Victimaria: cuando el discurso de los derechos humanos se vuelve selectivo

» Por Bryan Acuña - Encargado de Relaciones Institucionales CISCR.

Una militante del PLN se apartó de su aparente cargo en la campaña presidencial del candidato Álvaro Ramos, tras una polémica, no lo hizo por una persecución, en el mejor de los casos fue por coherencia basado en los valores socialdemócratas que el partido dice defender, a ella fue la realidad quien le exigió hacerse a un lado del proceso del partido lo que ella no supo sostener y se pone como víctima. El caso de la joven Mía Fink, supuesta activista de los derechos humanos terminó saliendo, dejando su lugar en la campaña política del partido luego de que salieran a la luz sus publicaciones en redes sociales haciendo apología a un grupo terrorista como Hamas.

Su caso no es aislado, refleja una contradicción moral que crece entre ciertos círculos intelectuales y entre fuerzas políticas. Se alude a principios universales, pero se justifican o relativizan actos terroristas cuando los perpetradores encajan en una narrativa “antiimperialista” o “de resistencia”. En nombre de la empatía, se legitima el horror.

La joven Fink publicó frases como “Hamás no odia a los judíos” y pidió “empatía” hacia quienes el 7 de octubre de 2023 asesinaron a más de 1.200 personas, secuestraron niños y violaron mujeres en Israel. Incluso llegó a comparar a Ariel Bibas, un bebé secuestrado y asesinado junto a su familia en los túneles de Gaza, con los terroristas suicidas de la Segunda Intifada. No existe discurso humanista que pueda sostener semejante comparación.

Y, sin embargo, lloró por el “secuestro” de Greta Thunberg, quien entró voluntariamente en una zona de guerra y fue protagonista del secuestro más breve y elegante del mundo, unas horas, un vuelo de regreso en la aerolínea más exclusiva de Israel y directo hacia la comodidad de su hogar. Cuántos de los verdaderos secuestrados por Hamás, incluyendo niños, mujeres y ancianos, habrían soñado con ese desenlace. Cuántos darían todo por volver a sus casas, abrazar a sus familias y no ser usados como trofeo de propaganda.

Lo más grave no es la ignorancia, sino la indiferencia. Porque basta leer la Carta Fundacional de Hamás (1988) para comprender que no se trata de un movimiento por la liberación nacional, sino de una organización que, en sus propios textos, promueve la luchar armada como única vía, niega la existencia de Israel y llama abiertamente a matar judíos.

En su artículo 7 incluso cita un hadiz: “El Día del Juicio no vendrá hasta que los musulmanes luchen contra los judíos, cuando el judío se esconda detrás de piedras y árboles”. ¿De verdad eso es lo que alguien con sensibilidad social puede defender?

Hamás no busca la paz. Su historia lo demuestra: ha rechazado sistemáticamente los acuerdos que podrían haber llevado a la creación de un Estado palestino. Prefiere la guerra perpetua porque su razón de ser es la destrucción del otro. Y, paradójicamente, quienes se dicen “progresistas” en Occidente terminan reproduciendo esa ideología medieval desde la comodidad de sus redes sociales.

La supuesta renuncia de Mía no fue censura, es más, no se entiende a qué renuncia si ella misma dice que no tiene un puesto en la campaña, incluso mencionó al Centro Israelita donde supuestamente se preguntó sobre ella, lo cual es totalmente falso, nadie en la institución ha preguntado por ella en la reunión que se tuvo con el candidato Ramos por cuanto había temas país que fueron el centro de la reunión.

Lo que sí es verdad es que su desaparición de la campaña, donde se ha ido metiendo de manera casi forzada ha sido más consecuencia de su discurso que se aleja de los principios de la socialdemocracia que ha representado históricamente el PLN, porque no puedes ser socialdemócrata y a la vez apoyar a una organización terrorista haciendo apología y llamándolo “grupo de resistencia”, porque no se puede invocar los derechos humanos selectivamente, como pedir justicia para unos y silencio para otros. No se puede jugar a ser víctima cuando se ha aplaudido el terror.

Quizás lo más honesto sería admitirlo, detrás del disfraz de la empatía, hay un odio más antiguo que la política, un odio que se disfraza de causa justa, pero que, en el fondo, sigue siendo el mismo de siempre, en especial de alguien que se vende como judía, y que desconoce incluso los elementos básicos de la identidad y solamente lo usa como una tarjeta de presentación para ciertos sectores.

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