Las tensas relaciones entre la República de Turquía y el Estado de Israel ya no pueden analizarse únicamente como una sucesión de crisis diplomáticas vinculadas con Gaza. Desde el año 2024 se observa una transformación más profunda, donde dos potencias regionales que durante décadas lograron separar sus desacuerdos políticos de determinados intereses estratégicos han comenzado a percibirse crecientemente como competidores dentro del mismo espacio geopolítico.
La retórica del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan constituye una parte visible de ese deterioro, pero no necesariamente su causa principal. El problema aparece cuando el discurso político, la competencia regional, la dimensión ideológica y la presencia militar comienzan a reforzarse mutuamente. El riesgo no es necesariamente en la inmediatez una guerra turco – israelí deliberada, sino una rivalidad cada vez más securitizada en la que disminuyen los mecanismos capaces de contener una escalada.
Por ejemplo, el 28 de julio del año 2024 Erdoğan afirmó que Turquía podría actuar frente a Israel como había hecho anteriormente en territorio de Libia o en el conflicto armenio – azerí por la región de Nagorno Karabaj. No anunció necesariamente lanzar una operación militar, no presentó objetivos concretos ni estableció condiciones para una intervención, por lo que tomar sus palabras como un anuncio de invasión sería una sobre dimensión, pero tampoco se puede tomar como una simple expresión retórica.
El presidente Erdoğan escogió deliberadamente dos escenarios asociados con la proyección del poder militar turco para describir lo que Ankara podría hacer. Esto introduce una forma de señalización coercitiva, donde no comunica una decisión operacional, pero incorpora el empleo de la fuerza dentro del conjunto de escenarios que Turquía desea que su adversario considere dentro de las posibilidades y esto ya cambia el marco.
Eso sí, aquí conviene distinguir entre lo que es capacidad, intención y señalización. Porque si bien Turquía posee importantes capacidades militares y experiencia en operaciones extraterritoriales, esto no demuestra intención de atacar Israel, pero lo relevante es que el gobierno de Ankara utiliza esas capacidades como recurso discursivo para respaldar su posicionamiento regional, algo cualitativamente diferente de una condena diplomática convencional.
Por otra parte, el discurso del presidente Erdoğan tampoco puede separarse de la política interna turca, donde la cuestión palestina posee una capacidad considerable de movilización entre sectores islamistas, nacionalistas y conservadores que forman parte de la base política y el ecosistema del Partido islamista de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que ha llevado al poder al presidente actual. La confrontación discursiva con Israel permite proyectar simultáneamente liderazgo regional y firmeza ideológica ante esas audiencias.
Esto obliga a introducir un primer matiz frente a una interpretación exclusivamente geopolítica, donde parte de la retórica maximalista puede funcionar como consumo político interno sin traducirse automáticamente en política exterior. En este sentido, el presidente Erdoğan ha demostrado históricamente una considerable capacidad para combinar discursos extremadamente duros con posteriores procesos de normalización cuando los intereses económicos o estratégicos lo requieren.
Pero el argumento doméstico tampoco neutraliza completamente el problema. La retórica destinada inicialmente a movilizar audiencias puede generar costos políticos posteriores para cualquier intento de moderación. Cuanto más se construye Israel como adversario existencial, religioso o civilizacional, mayor resulta el costo de justificar públicamente un cambio en la política entre Ankara y Jerusalén.
El segundo desplazamiento importante aparece en septiembre del año 2024, cuando Erdoğan pidió una alianza de países islámicos para enfrentar lo que describió como expansionismo israelí. La formulación amplió el conflicto desde Gaza hacia una interpretación regional en la cual Israel aparece como desafío para el conjunto del mundo musulmán.
Esto responde también a una disputa por liderazgo. Turquía compite por influencia con Arabia Saudita, Egipto, Irán y otras potencias dentro de un sistema regional donde la cuestión palestina continúa ofreciendo una importante fuente de legitimidad simbólica. Presentarse como defensor particularmente firme de Palestina permite a Ankara proyectar influencia más allá de sus capacidades materiales inmediatas.
Pero tampoco existe actualmente un bloque islámico organizado contra Israel. El reino saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Jordania, Azerbaiyán y otros Estados mantienen intereses profundamente diferentes respecto de Ankara y Jerusalén. La posibilidad de convertir la retórica de Erdoğan en una coalición militar islámica coherente continúa siendo limitada y poco factible en el corto plazo.
Mientras tanto, la invocación realizada por Erdoğan después de las oraciones del Eid al – Fitr (Fiesta de la ruptura del ayuno de Ramadán) del 30 de marzo del año 2025 introduce otra dimensión. El presidente pidió que Dios hiciera caer destrucción o devastación sobre el “Israel sionista”, utilizando la expresión kahru perişan eylesin (Que [Dios] los destruya y los sumerja en la ruina), palabras que fueron registradas por la prensa turca. Lo central acá es que el antagonismo político queda insertado dentro de un marco religioso e Israel aparece dentro de una narrativa moral y religiosa sobre Palestina.
Lo cual muestra cómo la identidad religiosa funciona como instrumento de legitimación política y como componente de la narrativa mediante la cual Erdoğan intenta posicionar a Turquía como referente del mundo musulmán.
En otro episodio, pero protagonizado esta vez por el ministro del Interior Mustafa Çiftçi el 6 de junio de 2026 resulta más explícito. Afirmó que esperaba presenciar algún día la “liberación” de Jerusalén, recordó que había pedido a Dios poder gobernarla y sostuvo que territorios antiguamente otomanos volverían a estar bajo soberanía y dominio turcos.
Estas declaraciones permiten hablar de imaginario neo – otomano, sin convertirlas automáticamente en evidencia de un proyecto territorial oficial de Turquía. Por cuanto en la actualidad, Ankara no mantiene una reivindicación jurídica formal sobre Jerusalén ni existe una política estatal (documentada) destinada a reconstruir las fronteras del Imperio otomano.
El discurso neo otomano funciona mejor como repertorio histórico de legitimación que como programa cartográfico, permitiendo presentar a Turquía como heredera de una potencia con responsabilidades especiales sobre los Balcanes, el Cáucaso, Siria, Palestina y otros antiguos territorios imperiales. El pasado proporciona profundidad histórica a una política exterior contemporánea orientada hacia influencia, autonomía estratégica y liderazgo regional.
El elemento quizás más importante para comprender la situación actual de los roces entre Israel y Turquía probablemente no estén en Gaza ni en Jerusalén, sino Siria. Allí la competencia turco – israelí deja de ser fundamentalmente discursiva y adquiere una dimensión geoestratégica concreta.
Turquía busca consolidar su influencia sobre el nuevo orden sirio y participa en la reconstrucción de sus capacidades militares, mientras Israel intenta impedir la aparición de infraestructura militar que pueda alterar su libertad de acción.
El ataque israelí contra la base aérea siria de Abu al – Duhur en agosto de 2026 mostró precisamente esta nueva dinámica. Israel vinculó sus preocupaciones con una posible presencia militar turca, mientras Ankara y Damasco rechazaron que existiera un proyecto de base permanente. Washington consideró necesario impulsar mecanismos de desescalada para evitar un crecimiento de las tensiones entre actores cuyos intereses comienzan a superponerse peligrosamente.
Durante años Turquía e Israel podían intercambiar acusaciones extremadamente duras manteniendo una considerable distancia militar, pero Siria reduce esa distancia. Fuerzas, asesores, sistemas de defensa aérea, instalaciones militares y espacios de influencia pueden terminar interactuando dentro del mismo teatro operacional.
Por ello, reducir el deterioro bilateral al temperamento de Erdoğan sería insuficiente. Incluso sectores del establishment israelí que no comparten necesariamente la agenda política de Netanyahu observan con preocupación la expansión de la influencia turca en Siria. La rivalidad comienza a superar progresivamente la dimensión personal entre ambos dirigentes.
Turquía aspira a consolidarse como potencia autónoma entre Europa, el Cáucaso, el Mediterráneo Oriental y Oriente Medio, mientras que Israel pretende preservar superioridad militar, libertad operacional y capacidad para impedir la aparición de amenazas estratégicas en su periferia. Ambas estrategias pueden funcionar simultáneamente mientras sus áreas de proyección permanezcan separadas. Ahí es donde Siria está haciendo que esa separación sea cada vez menor.
También es importante señalar que esto tampoco convierte automáticamente a Turquía en el sustituto de Irán como principal amenaza regional para Israel. El gobierno de Ankara pertenece a la OTAN, mantiene profundas relaciones económicas con Europa y Estados Unidos y opera mediante una combinación mucho más pragmática de competencia y negociación. La relación turco – israelí continúa siendo potencialmente reversible de una manera que la confrontación entre Teherán y Jerusalén no lo logran hoy.
La pertenencia turca a la OTAN funciona simultáneamente como límite y como factor de complejidad, ya que no existe ningún mecanismo por el cual la Alianza deba respaldar automáticamente a Turquía en una confrontación que Ankara iniciara contra Israel. El artículo 5 de defensa mutua no constituye una garantía indiscriminada frente a cualquier escenario generado por decisiones unilaterales de uno de los miembros.
Mientras que Washington sí posee fuertes incentivos para evitar que dos socios estratégicos estadounidenses terminen entrando en confrontación. La presión israelí sobre Estados Unidos para moderar a Erdoğan y los esfuerzos estadounidenses para establecer mecanismos de desescalada en Siria muestran que la administración norteamericana ya percibe esta rivalidad como un problema estratégico.
De momento, no existe evidencia suficiente para afirmar que Turquía esté preparando una guerra contra Israel. Tampoco las referencias de Erdoğan a Libia y Nagorno Karabaj, ni las declaraciones religiosas o las fantasías neo – otomanas de Çiftçi constituyen por sí mismas una doctrina militar coherente, en este punto, el análisis debe evitar transformar declaraciones políticas en capacidades o intenciones que no han sido demostradas.
El riesgo más plausible es distinto, una escalada no planificada dentro de una rivalidad regional crecientemente militarizada. Un ataque israelí contra infraestructura vinculada con Turquía en Siria, la muerte accidental de personal turco, el despliegue de sistemas antiaéreos o una interpretación errónea de movimientos militares podrían generar una crisis que ninguno de los dos gobiernos hubiera buscado originalmente.
Por eso las palabras sí importan, porque modifican el contexto político dentro del cual una crisis futura sería interpretada. Cuando la competencia estratégica se combina con narrativas religiosas, referencias imperiales, amenazas ambiguas y proximidad militar, disminuye el espacio disponible para desescalar sin costos políticos.
La relación Turquía – Israel parece desplazarse así desde una hostilidad retórica recurrente hacia una rivalidad estratégica emergente. Todavía existen fuertes barreras contra una confrontación directa, pero Siria está convirtiendo una disputa predominantemente diplomática e ideológica en un problema de seguridad regional y ahí es donde hay que poner mayor atención.