Hay artículos que se escriben desde la nostalgia. Y hay otros que se escriben desde la realidad. El del Lic. Oscar Esquivel pertenece peligrosamente al primer grupo: ese club selecto donde todavía creen que el mundo es un poema de paz firmado en 1983 y no el tablero brutal que vemos hoy.
Costa Rica no vive en una burbuja. Aunque algunos se aferren a la épica de Abolición del Ejército de Costa Rica como si fuera un escudo mágico, la geopolítica no funciona con símbolos, sino con poder. Y el poder, le guste o no a los puristas constitucionales, sigue teniendo botas, radares y portaaviones.
La idea de permitir bases militares estadounidenses no es una traición: es una decisión estratégica. Es aceptar que el narcotráfico no se combate con discursos jurídicos ni con citas a la Organización de las Naciones Unidas, sino con capacidad real de disuasión.
Porque aquí hay que decir lo incómodo: el narco ya tiene más presencia, más logística y más dinero que muchas policías juntas en Centroamérica. ¿De verdad alguien cree que con patrullajes simbólicos y “cooperación judicial” vamos a enfrentar estructuras que operan como ejércitos paralelos?
La historia —esa que tanto citan— también debería citarse completa. En 1955, cuando Nicaragua invadió territorio costarricense, este país no se defendió con poemas ni con votos de la Sala IV. Se defendió con apoyo internacional, particularmente de Estados Unidos, que incluso facilitó aeronaves como los P-51 Mustang. Sin ese respaldo, la historia sería otra. Menos romántica, más humillante.
Entonces surge una pregunta incómoda: si mañana ocurre un conflicto real —no una discusión académica—, ¿quién garantiza la soberanía costarricense? ¿La neutralidad declarada? ¿Un voto de la Sala Constitucional? ¿Un informe de Naciones Unidas? ¿O la capacidad efectiva de defensa?
La neutralidad, en el siglo XXI, es un lujo que solo pueden darse los países que tienen quien los respalde.
Y aquí es donde el argumento moralista se desmorona. Porque no se trata de “ceder soberanía”, como repiten con dramatismo casi teatral. Se trata de ejercerla inteligentemente. Un Estado soberano decide con quién se alía. Y si decide hacerlo con la principal potencia militar del mundo, no está renunciando a su independencia: la está blindando.
Además, hay un detalle que los puristas omiten —quizá porque no encaja en su relato épico—: las bases no solo traen seguridad, también traen desarrollo. Regiones como Golfito o Limón, históricamente relegadas, podrían recibir inversión, empleo, infraestructura. No es un gasto: es una oportunidad económica disfrazada de debate ideológico.
Pero claro, es más cómodo escribir columnas indignadas que enfrentarse a la realidad: Costa Rica ya coopera con Estados Unidos en materia de seguridad. Ya hay patrullajes conjuntos. Ya hay intercambio de inteligencia. La diferencia es que ahora se propone hacerlo en serio, con presencia permanente, con capacidad operativa real.
Y eso asusta.
Asusta porque rompe el mito. Porque obliga a aceptar que el mundo no es seguro, que el narco no respeta declaraciones de paz, y que los conflictos no se resuelven con buenas intenciones.
El verdadero riesgo no es tener bases militares. El verdadero riesgo es seguir creyendo que no las necesitamos.
Porque la historia, cuando se ignora, no perdona. Y Costa Rica debería preguntarse si quiere seguir viviendo de símbolos… o empezar a sobrevivir en la realidad.