Alemania era sacudida hace 40 años por el terrorismo izquierdista

Por Uta Winkhaus (dpa)

Las imágenes quedaron grabadas a fuego en la memoria colectiva de los alemanes. La foto del presidente de la patronal Hanns Martin Schleyer con el cartel de “prisionero de la RAF”. El avión “Landshut” de Lufthansa en una pista de Mogadiscio.

O un Audi 100 verde, estacionado en la localidad alsaciana de Mulhouse, cerca de la frontera alemana. En su baúl, un cuerpo que sería reconocido poco después como el de Schleyer, con tiros en la cabeza.

El asesinato del presidente de la asociación de empleadores alemanes marcó el final luctuoso del llamado “otoño alemán” hace 40 años. Nunca más la sociedad y el Estado de la República Federal Alemana afrontarían un desafío como ese. Sus consecuencias inmediatas fueron una serie de leyes de seguridad y un proceso de rearme del Estado que no lograron sin embargo impedir otros atentados terroristas.

Hasta hoy no han sido esclarecidos todos los detalles del secuestro de Schleyer. Y hasta ahora flota en el aire la pregunta de si la historia podría haber terminado de otra manera.

El año 1977 marcó el punto culminante de las actividades de la ultraizquierdista Fracción del Ejército Rojo (RAF, por sus siglas en alemán). En el marco de una llamada “Ofensiva 77”, la RAF asesinó en abril al fiscal general alemán, Siegfried Buback, y en julio al presidente ejecutivo del Dresdner Bank Jürgen Ponto.

El 5 de septiembre un comando de la RAF autodenominado “Siegfried Hausner” secuestró a Schleyer cuando se dirigía a su casa en Colonia. El conductor y los tres guardaespaldas murieron en el tiroteo.

Los secuestradores demandaron la puesta en libertad de once compañeros, entre ellos los dirigentes Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan-Carl Raspe, que cumplían condena en la cárcel de alta seguridad de Stuttgart-Stammheim. Eran los cabecillas de lo que después se conocería como “primera generación” de la RAF.

El entonces canciller, el socialdemócrata Helmut Schmidt, reaccionó con firmeza y decidió que el Estado no podía permitir que lo extorsionasen. Schmidt convocó un gabinete de crisis con la participación de representantes del Gobierno, la oposición y autoridades de seguridad. Todos le dieron su respaldo.

Los 44 días que siguieron fueron frenéticos. Las autoridades lanzaron un operativo de búsqueda sin precedentes. Resolvieron mantener a los terroristas presos incomunicados, algo que en la práctica no impidió que estuvieran en contacto entre sí y que se proveyeran de armas.

La RAF escondió a Schleyer primero en una localidad cerca de Colonia. Pese a recibir un indicio, la pista se perdió. Más tarde, Schleyer fue llevado a Bruselas con escala en La Haya. El Gobierno alemán trató de ganar tiempo y pidió una y otra vez señales de vida del empresario. La RAF comenzó a sentir que el fracaso se avecinaba.

Cuatro semanas después del secuestro, Brigitte Mohnhaupt, considerada la cabecilla del comando, y su compañero Klaus-Jürgen Boock volaron a Bagdad y después a Argel para organizar con palestinos radicales una operación de apoyo.

El 13 de octubre, cuatro palestinos secuestraron el avión “Landshut” que regresaba de Mallorca a Alemania y se sumaron a las demandas de los secuestradores de Schleyer.

Tras una odisea de varios días en la que el capitán Jürgen Schumann fue ultimado a tiros, el aparato aterrizó el 17 de octubre en la capital de Somalia, donde poco después de la medianoche fue asaltado por fuerzas de élite alemanas. Tres terroristas murieron y todos los 86 rehenes fueron liberados.

El Gobierno alemán hizo una apuesta arriesgada. Schmidt ya tenía preparada la renuncia para el caso de que fracasase. Esa misma noche, la radio alemana daba a conocer la liberación del avión. Pese a estar oficialmente incomunicados, la noticia llegó hasta el séptimo piso del ala de alta seguridad de la cárcel de Stuttgart.

Pocas horas más tarde, en la madrugada del 18 de octubre fueron encontrados sin vida en sus celdas Andreas Baader y Gudrun Ensslin. Jan-Carl Raspe agonizaba e Irmgard Möller estaba gravemente herida.

Mohnhaupt, Boock y otros militantes recibieron la noticia de la liberación y los suicidios cuando llegaron a Bagdad. Y reaccionaron con mucha rabia.

“Brigitte y yo estábamos de acuerdo en que Schleyer debía morir”, relató Boock en una reciente entrevista con el semanario “Der Spiegel”. “Mandamos desde Bagdad un télex a los de Bruselas: Tenemos que terminar el negocio, la carga está podrida. ¿Lo ven ustedes también así? Su respuesta fue: Okay.”

Un día más tarde, el 19 de octubre, una voz femenina llamó por teléfono a la oficina de dpa en Stuttgart y comenzó a dictar: “Tras 43 días hemos puesto fin a la miserable y corrupta exitencia de Hanns Martin Schleyer. El señor Schmidt (….) lo puede pasar a buscar en la rue Charles Peguy en Muhlhouse en un Audi 100 verde con matrícula de Bad Homburg”.

Hasta hoy no se pudo aclarar quién disparó los tiros mortales. Casi todos los terroristas que protagonizaron aquel otoño caliente de 1977 fueron capturados y condenados. Unos diez se refugiaron en la Alemania comunista bajo otra identidad.

Pero se formó una tercera generación que siguió cometiendo asesinatos. Entre las víctimas figuraron el presidente del Deutsche Bank Alfred Herrhausen. Muchos de los crímenes no han podido ser esclarecidos. En abril de 1998, la RAF proclamó su autodisolución.

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