Ya es hora de poner fin a la injusticia internacional contra Taiwán

» Por Luis Zúñiga - Expreso político, diplomático y analista político

Es irónico que la pandemia mundial del coronavirus de China, una tragedia de gran magnitud, sea la causa que atraiga la atención internacional hacia Taiwán.

La isla, de 23 millones y medio de habitantes y a solo 81 millas de China, ha asombrado al mundo por su insuperable estrategia para evitar el contagioso virus, limitando los casos a 429 con solo 6 fallecimientos.

Los principales medios de prensa del orbe, especialmente en los Estados Unidos, han dedicado numerosos artículos de primera plana a la exitosa estrategia liderada por la presidenta Tsai Ing-wan. Sin embargo, detrás de ese éxito no hay milagros o casualidad sino un impresionante desarrollo tecnológico, especialmente en la industria biomédica, y un espectacular concepto popular de nación con una disciplina social que tiene como fundamento el interés común.

De hecho, Taiwán es una potencia médica en el sudeste de Asia. Desde hace varios años mantiene una valiosa colaboración con otras naciones del área bajo su “Nueva Política hacia el Sur”, otra iniciativa de la presidenta Tsai. Desde el 2018, su Centro para el Control de Enfermedades ha promovido, activamente, su proyecto de prevención contra el dengue, otra enfermedad viral altamente contagiosa. Su colaboración principal ha sido con Indonesia que, por su clima cálido, tiene unos 50,000 casos al año. El Sistema geográfico-informático de Taiwán es tan sofisticado que rápidamente puede detectar las áreas de alto riesgo del dengue.

La inteligente política de colaboración de Taiwán es válida para cualquier otro país porque está basada en el principio de reciprocidad de que “ayudando a que otros países reduzcan el peligro de enfermedad de su gente, estamos reduciendo la posibilidad de que esa enfermedad entre a Taiwán”.

La eficiencia con que las autoridades taiwanesas manejaron el peligro del coronavirus se sustenta también en el alto nivel profesional de sus doctores y en la calidad de sus servicios de salud. El creciente número de personas que viajan a Taiwán para recibir atención médica ratifica esa calidad. Los datos de la Oficina de Negociación de Comercio del Poder Ejecutivo muestran que, en el 2016, unas 75,800 personas de los países del sudeste asiático viajaron a Taiwán para atenderse con médicos taiwaneses. En el 2017, el número de pacientes aumentó a 99,200 y en el 2018 a 154,800.

El espíritu de colaboración médica taiwanés es tan profesional y especializado, que ha asignado un hospital específico para la atención y la colaboración con cada nación del sudeste de Asia: Indonesia, India, Malasia, Filipinas, Tailandia, Vietnam y Myanmar. Taiwán ofrece también entrenamiento para cultivar los talentos médicos de esas naciones bajo el espíritu bondadoso de que “Taiwán Puede Ayudar”. En los últimos 3 años, más de 200 doctores de naciones del sudeste asiático han viajado a Taiwán para estudiar. La Medicina Tropical, en la que Taiwán se ha especializado, constituye una gran atracción.

Con todo este historial de éxitos médicos y de extensa colaboración con numerosos países, ¿es justo que Taiwán esté excluido de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización de las Naciones Unidas?

La forma casi criminal con que China manejó la epidemia del coronavirus, ocultando la virulencia del contagio humano, la cantidad de enfermos y fallecidos, censurando las informaciones de los medios sociales y hasta arrestando a los que alertaban sobre la grave situación, muestra claramente la clase de gobierno y sistema político que tiene China. Su irresponsabilidad, o maldad, hizo que el virus se expandiera por todo el mundo con su secuela de enfermedad y muerte.

Realmente, es inadmisible que un régimen de esa naturaleza que, además, reprime violentamente a su pueblo por razones políticas, encarcelando y desterrando a los ciudadanos arbitrariamente, y hasta masacrándolos, como hizo en la Plaza de Tiananmen, que además les conculca sus derechos y libertades básicas, mantenga como rehenes a la abrumadora mayoría de los países libres y democráticos del mundo, dictándoles que no pueden tener relaciones diplomáticas con Taiwán que, significativamente, es un país libre y democrático que respeta los derechos y libertades fundamentales de su pueblo y que ha demostrado una vocación ejemplar de colaboración internacional desinteresada, promoviendo la paz como política exterior oficial.

Esta horrorosa lección que ha recibido el mundo libre sobre quién es el régimen chino, tiene que llamar a la razón y la honestidad política de los gobiernos democráticos para que se liberen de las presiones chinas y restablezcan sus relaciones diplomáticas con Taiwán.

La argumentación china de que Taiwán es una provincia suya es totalmente falsa y carece de sustentación histórica. Taiwán nunca fue parte de la República Popular China (RPCh). Cuando se fundó la RPCh ya Taiwán tenía un gobierno que controlaba la isla y que más tarde resistió los ataques militares de la RPCh. La mayoría de las naciones democráticas del mundo tuvieron relaciones diplomáticas normales con Taiwán hasta finales de la década de 1970. Por esa razón básica, no se trata de “establecer relaciones” con Taiwán, sino de restablecerlas, poniéndole fin al veto arbitrario de China.

Definitivamente, ya es hora de que esa injusticia internacional termine.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

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