
Desde sus orígenes y a través del tiempo, la misión de la Universidad Pública ha sido la de formar seres humanos cultos, elaborar y transmitir la cultura, entendida ésta como un sistema de ideas vivas.
En otras palabras, la Universidad Pública ha sido, es y seguirá siendo, la encargada de formar profesionales y especialistas en diversas áreas del conocimiento, y también la encargada de la formación de auténticos ciudadanos, responsables, comprometidos éticamente con la realidad social que les rodea a través de sus funciones esenciales; investigación, docencia, extensión y desarrollo.
Pero para que la Universidad Pública cumpla con sus tareas, necesita de ciertas precondiciones, como independencia y libertad académica, relativa neutralidad e imparcialidad, dedicación al avance del conocimiento y cuidado de su transmisión crítica, así como preocupación por el aumento del caudal cultural además de la captación de ingentes recursos económicos, los cuales en su gran mayoría provienen de los impuestos que aportan los contribuyentes al Estado.
Estas instituciones académicas surgidas en la Edad Media, han enfrentado diversos desafíos, debiendo sortear y adaptarse a situaciones tan variadas como la supremacía de la Iglesia y el surgimiento de los estados nacionales, cada uno con expectativas socioculturales.
Las universidades se originaron como espacio de reivindicación social para articular la identidad de cada nación y para defender el derecho de todos a la educación, el conocimiento y la cultura.
Las universidades estatales son producto de una corriente de pensamiento que considera una obligación del Estado proveer los medios adecuados para que los ciudadanos tengan oportunidades de desarrollo económico y social, lo que a su vez permitirá el desarrollo del Estado mismo y generará mejores condiciones de vida a lo interno del Estado.
Pese a todo lo anterior, en su regreso a la presencialidad, los estudiantes de las universidades públicas enfrentan una serie de desafíos que inciden directamente sobre la calidad de la educación y específicamente sobre la transmisión de conocimientos a los mismos.
Los profesores que en otros tiempos tenían horas para la consulta y dudas para aclarar procedimientos y procesos, que hoy día incumplen y los estudiantes por temor a represalias tampoco denuncian ni exigen ese espacio que realmente afecta su formación y rendimiento académico.
Ante tal situación la catedra correspondiente debería, aplicar una evaluación semestral a los profesores y asistentes para sustentar el trabajo que realizan, su formación, y para conocer mediante la herramienta evaluativa las valoraciones que hacen los estudiantes de sus docentes.
Finalmente, la Universidad Pública ha jugado un papel clave en la construcción social, como el principal motor de la ciencia y la investigación y, por ende, como productora de conocimiento socialmente significativo y promotora del cambio y la innovación.
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