Beijing. Llegué a Beijing el pasado miércoles después de un viaje de casi 22 horas entre escalas, aeropuertos y vuelos. He tenido la oportunidad de conocer grandes ciudades en distintas partes del mundo, por lo que aterrizar en una metrópolis no es algo nuevo para mí. Sin embargo, China tiene un peso propio en el imaginario colectivo.
Es una potencia económica, tecnológica y política que despierta curiosidad incluso antes de poner un pie en su territorio. Por eso, mientras el avión se acercaba a su destino, me preguntaba qué sería lo primero que me llamaría la atención.
Las posibilidades eran muchas. La gastronomía, la tecnología, la dinámica de las personas, el costo de la vida o la infraestructura de una ciudad que alberga a más de 21 millones de habitantes parecían buenos candidatos. Sin embargo, la respuesta terminó siendo algo mucho más simple y cotidiano: el silencio.
Después de instalarnos en el hotel, lo único que quería era salir a caminar. Tras tantas horas sentado, el cuerpo pide movimiento y la mente también necesita comenzar a descubrir el entorno. El trayecto entre el aeropuerto y el hotel tomó apenas unos 25 minutos, tiempo suficiente para que algo empezara a llamar mi atención. Por las carreteras circulaban cientos de vehículos y una enorme cantidad de ellos eran eléctricos.
Como costarricense, y como alguien que ha considerado seriamente la posibilidad de migrar a esta tecnología en algún momento, empecé a fijarme en las marcas que dominaban las calles. Mi curiosidad fue inmediata. Quería saber cuáles fabricantes lideran el mercado en un país que ha apostado de forma decidida por la movilidad eléctrica y, sobre todo, si algunas de esas opciones ya estaban disponibles en Costa Rica. La respuesta fue afirmativa.
Hay dos marcas que también se comercializan en nuestro país y que parecen tener una presencia abrumadora en Beijing. Por ahora me reservaré los nombres. Al final de esta gira les contaré cuáles son.
Sin embargo, lo que realmente me sorprendió ocurrió cuando una vez instalado en el hotel, empecé a caminar algunas calles de esta enorme ciudad.
Eran cerca de las cuatro de la tarde. La temperatura rondaba los 28 grados centígrados, pero una brisa fresca hacía agradable el recorrido. A mi alrededor circulaban automóviles, autobuses, taxis, motocicletas y scooters eléctricos.
Había movimiento constante, como corresponde a una ciudad de semejante tamaño. Sin embargo, algo no encajaba con la experiencia que uno suele tener en las grandes urbes: el ruido simplemente no estaba ahí.
Podía conversar con los colegas que me acompañaban sin necesidad de elevar la voz. No tenía que interrumpir una conversación porque el motor de un autobús pasara rugiendo a pocos metros de distancia. Tampoco era necesario esperar que una nube de humo se disipara después del paso del transporte público.
Caminar por la ciudad resultaba una experiencia tranquila, incluso relajante, algo que no esperaba encontrar en una urbe de estas dimensiones.
La explicación está en gran medida relacionada con la movilidad eléctrica. Aunque todavía existen vehículos híbridos y algunos de combustión, la presencia de automóviles, taxis, autobuses y scooters eléctricos es tan amplia que modifica por completo la experiencia urbana. No se trata únicamente de una cuestión ambiental o tecnológica. También cambia la forma en que las personas viven la ciudad. El ruido disminuye, la contaminación se percibe menos y el espacio público se vuelve más agradable para quienes lo recorren a pie.
Otro aspecto que me llamó la atención fue el estado de la infraestructura urbana. Las aceras se encuentran en buenas condiciones, cuentan con guías para personas con discapacidad visual y existen basureros para clasificar residuos con una frecuencia que difícilmente pasa desapercibida. Todo transmite una sensación de orden y planificación.
Hasta ahora, mi única observación tiene que ver con los scooters eléctricos.
Son extremadamente populares y aparecen prácticamente en todas partes. En ocasiones comparten espacio con los peatones y eso obliga a mantenerse atento mientras se camina. No he visto todavía una separación tan clara entre ambos tipos de movilidad como ocurre en otras ciudades del mundo, por lo que conviene prestar atención para evitar algún encuentro inesperado.
Más allá de eso, la experiencia ha sido sumamente positiva. El sector de Beijing que he podido conocer transmite una sensación de seguridad que también resulta llamativa. La presencia policial es frecuente en parques y espacios públicos, mientras que los sistemas de vigilancia electrónica forman parte del paisaje urbano.
Quizá una de las imágenes que más me gustó fue descubrir cómo, en medio de esta inmensa ciudad de concreto, existen espacios destinados al descanso y la recreación. Hay parques, lagos y zonas verdes donde adultos mayores pasan la tarde pescando, familias enteras pasean al aire libre y niños juegan fútbol o vuelan papalotes. Son escenas cotidianas que ayudan a entender que detrás de los impresionantes números de población y desarrollo también existe una vida de barrio, de comunidad y de convivencia.
Por la noche, el panorama mantiene esa misma sensación de orden. El metro se encuentra abarrotado de pasajeros, pero el flujo de personas parece funcionar con una precisión admirable para una ciudad de este tamaño. Uno podría esperar caos en una urbe que alberga una población varias veces superior a la de Costa Rica, pero la experiencia hasta ahora ha sido muy distinta.
En esta primera entrega desde China, debo admitir que lo que más me ha impresionado no ha sido un edificio, una obra de ingeniería o una innovación tecnológica. Lo que más me ha llamado la atención ha sido algo tan sencillo como poder caminar. Caminar por una ciudad gigantesca sin convivir permanentemente con el ruido excesivo de los motores, sin respirar humo a cada paso y sin tener que interrumpir una conversación por el sonido del tránsito.
Puede parecer un detalle menor, pero después de recorrer las calles de Beijing durante estos primeros días, tengo la impresión de que esa sensación explica mucho mejor que cualquier estadística por qué la movilidad eléctrica ha transformado la experiencia urbana en China.
Y apenas estoy comenzando el viaje.