“Venezuelasplaining”: la tragedia que muchos analizan sin haber perdido nada

» Por Luis Alonso Naranjo - Consultor Audiovisual Político / Lupa Creativa

Las redes se llenaron de opinólogos a propósito de la noticia histórica con la que despertamos ayer. Pero, ¿por qué debemos tener cuidado a la hora de opinar sobre Venezuela?

Porque opinar livianamente sobre una tragedia ajena es una forma elegante de crueldad.
Y porque no hay nada más incómodo, ni más irresponsable, que alguien que nunca lo perdió todo explicándole a otro cómo debería interpretar su pérdida.

Porque el respeto no es solo empatía; es conocimiento de la causa del dolor ajeno.
Y créanme, casi tres décadas de dolor requieren mucho respeto: uno que no necesita traductores, ni expertos de Twitter, ni académicos de café, ni “venezuelasplaining” con acento extranjero.

¿Qué si hubo invasión o no?

Depende de a qué le quieran llamar invasión.
Porque si de verdad creen que la pregunta central es si Trump “hizo o no una invasión militar”, entonces ya empezamos mal.

Para la mayoría de los venezolanos, esa no es la pregunta importante.

Al hombre al que le expropiaron el negocio que construyó durante 50 años, a punta de madrugadas, impuestos, empleados y fe en su país, le da exactamente lo mismo si fue Trump, Biden, Putin, el Espíritu Santo o nadie en particular quien finalmente lo libró del delincuente que se apoderó de su esfuerzo para hacer fortuna, y con ella, financiar redes criminales, violencia y corrupción. Él no está discutiendo geopolítica. Está contando ruinas.

Para quien fue despojado con una firma, perseguido por producir y obligado a huir, la pregunta no es si hubo una “invasión” formal, legal o simbólica. La pregunta es por qué el mundo insiste en debatir etiquetas mientras Venezuela se desangra.

Mientras algunos practican “venezuelasplaining” y hoy se gradúan de expertos opinólogos en derecho internacional, explicando desde lejos lo que nunca vivieron, hay madres venezolanas enterrando hijos asesinados en manifestaciones pacíficas después de elecciones robadas. O esposas e hijos extrañando a sus seres queridos porque hoy son presos políticos.

Y ahora, para los que dicen que “eso no nos afecta”.

Si usted no ha visto en la esquina de su barrio en Costa Rica o en su propio país, a una familia con niños pequeños sosteniendo una cartulina con una bandera de Venezuela, sí, una bandera que hace 40 años generaba admiración y hoy genera lástima para recoger algunas monedas, mejor, por respeto, no opine si fue o no invasión.

Si desde la comodidad de su casa no ha sufrido un asesinato por una bala perdida producto de la violencia entre grupos de crimen organizado que hoy operan en todo el hemisferio, financiados en gran parte por dinero del narcotráfico que fluye desde Venezuela, mejor, por respeto, no opine si fue invasión o no.

Si nunca ha visto cómo se colapsan servicios públicos, escuelas o sistemas de salud en países de toda la región, porque reciben oleadas humanas que ningún Estado estaba preparado para absorber, mejor, por respeto, no opine si fue invasión o no.

Si nunca ha tenido que competir por empleo con personas desesperadas que aceptan cualquier salario porque vienen huyendo del hambre, y luego culparlas a ellas en lugar de al régimen que las expulsó, por respeto, mejor no opine si fue o no invasión.

Si nunca ha visto cómo la violencia, el contrabando y el crimen cruzan fronteras más rápido que cualquier migrante, mientras los académicos discuten causas estructurales desde un escritorio, en serio, mejor no opine tratando de explicar Venezuela.

Este no es un día para mostrar autoridad moral con el fin de “poner contexto”,
rasgándose las vestiduras por “la invasión” que, según muchos, “sufrió” Venezuela.

Porque mientras muchos debaten si hubo o no invasión, yo les voy a decir lo que sí hubo:

Hubo un régimen de casi tres décadas que convirtió el Estado en botín.
Hubo una ideología que premió la lealtad sobre el mérito.
Hubo expropiaciones disfrazadas de justicia social.
Hubo delincuentes vestidos de poder que se apropiaron de negocios, tierras y vidas para hacer fortuna y, con ella, financiar violencia, crimen organizado y narcotráfico.
Hubo, y sigue habiendo, muchos presos políticos.
Hubo represión a la libertad de expresión, con tortura incluida.
Hubo elecciones robadas, instituciones secuestradas y millones de personas expulsadas de su propio país.

Pero hubo algo que, si esto hubiera pasado en el mío, me dolería por encima de todo:
que un grupo de desalmados lograra convertir el orgullo de ser venezolano en una cartulina,
en una esquina con niños en brazos, y en la humillación cotidiana de pedir limosna
en casi todos los países libres del mundo.

Un mundo en el que decir “soy venezolano” dejó de ser identidad y pasó a ser vergüenza impuesta para millones de personas a cambio de comida y libertad.

Eso hubo.

Y ahora sí, hablemos de lo que incomoda a algunos.

¿Que si Trump quiere el petróleo?
Bueno… ¿y qué hay de malo en decirlo en voz alta?

Cuando empresas norteamericanas administraban la gestión petrolera y minera de Venezuela, el país producía, crecía, tenía infraestructura, empleo y una moneda que valía mucho.

Lo que vino después no fue soberanía. Fue saqueo.
Fue convertir el petróleo, la mayor riqueza del país, en una caja chica para comprar lealtades, financiar represión, narcotráfico y exportar miseria.

Así que perdón si a quien lo perdió todo le importa poco quién administre el petróleo,
mientras no vuelva a ser el mismo grupo de delincuentes que lo usó para destruir un país entero.

Porque un país no es rico por tener recursos. Un país es rico por cómo los administra.

El petróleo no da prosperidad por existir, la da cuando se gestiona con reglas, con inversión, con técnica, con controles y con visión de largo plazo. Todo lo demás es romanticismo ideológico o saqueo.

Y sí, si ese administrador resulta ser extranjero, si lo hace bien, si produce, si genera empleo, si paga impuestos, si deja infraestructura y le deja al país su buena tajada por permitirle administrar lo que ellos no saben ni pueden, si no convierte la riqueza nacional en una caja chica para financiar represión y crimen, entonces debe ser remunerado.

Lo verdaderamente inmoral no es que un extranjero administre un recurso. Lo inmoral es que nacionales, en nombre de una supuesta soberanía, lo conviertan en hambre, exilio y miseria.

¿Vías Democráticas?

A veces pienso que, así como a estos usurpadores les sirve mantener a los pobres en la miseria prometiéndoles sacarlos de ahí, también les conviene prometer cambios políticos apelando a “vías democráticas” que se vuelven utópicas, pues lo que realmente quieren es perpetuarse en el poder.

Veamos algo que muchos convenientemente olvidan.

Mucho antes de Trump, hubo cientos de intentos de hacer exactamente lo que él intentó en última instancia, pero por las vías “democráticas”.

Sí, democráticas. Esa palabrita también secuestrada por los paladines del análisis geopolítico de los medios de comunicación hegemónicos esclavos de quienes pagan sus salarios. Los mismos que secuestraron el arcoíris, la cultura y el lenguaje, y que ahora pretenden secuestrar también la tragedia venezolana con marcos teóricos importados.

Antes de la supuesta invasión:
Hubo nobleza.
Hubo paciencia.
Hubo votos.
Hubo diálogo.
Hubo intentos electorales una y otra vez.

Nada funcionó.

Así que, después de décadas de fracasar por todas las vías posibles, lo último que debería haber hoy, es otra explicación, es otro “contexto”, es otra opinión cómoda dada desde lejos, suya o mía.

Y por eso, a veces, el mejor acto de empatía es no opinar o por lo menos, opinar con respeto, es decir, con conocimiento de la causa del dolor ajeno.

Así que, por lo menos yo, dejo a los que sufrieron todo lo anterior en carne propia celebrar. Y aunque a usted le incomode que quien les dio ese pequeño ápice de alivio haya sido Trump, lo invito a hacer lo mismo.

Venezuela no fue invadida desde afuera, fue tomada desde adentro. Y luego, por muchos años, explicada desde lejos con indiferencia y falta de empatía, por personas que nunca perdieron nada,
pero siempre han creído saber explicarlo todo.

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