
La primera idea clara que deberíamos tener los costarricenses, y en especial los partidos y las dirigencias políticas es determinar, si lo que queremos es seguir administrando el país, o si llegó la hora de apostar por su transformación. No es sostenible continuar gestionando una institucionalidad desgastada, paquidérmica, ineficiente, y cada vez menos productiva. Tampoco resulta entendible que sigamos amarrados a entidades que no responden a las nuevas necesidades de la población, y que dejaron de ser medios para el bienestar de las personas, constituyéndose más bien en focos de malestar social. Todas las semanas los medios de prensa evidencian noticias de despilfarro de recursos en todas las instituciones del Estado. Lo que tenemos es un barril sin fondo.
Para los dirigentes políticos y para la burocracia siempre es más cómodo administrar que transformar. Administrar es más confortable. Transformar generando cambios es mucho más riesgoso, y lo más fácil entonces es evitar atender los grandes desafíos. Es más proclive que un gobernante sea light en la definición de políticas públicas, que atrevido para enfrentar correctamente y con decisión los grandes cambios que requiere una sociedad.
En el caso costarricense es harto visible que un altísimo porcentaje de las propuestas e ideas de los partidos políticos, del gobierno y recientemente de los sectores que participaron en el diálogo social mantienen la tendencia de atender problemas de gestión, dentro de un modelo de enjambre institucional que ya no responde a la nueva realidad, ni del país, ni del mundo. Es muy difícil gestionar con acierto una casa llena de herrumbre, de goteras, y de comején. Primero deberíamos refundar la casa, reconstruirla, diseñarla y edificarla a tenor de las nuevas necesidades, propiciadas por una sociedad que emergió con realidades y desafíos muy diferentes de aquellos que sustentaron la edificación que se nos ha venido cayendo con el paso del tiempo. Entender esto es fundamental. Caso contrario es jugar de ilusos. El problema no es solo de gestión, claro que también lo es, pero es sobre todo un asunto de claridad política, que demanda comprender que para administrar y gestionar bien, hay que efectuarlo sobre un andamiaje estructural adecuado a los nuevos tiempos.
El país vive una época que se muere, y una etapa que nace, ambas al mismo tiempo. Los contenidos y las formas políticas, así como la institucionalidad y la visión y roles futuros del Estado y de los partidos, para citar dos elementos, se han ido modificando sustancialmente. Las intermediaciones, por ejemplo, han ido desapareciendo, y siendo los partidos esencialmente eso, intermediarios entre la población y el poder, ya empezaron a hacer aguas y a dejar de tener un gran peso en el imaginario de la colectividad.
En este contexto, la verdadera pregunta para un gobierno, y mientras hayan partidos, también para éstos, es qué hacer; ¿administrar el país o transformarlo? La respuesta que dieron nuestros antepasados hace 72 años, cuando Costa Rica enfrentaba una crisis, fue apuntar sin miedo a la transformación del país, diseñando una serie de cambios estructurales, que generaron réditos sociales, económicos, políticos y axiológicos durante varias décadas.
Hoy frente a la crisis, en cambio estamos suministrando aspirinas y respiración artificial, por medio de remiendos y parches legales, con la buena intención de solucionar los graves problemas nacionales, pero que solo alivian, en el mejor de los casos, pero no resuelven nada porque como lo vemos repetidamente, lo que se hace es administrar la postergación de los efectos, dejando intactas las causas.
Muchas veces he insistido que Costa Rica requiere grandes reformas políticas estructurales. Esta afirmación no desconoce la necesidad de las medidas urgentes y de cortísimo plazo que el momento exige, especialmente tanto en lo económico, como en la social, pero no podemos seguir ofreciendo soluciones superficiales nacidas del diálogo, que siempre es bienvenido, pero donde cada grupo y el gobierno sin un horizonte de integralidad van a defender sus intereses. Esos picadillos alivian temporalmente, pero muy pronto el cáncer asoma con mayor intensidad.
Da lástima que los partidos, entre ellos Liberación Nacional, hayan perdido el vigor y la capacidad de formular propuestas de transformación. Es triste observar la falta de visión de mediano y largo plazo que acusa por ejemplo, el PLN. Ya hace rato que las fuerzas políticas debieron convocar desde la Asamblea Legislativa una gran reforma política del Estado aparato, sobre la cual hasta la Contraloría General de la República ha venido insistiendo. Una Asamblea Nacional Constituyente sigo insistiendo es necesaria para reformular el nuevo Estado Costarricense apegado a los nuevos tiempos. Ese debate hay que abrirlo ya en la sociedad costarricense. Para una nueva realidad se requiere una nueva legalidad y una nueva institucionalidad, frase con la cual intento resumir siempre esa propuesta. El partido llamado naturalmente a propiciar esa ruta por sus antecedentes parecía ser Liberación Nacional. No obstante, perdió su capacidad de pensar, su liderazgo en los temas trascendentales del país, y dejó que le robaran las banderas y sectores, y hoy es una fuerza política a la deriva y llena de temores. El PLN va a perder la oportunidad de abrir a debate la Convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Esa que pudo ser una bandera de su renacimiento difícilmente será su estandarte, por miopía y falta de valentía. Esa posibilidad de discutir en serio el país que queremos, el que soñamos construir para el siglo XXI, con una visión de luces largas, paradójicamente, el partido con más diputados en la Asamblea Legislativa, la está dejando en la cerca. No descarto que sean otros, con más bríos, los que coloquen ese tema en el horizonte político del país. Más allá de las fuerzas que tengan clara esta necesidad, la nueva organización del Estado tiene que ser asumida por un diálogo nacional inclusivo que propicie mediante la participación de la ciudadanía, y las distintas fuerzas, los elementos cardinales de esa reforma estructural. Francamente creo que la hora está llegando. Nada será sostenible si no construimos entre todos, con valentía, y con inteligencia y generosidad el nuevo andamiaje político y administrativo que requiere el país. Mañana o pasado mañana el país habrá de pasar por organizarse de manera diferente, como dice el título del libro que escribí el año pasado sobre el mismo tema.
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