Hay algo que el periodismo deportivo costarricense necesita empezar a revisar con muchísima honestidad: la manera selectiva en que se aborda la indisciplina.
Porque la discusión ya no pasa por definir si una conducta estuvo bien o mal.
La verdadera pregunta es otra:
¿por qué algunos casos reciben condena total y otros terminan relativizados dependiendo del jugador, del club o de la narrativa mediática del momento?
¿Por qué cambian tanto los enfoques?
Muchas veces se intenta separar la indisciplina dentro de la cancha de la que ocurre fuera del club, como si una fuera exclusivamente deportiva y la otra institucional.
Pero cuando una acción irresponsable termina condicionando semifinales, finales o campeonatos completos, esa diferencia prácticamente desaparece.
Ambas golpean exactamente el mismo principio:
poner al colectivo por encima del individuo.
Cuando un futbolista pierde el control y deja a su equipo con diez hombres en una final, cuando una reacción innecesaria cambia el rumbo de una serie o cuando un capitán termina suspendido en el momento más importante del torneo, no estamos hablando únicamente de emociones mal gestionadas.
Estamos hablando de decisiones que afectan directamente el rendimiento deportivo, la estabilidad emocional del grupo y hasta el desenlace de un campeonato.
Y lo mismo ocurre fuera de la cancha.
Una indisciplina extradeportiva golpea la imagen institucional, erosiona la autoridad interna y deteriora la cultura del club. La otra afecta el marcador, la competitividad y las posibilidades deportivas inmediatas.
Pero ambas nacen exactamente del mismo lugar:
la pérdida de control.
La ruptura de códigos.
La incapacidad de entender que representar un escudo exige responsabilidad permanente.
Por eso resulta extraño observar cómo algunos episodios son convertidos en campañas públicas interminables, mientras otros reciben tratamientos mucho más suaves, comprensivos o incluso justificativos.
Y ahí aparece la gran duda.
¿Por qué el criterio cambia dependiendo del contexto?
Porque hubo indisciplinas que costaron puntos decisivos. Otras condicionaron semifinales. Algunas impactaron directamente finales y títulos.
Hubo expulsiones que dejaron equipos en inferioridad numérica en partidos determinantes. Hubo reacciones impulsivas que cambiaron campeonatos completos.
Sin embargo, muchos de esos casos no recibieron el mismo nivel de señalamiento mediático que otros episodios ocurridos fuera del terreno de juego.
¿Por qué?
¿Por qué ciertas conductas terminan presentadas como símbolo de crisis institucional mientras otras son tratadas casi como simples errores emocionales propios del fútbol?
Al final, en un club grande no existe una indisciplina pequeña.
La de afuera puede manchar a la institución.
La de adentro puede costarle un campeonato.
Y cuando cualquiera de las dos ocurre, la discusión no debería centrarse únicamente en quién falló, sino también en qué permitió que eso pasara y por qué ciertas narrativas mediáticas terminan siendo tan distintas según el protagonista.
Porque muchas veces no solo compiten los equipos.
También compiten las líneas editoriales.