
Por Philipp Brandstädter (dpa)
Una vez en el aire dejo colgar mis piernas por la compuerta abierta del avión. Abajo pasan los campos, bosques y pueblos, todos muy pequeños vistos desde la altura. Tengo una sensación extraña en el estómago. Y ahí va: Lutz se impulsa con un empujón del borde de la abertura y caemos fuera del avión.
Un minuto de caída libre. Descendemos a una velocidad impresionante. Mucho mayor a la de un automóvil en una autopista. El ruido es fuerte. La vista, estupenda. La escasez de oxígeno en la altura y el fuerte viento me quitan el aliento. Todo vibra. Podría abrazar a todo el mundo. Disfruto el momento, mientras Lutz controla el altímetro que lleva en su brazo.Cuando el aparato marca que llegamos a los 1.500 metros de altura tira de la cuerda de su mochila para abrir el paracaídas. Sentimos un ligero tirón, el ruido desaparece. Repentinamente hay un gran silencio. Estamos colgados del paracaídas, ahora caemos suavemente. Respiro con alivio.Durante cinco minutos descendemos colgados del paracaídas. Tiempo suficiente como para observar en detalle la región desde arriba. Lutz me muestra los pueblos de la zona y el aeropuerto del que habíamos despegado. Al aterrizar recojo mis piernas contra mi pecho, de modo que sea Lutz el que primero toque tierra.
Ahora también yo estoy parado sobre tierra firme. Me da pena que nuestro salto ya haya finalizado. Pero también siento algo de alegría por haber llegado abajo sano y salvo.