Turquía y la nueva competencia por el liderazgo en Oriente Medio

» Por MSc. Bryan Acuña Obando - Consultor internacional

Durante años, el principal eje de competencia en Oriente Medio giró alrededor de la rivalidad entre Israel e Irán. Sin embargo, el debilitamiento relativo del gobierno de Teherán y la transformación del entorno estratégico han abierto un nuevo escenario donde Turquía busca ampliar su influencia sin romper con Occidente, mientras tanto, Israel intenta consolidar una arquitectura regional basada en los Acuerdos de Abraham y el Corredor Económico India –Medio Oriente – Europa (conocido como IMEC).

Sin embargo, reducir esta dinámica a una confrontación entre Ankara y Jerusalén sería un error, porque de momento lo que realmente está en juego es quién ocupará el centro de la conectividad política, económica y logística entre Asia, Oriente Medio y Europa durante las próximas décadas.

El IMEC representa mucho más que una red ferroviaria y portuaria, para el gobierno de Washington se trata de un instrumento para fortalecer la integración entre India, los Estados del Golfo, Israel y Europa, lograr de esa manera reducir la dependencia de rutas vulnerables y ofrecer una alternativa a la creciente influencia de China. Para Israel, por su parte, supone la posibilidad de convertirse en un centro logístico del Mediterráneo oriental, complementando su papel como potencia tecnológica y militar, y es en ese punto donde aparecen las preocupaciones de Turquía.

El gobierno de Ankara lleva décadas desempeñando el papel de puente natural entre Europa y Asia. Si el comercio internacional comienza a desplazarse hacia un corredor que atraviese el Golfo e Israel, parte de esa ventaja geoestratégica podría reducirse y restarle el poder con el cual se mueve el gobierno turco. Por esta razón, el gobierno de Turquía impulsa proyectos alternativos como el Development Road (carretera del desarrollo) junto con Irak y busca mantener su condición de actor indispensable para el comercio euroasiático.

En este sentido, no se trata únicamente de una disputa comercial, sino que también existe una competencia por el prestigio regional y por la capacidad de influir sobre la arquitectura política del Oriente Medio posterior a la guerra con Irán, incluyendo aspectos asociados a los principios religiosos e ideológicos que condicionan a la región.

En ese contexto, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan intenta proyectar a su país como una potencia capaz de hablar en nombre de buena parte del mundo sunita. Sin embargo, conviene introducir un matiz importante, hoy no existe un “eje sunita” encabezado por Ankara, aunque existe de momento una alianza entre los gobiernos de Arabia Saudita, Pakistán y Turquía, esto no se ha consolidado como un eje más allá de elementos puntuales sobre cooperación y seguridad.

Uno de los impedimentos para impulsar ese eje que algunos mencionan es que actualmente, los gobiernos de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Jordania y Qatar mantienen intereses muy diferentes. Algunos cooperan estrechamente con Turquía; otros compiten con ella. Todos reconocen el peso militar y económico turco, pero ninguno parece dispuesto a aceptar un liderazgo regional ejercido desde Ankara.

Riad aspira a consolidarse como el principal referente político y religioso del mundo árabe; Emiratos Árabes Unidos busca mantener su posición como centro financiero y logístico; Egipto continúa considerando a la Hermandad Musulmana una amenaza para su seguridad nacional, mientras Qatar conserva una relación privilegiada con Turquía sin representar al conjunto del Consejo de Cooperación del Golfo.

Más que un liderazgo turco consolidado, lo que existe es una competencia intra sunita donde varios actores intentan evitar que otro concentre demasiado poder y mientras tanto, Estados Unidos también enfrenta un delicado equilibrio.

El gobierno de Washington no parece interesado en elegir entre Israel y Turquía, ya que ambos cumplen funciones estratégicas distintas. Turquía resulta indispensable para la OTAN, el Mar Negro, el Cáucaso y parte de la gestión del conflicto sirio. Israel como principal socio tecnológico, militar y de inteligencia de Estados Unidos en Oriente Medio.

Así, la estrategia estadounidense apunta más hacia una red de alianzas que hacia un único pilar regional. Israel, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Turquía e India desempeñan funciones complementarias dentro de una arquitectura diseñada para contener tanto la influencia iraní como la expansión geoeconómica china.

Esto explicaría por qué Washington podría buscar una mejora en sus relaciones con Ankara; incluyendo debates sobre el programa F-35 o una cooperación militar más estrecha, sin que ello implique abandonar a Israel.

El verdadero desafío para Jerusalén consiste en evitar que una eventual rehabilitación estratégica de Turquía se traduzca en concesiones que alteren el equilibrio regional. De esta manera, los riesgos para Israel no pasan necesariamente por una guerra convencional con Turquía, un escenario que sigue siendo poco probable debido a los elevados costos políticos y militares para ambas partes.

Las amenazas más plausibles son de naturaleza geopolítica; perder protagonismo dentro del IMEC, enfrentar una Turquía con mayor capacidad de influencia en Siria, observar un fortalecimiento del eje Ankara – Doha y lidiar con una competencia creciente en el Mediterráneo oriental.

Paradójicamente, la mejor respuesta israelí no parece ser una confrontación directa con Turquía, sino fortalecer las alianzas surgidas tras los Acuerdos de Abraham, el eje Jerusalén – Abu Dabi constituye probablemente el principal contrapeso estratégico a las aspiraciones regionales de Ankara.

El gobierno emiratí aporta capital, logística y proyección económica; Israel ofrece innovación tecnológica, inteligencia y capacidades militares. Si a esa ecuación se suma, en el futuro, una participación más profunda de Arabia Saudita, el equilibrio regional podría inclinarse nuevamente hacia un modelo basado en integración económica e interdependencia, más que en liderazgos ideológicos.

En última instancia, la competencia entre Turquía e Israel no debería interpretarse como un conflicto inevitable, sino como parte de una transformación más amplia del orden regional.

Cabe plantearse quién logrará construir la red de alianzas, corredores comerciales e infraestructura que defina el mapa geopolítico de la región durante las próximas décadas. En esa carrera, Turquía posee ventajas geográficas difíciles de sustituir. Mientras, Israel cuenta con un respaldo estratégico estadounidense, una economía altamente innovadora y una creciente integración con varios Estados árabes. Ninguno puede desplazar completamente al otro.

Así, el escenario más probable no es el de una hegemonía regional, sino el de una competencia permanente entre modelos distintos de integración, donde el éxito dependerá menos de la confrontación militar y mucho más de la capacidad para construir alianzas duraderas y proyectos económicos capaces de atraer al resto de la región.

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