábamos las historias de éxito”, afirmó, sacudiendo la cabeza.
Antes de irse, Amadou, de 36 años, le dijo a su hermano que esperara. Pero Gibbe, de 28, trabajaba en una ladrillera en Dakar y pensaba que podría ganar más dinero en Europa. Ansioso de seguir a su hermano, él tomó el camino por su cuenta, aun antes de saber el destino de Amadou.
“No teníamos idea de dónde estaba”, aseguró Boullo Diallo.
El nombre de Gibbe apareció en una lista de emigrantes muertos pocas semanas después del de su hermano.
La familia Anne depende otros hijos para ayudarse financieramente. Uno de ellos vivía en Gabón, donde había encontrado trabajo. Hace unos meses regresó a la aldea. De pronto cayó enfermo y murió de causas naturales, explica la familia.
Otro hijo, Adama Anne, planeaba irse a Europa u otro lugar igualmente promisorio, informó su familia.
Pero él también había estado enfermo. Hace unas semanas, mientras The New York Times estaba entrevistando a la familia en la aldea, Adama empezó a toser violentamente. Su padre trató de ayudarlo a regresar a su choza, pero Adama se desplomó en sus brazos y murió.
“Se nos fue”, gritó su padre. “Se nos fue para siempre.”
Ahora le toca a Arouna Anne, el último varón de la familia, ocuparse de darles una mejor vida a sus padres y a los hijos que dejaron sus hermanos muertos.
Él tiene solamente 14 años de edad.
Arouna conoce bien los peligros del viaje a Europa. Uno de sus amigos de su aldea también intentó el viaje no hace mucho y murió en Libia.
Con el tiempo, dice Arouna, él se irá a Gabón o a Congo, para trabajar en las minas.
“No es tan arriesgado como ir a Libia.”