Por muchos años, la política en el régimen municipal local ha estado basada en satisfacer las expectativas de unos pocos, sin pensar verdaderamente en el ciudadano ni en el bien de las mayorías. La poca participación ciudadana en las elecciones municipales ha provocado que muchos políticos se acostumbren a medio satisfacer las necesidades de aquellos lugares donde tradicionalmente obtienen votos.
Así, en una misma comunidad reacondicionan una y otra vez el parque, mientras otras permanecen en total abandono. Lo mismo ocurre con los bacheos, la construcción de aceras, los alcantarillados pluviales, y una larga lista que se extiende a todo el ámbito de acción municipal. Esta forma de gobernar el cantón debe entrar en un proceso de cambio: se debe gobernar para el bien común, no para el beneficio del dirigente de turno o de los votantes de un partido.
Debemos tener claro que los recursos con los que se realizan las obras públicas y se prestan los servicios provienen de los impuestos y pagos de servicios (agua, alcantarillado pluvial, etc.) que hacemos todos los ciudadanos. Su utilización debe destinarse a proyectos que beneficien a la mayoría, y no a intereses particulares o de grupos específicos.
Debemos pasar de la política del “que tiene más galillo, traga más pinol” a una política donde el ciudadano sea lo primero; una política de planificación en beneficio de todos. Ejemplos claros de esto son el abandono en la construcción de obras que muchas comunidades han esperado por más de veinte años, como el cierre perimetral en la urbanización Baviera o las obras de alcantarillado pluvial en la urbanización Las Vegas.
De igual forma, se deben asignar y ejecutar recursos para recuperar zonas marginales, como la conocida como COPAN en Montecillos. Todos tenemos derecho a vivir en lugares seguros y agradables. También se han tomado decisiones para reasignar recursos: por ejemplo, en lugar de construir calles sin salida que benefician a unos pocos, se ha optado por recuperar conectores viales que mejoran el flujo vehicular en los distritos.
Asimismo, se han creado treinta nuevas plazas de policías municipales, casi duplicando en tan solo dos años la cantidad existente durante los últimos quince. Otro ejemplo es que, en los últimos veinte años, se han construido en el cantón tan solo cinco puentes en rutas cantonales, mientras gran parte de la inversión se destinó a la construcción de salones comunales —muchos de ellos en un mismo distrito— con muy poca vida útil y escaso uso.
Si bien estos espacios podrían ser necesarios si se les diera un uso adecuado, la realidad es que aportan poco al bien común. Los ciudadanos necesitan llegar temprano a sus casas y trabajos, necesitan seguridad, parques en buenas condiciones en todos los barrios y aceras seguras para caminar. En esto último, se ha hecho muy poco o prácticamente nada. Es hora de volver la mirada hacia lo importante: lo que realmente beneficia a las mayorías.
Debemos cambiar la forma en que el ciudadano recibe los servicios municipales. Es necesario erradicar la vieja forma de gobernar, aquella que hace depender de un político la reparación de una calle, la ejecución de una obra o incluso el seguimiento de un trámite. Debemos convertir la Municipalidad en un ente que resuelva con igualdad y eficiencia para todos, no solo para unos pocos.
Los trámites deben ser ágiles y motivar la inversión; las decisiones deben tomarse pensando en el bienestar general, y ese debe ser el fin último. Hemos dado un pequeño paso en esa dirección, y seguiremos avanzando hasta lograrlo.