Llegué a Beijing un martes al mediodía, después de casi 23 horas de viaje. Era mi primera vez en China y tenía un objetivo inmediato bastante sencillo: no dormir. Sabía que, si me entregaba al cansancio después de almorzar, probablemente terminaría despierto durante toda la madrugada.
Así que decidí caminar.
Recorrí unos cuatro kilómetros desde el lugar donde estaba hospedado. Caminaba acompañado y, mientras avanzábamos por Beijing, pasaban a nuestro alrededor centenares de automóviles, motocicletas y bicicletas. Entonces experimenté una de esas pequeñas cosas que terminan quedándose grabadas de un viaje: podíamos conversar sin levantar la voz.
Estábamos en una de las grandes ciudades del planeta y, sin embargo, el ruido de los motores no se imponía sobre nuestra conversación.
La explicación estaba frente a nosotros. Una enorme cantidad de los vehículos que circulaban eran eléctricos. No estaba ese permanente rugido de motores de combustión al que estamos acostumbrados, tampoco esa sensación de contaminación que tantas veces acompaña el tránsito de nuestras ciudades.
Y pensé en Costa Rica.
Pensé en caminar por San José, Alajuela, Heredia o Cartago entre autobuses, carros, motocicletas, ruido y contaminación. Pensé también en las horas que podemos perder diariamente atrapados en una presa para recorrer distancias que, vistas en un mapa, resultan ridículas.
Durante junio tuve la oportunidad de recorrer Beijing, Shanghái y Dali como parte de un seminario periodístico. Antes de llegar conocía China fundamentalmente por mi trabajo alrededor de la política internacional y la geopolítica. Sabía que estaba llegando a un país que buena parte del mundo observa como una superpotencia, aunque desde China se reivindique su condición de país en desarrollo.
Pero una cosa es leer sobre China y otra muy distinta caminar por sus calles.
Y quiero aclarar algo desde ahora porque me parece indispensable para entender esta reflexión: no estoy proponiendo que Costa Rica copie el sistema político chino. Ni siquiera es el objeto de estas líneas.
Costa Rica tiene una tradición democrática que forma parte esencial de nuestra identidad. China posee un sistema político, una historia, una cultura y una estructura social profundamente diferentes. Compararlos desde ese punto de vista nos llevaría a una discusión completamente distinta de la que quiero plantear.
Mi pregunta es mucho más sencilla: ¿por qué no estudiar aquello que otros hacen bien?
¿Por qué una política pública debe parecernos buena o mala dependiendo del país donde nació? Si una experiencia ha producido resultados, estudiémosla. Si puede adaptarse a nuestra realidad, discutámosla. Y si no funciona para Costa Rica, descartémosla después de analizarla, no antes.
Porque una de las cosas que más me impresionó de China fue precisamente su capacidad para planificar.
En conversaciones académicas y también en intercambios mucho más informales durante el viaje apareció repetidamente una idea: intentar anticiparse al problema en lugar de esperar a que el problema explote para comenzar a buscar una solución.
En Beijing, por ejemplo, conocimos sobre los desafíos que enfrenta la ciudad en materia de recursos hídricos y la planificación que realizan pensando en las necesidades de los próximos años. Nos explicaron que ya trabajan sobre escenarios que podrían afectar el abastecimiento de agua potable de un sector de la población dentro de una década.
Más allá de las explicaciones específicas que recibimos, lo que me impactó fue el concepto: pensar desde hoy en los problemas que podrían afectar a la población dentro de diez años.
Y otra vez pensé en Costa Rica.
¿Cuántos de nuestros problemas intentamos solucionar cuando ya estamos metidos en medio de la tormenta?
Un hombre de 82 años me dio una lección
Sin embargo, una de las experiencias que más me marcó no ocurrió en una conferencia ni necesitó una gigantesca obra de infraestructura.
Ocurrió en la Ciudad Prohibida.
Un hombre se acercó y me preguntó en inglés si hablaba español. Le contesté que sí. Entonces me pidió algo inesperado: quería que le regalara unos 30 minutos de mi tiempo para conversar conmigo.
Tenía 82 años y llevaba aproximadamente dos años y medio estudiando español. Simplemente quería practicar.
Conversamos.
Y mientras lo escuchaba hubo una pregunta que inevitablemente se me vino a la cabeza: ¿qué pensaríamos nosotros en Costa Rica si a los 82 años alguien nos dijera que todavía tenemos que seguir estudiando?
Muchos, a los 25, sienten que terminaron de estudiar porque consiguieron un bachillerato, una licenciatura o una maestría.
Aquel señor tenía 82 y quería seguir aprendiendo.
Esa anécdota resume mucho de lo que percibí durante mi estancia. Existe una disciplina alrededor del estudio y de la formación que trasciende las aulas. Y considero que ahí Costa Rica tiene muchísimo que observar.
Una población educada y culta le permite a un país sostener una ruta de desarrollo.
China convirtió la educación en una pieza importante de su transformación. En 1986 entró en vigencia la Ley de Educación Obligatoria y, durante las décadas siguientes, el país amplió su cobertura educativa y desarrolló diferentes programas dirigidos también a las poblaciones con menores recursos.
Pero esa cultura alrededor de la educación y el bienestar también la observé fuera de las aulas.
Era común encontrar parques llenos de niños durante la tarde y, posteriormente, adultos y adultos mayores haciendo ejercicio durante la noche.
Y nuevamente pensé en Costa Rica.
Pensé en nuestros parques vacíos. Pensé en aquellas plazas de fútbol que antes estaban llenas y que hoy muchas veces permanecen prácticamente solas.
La pobreza no desaparece con discursos
Hubo otra imagen que me llamó particularmente la atención durante el viaje: no observé personas viviendo en las calles en las ciudades que recorrí.
Esa fue mi experiencia personal y no pretendo convertir lo que vi durante unas semanas en una estadística sobre un país de más de mil millones de habitantes. Pero aquella observación despertó mi curiosidad por conocer mejor qué había ocurrido con la pobreza en China.
Y ahí los números son impresionantes.
De acuerdo con el Banco Mundial, durante las últimas cuatro décadas cerca de 800 millones de personas en China salieron de la pobreza extrema, lo que representó aproximadamente tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza extrema durante ese periodo.
No ocurrió de la noche a la mañana.
El crecimiento económico fue fundamental. China experimentó durante décadas una expansión extraordinaria de su economía, acompañada por generación de empleo, urbanización, infraestructura y mejoras en las condiciones de vida.
Pero también hubo políticas específicamente dirigidas a combatir la pobreza.
A partir de 2013, China profundizó una estrategia de alivio focalizado de la pobreza, basada en identificar con mayor precisión a las familias que necesitaban ayuda, conocer las circunstancias particulares de cada hogar, determinar qué tipo de asistencia requerían y evaluar posteriormente los resultados.
Ese concepto me interesa muchísimo para Costa Rica.
No porque crea que podamos tomar una política china, pegarla sobre nuestro territorio y esperar exactamente el mismo resultado. Sería absurdo. Nuestras dimensiones, instituciones, cultura, economía y organización política son diferentes.
Pero sí podemos hacernos una pregunta: ¿estamos combatiendo la pobreza con metas suficientemente claras, medibles y sostenidas en el tiempo?
Me gustaría que Costa Rica pudiera proponerse que dentro de determinada cantidad de años sus indicadores de pobreza hayan alcanzado un nivel específico y que las políticas públicas necesarias para conseguirlo sobrevivieran a los cambios de gobierno.
Que podamos medir. Corregir. Evaluar. Continuar lo que funciona y abandonar lo que no.
China también construyó una red de protección social que incluye el programa conocido como Dibao, mediante el cual los hogares que se encuentran por debajo de determinados niveles de ingreso y cumplen otros requisitos pueden recibir asistencia. El sistema comenzó en las zonas urbanas y posteriormente se extendió al ámbito rural.
Son mecanismos que no necesariamente deben copiarse, pero sí pueden estudiarse. Costa Rica también tiene programas sociales y una institucionalidad construida durante décadas. La pregunta debería ser cómo hacerlos cada vez más eficientes para que los recursos lleguen a quienes realmente los necesitan y, sobre todo, contribuyan a que las personas puedan superar permanentemente una situación de pobreza.
Cuatro horas en una presa también son calidad de vida
Hay otro aprendizaje que me traje conmigo: el tiempo también forma parte de la calidad de vida.
Costa Rica necesita mirar hacia el futuro en materia de movilidad.
No puede parecernos normal que una persona pierda tres o cuatro horas de su día trasladándose hacia el trabajo y regresando a su casa. Son horas que no pasa con sus hijos, que no dedica a estudiar, descansar, hacer ejercicio, emprender o simplemente vivir.
China tiene ciudades cuya dimensión resulta difícil de asimilar para un costarricense. Ciudades con millones de habitantes que conviven diariamente y necesitan desplazarse de un lugar a otro.
Sin embargo, durante mi experiencia observé sistemas de transporte e infraestructura capaces de movilizar enormes cantidades de personas.
No digo que no existan congestionamientos. Sería irresponsable afirmarlo. Tampoco todo lo que vi me pareció perfecto. Cruzar algunas calles podía convertirse en una pequeña aventura: motocicletas y vehículos se acercaban mucho más de lo que un peatón costarricense esperaría antes de detenerse.
Pero la infraestructura y la movilidad me hicieron inevitablemente pensar en nuestro país.
Somos pequeños. Nuestras principales ciudades están relativamente cerca unas de otras y, aun así, desplazarnos entre ellas puede convertirse en una odisea.
¿No deberíamos aspirar a algo mejor?
No se trata únicamente de construir carreteras. Se trata de pensar integralmente en movilidad, transporte público, infraestructura y nuevas tecnologías para devolverle tiempo a las personas.
Porque una hora menos atrapado en una presa también es calidad de vida.
Un país dentro de un teléfono
También me impresionó la digitalización.
En buena parte de la vida cotidiana que experimenté en China bastaba con tener datos móviles y un teléfono inteligente. Pagos, servicios y múltiples actividades estaban concentrados en el celular.
No necesitaba andar cargando efectivo para resolver cada cosa.
Y no entendí esa tecnología como una sustitución automática del ser humano.
La entendí como una herramienta para hacerle la vida más sencilla.
Pensé, por ejemplo, en las largas filas que podemos hacer en Costa Rica para acceder a determinados servicios. Pensé en nuestros EBAIS y centros de salud. ¿Cuántos procesos podríamos simplificar mediante una digitalización bien ejecutada? ¿Cuánto tiempo podríamos devolverle al ciudadano?
Un buen sistema de salud no depende solamente de hospitales, médicos y medicamentos. También requiere organización, prevención y herramientas que permitan que las personas accedan a los servicios de una manera eficiente.
Curiosamente, una de las experiencias que mejor resume para mí la relación de los chinos con la tecnología no tuvo que ver con pagar absolutamente nada.
Existe una barrera idiomática evidente. Yo no hablo mandarín y muchísimos chinos no hablan español; tampoco todos hablan inglés. Pero en numerosas ocasiones encontré personas dispuestas a sacar su teléfono, abrir un traductor y dedicar el tiempo necesario para entender qué necesitaba.
Yo hablaba. El teléfono traducía. Ellos respondían. La aplicación me devolvía la respuesta.
La tecnología resolvía el idioma.
Pero lo que me quedó de aquella experiencia no fue la tecnología, sino la humanidad detrás de ella: alguien dispuesto a detenerse y ayudar a una persona que sabía que no estaba entendiendo un carajo.
Eso también me encantó de China.
Disciplina para vivir mejor
Después de varias semanas recorriendo el país terminé convencido de otra cosa: la disciplina colectiva tiene consecuencias sobre la calidad de vida.
No quiero decir con esto que debamos convertirnos culturalmente en chinos. Sería imposible y tampoco tendría sentido. Somos sociedades diferentes.
Pero sí creo que podemos preguntarnos cuánto de nuestros propios problemas está relacionado con comportamientos que hemos terminado normalizando.
Estudiar debería ser una prioridad. Hacer ejercicio debería formar parte de nuestra vida. Respetar los espacios públicos, cuidar nuestras ciudades y entender que las reglas existen para hacer posible la convivencia también deberían serlo.
La experiencia china me hizo pensar que el desarrollo no depende únicamente de cuánto dinero tenga un Estado.
También depende de qué hace una sociedad con sus oportunidades.
No quiero cambiar Costa Rica por China
Después de escribir todo esto, alguien podría preguntarme si preferiría vivir en China.
Esa tampoco es la discusión.
Hay cosas de Costa Rica que no cambiaría por nada.
Nuestra naturaleza es una de ellas.
Somos un país diminuto y precisamente esa dimensión nos ofrece algo extraordinario. Podemos tener una montaña relativamente cerca, desplazarnos hacia una playa, buscar una aventura en medio de la naturaleza y encontrar una diversidad gigantesca dentro de un territorio muy pequeño.
Eso lo valoro muchísimo.
No quiero una Costa Rica convertida en China.
Quiero una Costa Rica capaz de aprender de China.
Quisiera un país que planifique antes de que lleguen los problemas. Un país que entienda que la educación no termina cuando nos entregan un título. Un país que mida rigurosamente sus políticas contra la pobreza y tenga metas que sobrevivan a los gobiernos. Un país donde la tecnología simplifique la vida en lugar de complicarla.
Quisiera un país con un sistema de salud fortalecido, con movilidad e infraestructura que permitan que recorrer unos cuantos kilómetros no nos robe una parte importante del día.
Quisiera que recuperáramos nuestros parques, que pensáramos más en prevención, que utilizáramos mejor nuestro tiempo y que dejáramos de aceptar como normales problemas que no deberían serlo.
Analizar experiencias exitosas no significa renunciar a nuestra identidad. Tampoco significa ignorar los problemas, contradicciones o profundas diferencias que podamos tener con el país del cual provienen esas experiencias.
Mucho menos significa copiar un sistema político.
Significa algo bastante más sencillo: tener la humildad de estudiar lo que funciona y preguntarnos qué podemos aprender de ello.
Tal vez aquella sea la mayor enseñanza que me dejó el hombre de 82 años que conocí en la Ciudad Prohibida.
Después de ocho décadas de vida, seguía convencido de que todavía tenía algo nuevo que aprender.
Quizá Costa Rica también.