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Del patio de recreo a la política: el “lero, lero” que ahora algunos descubren como violencia

San José, 15 sep (elmundo.cr) –  “Lero, lero, calzón de cuero, la vaca llora por su ternero”. Durante generaciones fue una rima de niños para picar al amigo, celebrar una pequeña victoria o responder a quien se quedaba protestando. Hoy, después de que Rodrigo Chaves recurriera a ella, la vieja cantinela infantil entró de lleno en la discusión política costarricense.

Antes de las redes sociales, de los memes, de los emojis y de las interminables discusiones políticas en X, los niños latinoamericanos ya tenían sus propios mecanismos para provocar al adversario.

Uno de los más sencillos era el “lero, lero”.

La fórmula, acompañada muchas veces por las manos junto a las orejas, una mueca o la lengua afuera, tenía una finalidad bastante elemental: burlarse, picar, mortificar al otro o presumir de una pequeña victoria.

No hacían falta golpes, amenazas ni grandes discursos.

Bastaban dos palabras:

“Lero, lero”.

Una burla que recorrió América

Determinar quién inventó el “lero, lero” resulta prácticamente imposible. Como ocurre con muchas canciones, juegos y retahílas infantiles transmitidas oralmente durante generaciones, su origen preciso se ha perdido en el tiempo.

Las fuentes lingüísticas lo consideran de origen incierto y lo ubican claramente dentro del habla infantil americana. El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española registra “lero lero” como una fórmula utilizada para burlarse de alguien o hacerlo rabiar.

Lo curioso es su enorme extensión geográfica.

La expresión, con diferentes variantes, está documentada desde México y Centroamérica hasta Colombia, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Chile y Argentina. También aparece en Puerto Rico.

Y como toda tradición oral, fue cambiando de equipaje mientras viajaba.

En unos lugares aparece:

“Lero, lero, candelero”.

En otros:

“Lero, lero, bandolero”.

Y en Costa Rica adquirió una de sus formas más conocidas:

“Lero, lero, calzón de cuero”.

Una recopilación de coloquialismos costarricenses explica precisamente que “lero lero” puede acompañarse aquí de “candelero” o “calzón de cuero” y que se utiliza para expresar burlonamente que al interlocutor le ocurrió algo que merecía o para jactarse de algo que el otro no tiene.

Y la vaca terminó buscando al ternero

La versión costarricense fue todavía más lejos y terminó convertida en una pequeña pieza de folclore:

“Lero, lero,
calzón de cuero,
la vaca llora
por su ternero”.

No es una invención reciente ni una ocurrencia nacida en las redes sociales.

La rima aparece incluso en Mulita Mayor, obra del escritor, poeta y educador costarricense Carlos Luis Sáenz, vinculada precisamente con las rondas, juegos y tradiciones infantiles nacionales. (Mi Cuento Fantástico⁠)

También existen recopilaciones de juegos tradicionales costarricenses donde “Lero, Lero” aparece como nombre o acompañamiento de un juego infantil y se reproduce la misma cantinela sobre el “calzón de cuero” y el ternero.

Es decir, mucho antes de que Rodrigo Chaves entrara a la política, generaciones de costarricenses ya habían escuchado —y probablemente utilizado— la expresión.

Del recreo a la política

El “lero, lero” terminó llegando también a Casa Presidencial.

Rodrigo Chaves ya había recurrido al gesto durante las elecciones nacionales del 1.º de febrero de 2026.

Ese día, mientras acompañaba a Pilar Cisneros a votar en Curridabat, un grupo de opositores le gritó “¡Fuera Chaves!”. El entonces presidente respondió con muecas, besos y el tradicional gesto asociado al “lero, lero”.

La escena provocó críticas de dirigentes opositores. Juan Carlos Hidalgo habló entonces de “toxicidad”; Ariel Robles cuestionó la madurez emocional del mandatario y Claudia Dobles hizo un llamado al respeto y a evitar la violencia durante la jornada electoral.

Meses después, la historia se repitió.

Este 14 de septiembre, durante las actividades patrias en Cartago, un ciudadano reclamó por la solicitud de identificación para ingresar al área de las actividades oficiales.

Chaves, ahora expresidente y ministro de Hacienda y de la Presidencia, respondió primero que no sabía por qué se solicitaba la cédula y, posteriormente, ante los reclamos, recurrió nuevamente a la vieja fórmula infantil:

“Lero, lero, calzón de cuero, ese chiquillo llora por su ternero”.

Y la política costarricense volvió a discutir el “lero, lero”.

¿Burla infantil o violencia política?

Ahí aparece la paradoja.

Desde el punto de vista lingüístico e histórico, el significado de la expresión ofrece pocas dudas: es una burla infantil.

El Diccionario de americanismos la clasifica precisamente como una fórmula para burlarse, mortificar o hacer rabiar a otra persona. No la define como amenaza ni como expresión violenta.

Eso no significa, por supuesto, que utilizarla sea necesariamente elegante, apropiado o acorde con la solemnidad que algunos esperan de un expresidente o de un ministro.

Ese es otro debate. incluso un debate marcado hoy por ls pasiones que tener el propio Rodrigo Chaves Robles, figuras política de amplio respaldo popular, pero con un odio viceral de los sectores políticos de oposición.

Puede considerarse infantil.

Puede considerarse irrespetuoso.

Puede considerarse provocador.

Pueden incluso considerarlo impropio de un alto funcionario público.

Pero convertir una retahíla que durante décadas pronunciaron niños en patios escolares costarricenses en una manifestación intrínsecamente violenta requiere una interpretación política bastante más amplia que su significado tradicional.

El “lero, lero” sobrevivió a todos

Tal vez ahí reside lo más curioso de toda la historia.

El “lero, lero” sobrevivió a generaciones, fronteras y transformaciones culturales.

Pasó de México a Centroamérica y Sudamérica con distintos apellidos: candelero, bandolero, calzón de cuero.

En Costa Rica encontró una vaca que lloraba por su ternero.

Pasó por los patios de las escuelas, quedó registrado en recopilaciones del folclore infantil y terminó, muchos años después, convertido inesperadamente en protagonista del debate político nacional.

Quizás nuestros abuelos nunca imaginaron semejante destino para aquella sencilla cantinela.

Porque durante décadas, cuando un niño costarricense levantaba las manos junto a las orejas y cantaba:

“Lero, lero, calzón de cuero…”

nadie buscaba un tratado de ciencia política para interpretar el gesto.

El otro niño probablemente se enojaba.

Tal vez respondía con otra burla.

Y cinco minutos después seguían jugando.

Lo verdaderamente novedoso del siglo XXI quizá no sea que un político diga “lero, lero”.

Es que ahora hasta una rima del recreo puede terminar convertida en materia de controversia política nacional.

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