Un discurso a la nación para un país que ya cambió

En Costa Rica, el informe presidencial del 1º de mayo cumple con una tradición republicana esencial: rendir cuentas ante la Asamblea Legislativa. Es un acto valioso, parte del equilibrio de poderes y de nuestra cultura institucional. Sin embargo, también es un formato que responde a una Costa Rica de hace décadas, no a la ciudadanía actual, que exige claridad, cercanía y un liderazgo que le hable directamente.

Hoy, cuando la confianza pública se desgasta y la información circula con velocidad y ruido, vale la pena preguntarse si este mecanismo sigue siendo suficiente. La respuesta parece evidente: Costa Rica necesita complementar su tradición con un verdadero discurso a la nación.

No se trata de sustituir el informe constitucional ni de alterar la estructura republicana. Se trata de reconocer que la democracia también evoluciona. Un país que abolió el ejército para invertir en su gente, que apostó por la educación como motor de desarrollo y que ha sabido reinventarse en momentos críticos, puede perfectamente modernizar la forma en que su liderazgo se comunica con la ciudadanía.

Costa Rica ha demostrado en varias ocasiones que sabe adelantarse a su tiempo. En 1948, cuando el país decidió abolir el ejército, no solo tomó una decisión valiente: envió un mensaje claro de que la democracia debía construirse con educación, instituciones sólidas y diálogo. Ese gesto visionario marcó nuestra identidad política. Hoy, modernizar la comunicación presidencial sería un paso coherente con esa misma tradición de innovación democrática.

Un discurso a la nación permitiría algo que hoy falta: una conversación directa entre el presidente y el pueblo. Un espacio donde se expliquen avances y retrocesos con lenguaje claro, donde se reconozcan errores sin rodeos y donde se plantee un rumbo nacional comprensible para todos. No es propaganda; es transparencia. No es espectáculo; es responsabilidad democrática.

Además, este tipo de mensaje fortalece la confianza pública. Cuando la ciudadanía entiende qué se está haciendo, por qué y hacia dónde se dirige el país, disminuye la incertidumbre y aumenta la participación informada. La democracia se sostiene no solo con instituciones fuertes, sino también con comunicación honesta.

Lo más relevante es que nada impide que esto se haga. No requiere reformas constitucionales ni procesos legislativos. Basta con voluntad política. Un presidente puede instaurarlo cuando lo considere oportuno y convertirlo en una tradición republicana contemporánea.

Costa Rica ha demostrado que sabe liderar con visión. Hoy, modernizar la comunicación presidencial no es un gesto simbólico: es una necesidad democrática. Un país informado es un país más fuerte, y un liderazgo que habla con claridad fortalece la confianza que sostiene nuestra vida cívica.

Tal vez ha llegado el momento de dar ese paso.

De abrir esta conversación.

De hablarle al país como merece.

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