
Por Luigi Rebecchi Pannelli
Venezia no es Cartago como reza la locución latina, sin embargo; paulatinamente, a causa de una pésima administración y de un turismo indecente y sin límites, están destruyendo la ciudad más bella del mundo. En el desastre en cuestión, el genio italiano ha fallado miserablemente; si se puede llamar, crucero; un mamarracho de siete pisos, que luego de agitar las aguas de la bahía veneciana, provocando unas corrientes dañinas en los canales, fondea; tapando la plaza de San Marco de Venezia, superando en altura al campanario famoso en todo el mundo; el mastodonte, nada agradable a la vista; está repleto de turistas, quienes; según las encuestas, de cada cuatro solamente uno baja a la ciudad sin interesarse por los tesoros artísticos y la historia de la “Serenissima”, más bien va a emborracharse en uno de los dos mil bares de la urbe.
El dueño de un barco anclado en un lugar prohibido, por su propio peculio trata de refaccionarlo, junto a otro que tiene valor histórico; no muy lejos unas islas abandonadas y en ruinas que son tierras de nadie, es el panorama desolador; de los artistas del vidrio labrado de Murano conocido en todo el mundo, quedan unos pocos y en proceso de quiebra, por la competencia desleal y la ausencia de apoyo del mismo gobierno.
Un ex corista del teatro La Fenice, para sobrevivir tiene que vestirse de Doge con un traje prestado de la época, para fotografiarse y a veces, celebrar una boda ficticia con los turistas.
Da grima presenciar una debacle por culpa de la indiferencia de las autoridades competentes y de los responsables del “patrimonio de la humanidad”.