¿Una nueva Liberación… o la misma de siempre?

El pasado sábado 23 de agosto, el Partido Liberación Nacional difundió en sus redes sociales el mensaje: “Aquí una nueva Liberación, para una nueva Costa Rica”. El lema, sin duda, busca proyectar una idea de transformación y de apertura hacia el futuro. Sin embargo, al observar las imágenes que acompañaron la publicación, emergen más dudas que certezas. Los rostros que aparecen son figuras históricas del partido, cercanas a gobiernos pasados como los de José María Figueres y Laura Chinchilla, así como exprecandidatos, como fueron los señores Carlos Ricardo Benavides, Antonio Álvarez Desanti, Johnny Araya y otros más.

La contradicción es evidente: el discurso habla de renovación, pero en la práctica muestra continuidad con estructuras tradicionales y las personas que vemos liderando en cada una de las provincias y cantones son los mismo que has estado. Este es, quizás, el principal dilema que enfrenta Liberación Nacional: ¿cómo sostener una narrativa de cambio real cuando sus símbolos siguen siendo los mismos de las últimas décadas?

No se trata únicamente de un problema estético, liderazgo o de estrategia, sino también comunicacional para con los electores en las próximas elecciones. Desde 2010, con la presidencia de Laura Chinchilla, el PLN no logra llevar a uno de sus candidatos nuevamente a Casa Presidencial. Más de una década de derrotas electorales debería ser suficiente motivo para una autocrítica profunda. A ello se suma el lastre de cuestionamientos por temas de corrupción y de vínculos poco transparentes en la gestión pública, factores que han erosionado la confianza ciudadana en el partido que, durante buena parte del siglo XX, se presentó como garante de estabilidad democrática.

En este contexto, el precandidato Álvaro Ramos Chaves enfrenta el reto de convencer al electorado de que representa algo distinto. Más, sin embargo, su plataforma luce sostenida por actores políticos tradicionales, con un alto grado de poder de las viejas estructuras del PLN, lo cual debilita el mensaje de una “nueva” Liberación. La ciudadanía observa con escepticismo, consciente de que la modernización política no se construye con discursos y más si esté no tiene coherencia; sino con gestos claros de apertura a nuevos liderazgos, ideas y prácticas.

Liberación Nacional atraviesa una crisis de identidad que no es reciente. La tensión entre sus corrientes internas, los llamados “históricos” y quienes buscan modernizar la organización, ha provocado un estancamiento estratégico en el partido. El PLN no termina de definir si quiere ser un movimiento de apertura hacia el futuro o un refugio de estructuras heredadas de sus épocas de hegemonía.

El electorado costarricense, además, ha cambiado radicalmente en la última década. Hoy exige transparencia, participación ciudadana y liderazgos auténticos, mientras desconfía cada vez más de los partidos tradicionales y en sus propias estructuras. En ese nuevo escenario, el PLN insiste en recetas del pasado, lo que le resta capacidad de competir con fuerzas emergentes que apelan a un votante cansado de promesas incumplidas.

La paradoja es clara: Liberación Nacional sigue siendo un partido con recursos, estructuras y presencia territorial envidiable, pero carece de la credibilidad necesaria para transformar esos activos en victorias electorales. Sin un cambio real en su cultura política, cualquier intento de proclamarse como “nuevo” quedará reducido a un eslogan vacío, incapaz de reconectar con una ciudadanía cada vez más distante.

Costa Rica demanda hoy partidos que puedan reinventarse, no solo en su imagen, sino en su forma de relacionarse con la gente. Mientras Liberación Nacional no logre romper con la inercia de sus viejas estructuras, seguirá siendo un partido que promete renovación, pero proyecta repetición.

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El autor es ingeniero en Producción Industrial, Máster en Dirección y Administración de Empresas y Máster en Logística y Dirección de Operaciones.

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