
La lista de grandes contribuyentes expuesta por el Ministerio de Hacienda sin una explicación idónea, dejó en manifiesto algunos aspectos que deberían encender las alarmas ante el abordaje que se le ha dado al tema.
Primero la asociación entre grandes contribuyentes y “grandes evasores” que finalmente estigmatizó en general a todas las empresas como parte de prácticas ilícitas, demostrando además una ignorancia atrevida con respecto al funcionamiento del holding y del sistema accionario nacional, así como el esquema tributario.
En segundo lugar, algunos quisieron aprovechar el momento para hablar de una “lucha de clases”, entre ricos y pobres, colocando a los primeros como villanos de la sociedad. Además de una actitud reprochable ante el analfabetismo voluntario de los todólogos que aparecen constantemente comentando con saña y odio en redes sociales haciendo uso del berreo y la ignorancia para insultar gratuitamente a las personas.
Basado en el último punto, causa preocupación el artículo de un asesor del Ministerio de Educación quien además es profesor de secundaria, circulando en redes sociales y además fue publicado en la página de El Mundo CR bajo el título “¿A quién protegía Carlos Alvarado con el Plan Fiscal?” y donde mezclando datos reales e importantes más argumentos sin fundamento, manifestó entre otras cosas un par de frases conspirativas y que sin duda tienen intenciones macabras:
“… ¿Les vieron la cara y los utilizaron de carne de cañón en redes sociales? Claro que sí. Usted no defendió al pueblo de los abusos de los sindicalistas; usted fue un troll, y gratuito, al que le llenaron de basura la cabeza para que defendiera los bancos privados, para que defendiera al grupo Nación; usted defendió a la familia judía, dueños de Florida bebidas y la Cervecería Costa Rica…”
Posteriormente agrega un aspecto más muy relacionado a lo anterior:
“…Ojalá ahora usted se sienta más feliz al pagar su cerveza sabiendo que le será más cara, pero que la empresa que las hace y de capital judío, no le paga un carajo al país porque su empresa no tiene ganancia; ello en el país de más alto consumo de alcohol per cápita del mundo según IAFA…”
Las preguntas que surgen inmediatamente son, ¿cuáles son esas familias judías dueñas de la Cervecería, si es que el sistema accionario tuviera algo así como un dueño único, por qué hacer alusión a una empresa de “capital judío” cuando no existe en este caso una importancia real el origen o creencia de los propietarios? ¿Cuál es el capital judío privado que no le da ganancias al país?
No se confundan, las preguntas son retóricas, no es necesario que me respondan este argumento, ya que lo tengo claro que proviene de una acusación antiquísima que ha pesado sobre los judíos en diversas partes del mundo, originarias de acusaciones de origen religioso y trasladado a otros ámbitos de la sociedad incluyendo el civil, militar y hasta racial en algún momento, la noción de un judío que no es “fiel al lugar donde vive” o que tiene doble lealtad y además un traidor, transformando al judío sencillamente en el reflejo de la “otredad”; quien no es como los demás.
Regularmente la condición de otredad se endosa a distintas minorías cuando hay crisis en los países como la inseguridad, la violencia, etc. de este modo encuentra una razón de existir; la de no querer asumir la responsabilidad como sociedad. Eso ocurre en este caso particular y se ha endosado en otros casos a minorías como los inmigrantes en Costa Rica
Por otra parte, el hacer una acusación bajo el libelo del “judío internacional” dominante de los grandes capitales tiene como función el mismo paradigma, y esto fue una práctica muy común en el liderazgo del Nacional Socialismo Alemán el siglo pasado, basta con dar una releída a los discursos de Hitler contra los judíos a comienzos del siglo pasado.
Parte de las prácticas nazis contra los judíos incluía asociar su origen como naturaleza para cometer ilícitos, como reflejo de otredad les destacaban ser parte de dicho colectivo, que modernamente se destaque esta característica como parte agravante de los hechos, es regresar a costumbres altamente peligrosas cuyos resultados posteriores fueron nefastos.
En Costa Rica la otredad como válvula de escape se hace cada vez más común, sino se acusa a los judíos, habrán acusaciones que señalen a los inmigrantes; principalmente nicaragüenses. La finalidad de esta intención es encontrar el chivo expiatorio de las vulgaridades que cometen personas con malas intenciones; indiferente del origen, creencia o condición socioeconómica, ya que no se necesita ser parte de determinado grupo para violar la ley, creer lo contrario es revivir el errado concepto de que hay grupos que traen consigo un “gen del mal”.
Es preocupante también en este caso puntual que la acusación; que bien podría tener un enfoque positivo para criticar a quienes le hacen daño al país, se convierta en una columna difamatoria cargada de odio contra un solo colectivo del país que no representa ni el 1% de los costarricenses, pero que se transforman en el chivo expiatorio perfecto para los conspiradores.
Pero preocupa aún más que este tipo de manifestaciones las haga un profesor de Estudios Sociales y Cívica, quien además dice ser historiador, y que en buena teoría conoce desde su área de formación lo que este tipo de manifestaciones dañaron al pueblo judío durante la época del nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
Esto se vuelve más delicado, manifestando el temor que este tipo de información maliciosa sea compartida con estudiantes que podrían crecer con el germen de un prejuicio devastador que incubará y multiplicará en medio de otros grupos de la sociedad emprendiéndola injustamente contra un colectivo señalado de manera errónea y basados en bulos o manifiestos judeofóbicos de siglos anteriores, porque para peores, la acusación parece desempolvarse del baúl donde se guardan las copias del panfleto judeofóbico de los “Protocolos de los Sabios de Sión”, famosos no solo por su contenido antisemita, sino también por ser un plagio de otro documento también discriminatorio (Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu).
Al final de todo, este odio manifestado es una peligrosa espiral que carcome la sociedad y se manifiesta cíclicamente ante cada crisis que ocurra, lo cual llevará una y otra vez a culpar a un grupo para evadir la responsabilidad que como país corresponde asumir desde los diferentes actores sociales.
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