“La esperanza tiene dos hijos preciosos: sus nombres son enojo y valentía; enojo al ver cómo son las cosas y valentía para no permitir que continúen así.”
— Agustín de Hipona
Hay imágenes de campaña que no se borran. A mí no se me olvida la cara de esperanza de la gente cuando llegábamos a sus comunidades: una mirada que no pide discursos más bonitos, sino decisiones, resultados y respeto. Esa mirada —la de un país que quiere avanzar— es la que tengo presente hoy al hablar de Tikvá, una palabra hebrea que significa esperanza.
Este reconocimiento al presidente Rodrigo Chaves Robles además de histórico, va en concordancia con el liderazgo del movimiento que generó el cambio en el mundo político de nuestro país: un cambio que sacudió inercias, rompió resignaciones y le devolvió a la ciudadanía la idea de que el rumbo sí se puede corregir.
Quiero expresar un agradecimiento respetuoso a la comunidad judía costarricense por el gesto y el reconocimiento otorgado al presidente de la República. Más allá de credos o identidades, estos gestos reflejan algo valioso: que Costa Rica se fortalece cuando sus comunidades contribuyen al diálogo público desde la convivencia, el respeto y la cultura democrática. Tikvá —esperanza— también es eso: tender puentes, confrontar con verdades.
Y aquí conviene decirlo con claridad: en política los símbolos no son decoración. Son mensajes. Tikvá, como símbolo, nos pone una vara alta para los próximos cuatro años. Nos recuerda que la esperanza auténtica no es ingenuidad; es responsabilidad.
Valentía para iniciar, capacidad para continuar
Reconocer Tikvá es reconocer liderazgo. En primer lugar, quiero reconocer la valentía de don Rodrigo Chaves, presidente en ejercicio. En tiempos difíciles, valentía es sostener decisiones cuando hay resistencia; es mantenerse firme cuando el ruido quiere sustituir el resultado. Y esa valentía importa, porque un país no se corrige con complacencia, sino con carácter.
Y con el mismo sentido de justicia, quiero reconocer la capacidad extraordinaria de doña Laura Fernández la presidenta electa y su equipo. Capacidad para leer el momento histórico, para construir rumbo, para articular equipo y para sostener una idea que caló hondo en la ciudadanía: la continuidad del cambio. Esa frase no es un eslogan; es una definición de trabajo.
Porque si algo aprendimos en campaña —caminando comunidades, mirando a las personas a los ojos, escuchando historias reales— es que la gente no estaba pidiendo discursos más bonitos.
Estaba pidiendo que el cambio positivo no fuera un relámpago, sino un proceso para convertirlo en un cambio positivo duradero. Y que el proceso no se frenara con excusas.
El cambio como sinónimo de esperanza
En este punto, quiero proponer una lectura sencilla pero poderosa: el cambio puede ser sinónimo de esperanza. No el cambio como espectáculo ni como improvisación, como en los gobiernos PAC sino el cambio que se siente en lo concreto: un trámite menos, una institución que responde, una decisión que llega a tiempo, una regla clara, una calle más segura, una oportunidad de empleo, una educación que sirve para la vida real.
En campaña, muchas personas no nos hablaron de ideologías; nos hablaron de cosas básicas: continuidad en seguir mejorando en seguridad, trabajo, costo de la vida, eficiencia del Estado. Lo que estaban diciendo, en el fondo, era: “queremos volver a creer”. Y cuando un pueblo quiere volver a creer, está pidiendo esperanza… pero esperanza con dirección.
Por eso, Tikvá conecta de forma natural con la continuidad del cambio: esperanza no como promesa, sino como ruta.
La esperanza también es urgencia
Agustín de Hipona lo dijo con precisión: la esperanza tiene dos hijos, enojo y valentía. Ese “enojo” no es rabia destructiva; es indignación moral constructiva ante lo inaceptable. Y esa “valentía” es determinación institucional y democrática para actuar.
En esa línea, lo digo sin rodeos porque el país lo vio: El presidente y su equipo entendieron que la esperanza no espera: actúa. No se sentaron a esperar que las cosas cambiaran; se pusieron a cambiarlas. Ese espíritu —acción en lugar de excusa— es parte esencial de lo que debemos sostener hacia adelante.
Un llamado firme a la Asamblea que viene: dejar votar y respetar mayorías
Y aquí entra nuestra responsabilidad como diputados electos. La Asamblea Legislativa no puede convertirse en el lugar donde la esperanza se detiene. Por eso hago un llamado directo a mis compañeras y compañeros diputados electos no oficialistas: respetar el mandato popular no es una cortesía hacia el oficialismo; es una obligación con Costa Rica.
Nadie está obligado a pensar igual. Pero sí estamos obligados a cumplir reglas democráticas básicas: que los temas se discutan con seriedad, que se voten, y que el resultado se respete. Eso es lo que ocurre en sociedades democráticas maduras. Lo demás —el bloqueo por bloqueo, la obstrucción como estrategia permanente, la parálisis como herramienta— no es fiscalización; es irresponsabilidad con el país.
Dicho en una frase que el país entiende: que se vote todo. Que cada diputado asuma públicamente su posición. Que la ciudadanía vea con claridad quién impulsa, quién mejora y quién frena. Y que el desenlace sea el que corresponde en democracia: la mayoría decide, la minoría fiscaliza y propone, y todos respetamos el resultado. Esta Asamblea debe de estar a la altura: menos cálculo corto, más sentido de país; menos ruido, más producción legislativa; menos discurso, más coherencia.
Esperanza con urgencia, continuidad con resultados
Hoy, como diputado electo oficialista, asumo tres convicciones: reconocer la valentía del Presidente en ejercicio, reconocer la capacidad extraordinaria de la Presidente electa y su equipo, y asumir plenamente nuestro rol en la Asamblea: darle continuidad al cambio con responsabilidad ante el pueblo.
Porque Tikvá significa esperanza. Y en Costa Rica, esperanza significa esto: urgencia para corregir lo que duele, valentía para sostener el rumbo y madurez democrática para dejar votar y respetar mayorías.
Que dentro de cuatro años podamos volver a ver a la gente a los ojos —no para pedir confianza— sino para rendir cuentas y decir con serenidad: la esperanza no se quedó en palabras; se convirtió en hechos.